La otra noche tuve un sueño agradable dentro de una pesadilla. El infierno había ascendido a la superficie en el camino de acero y balastro que cruza Sierra Morena. La fatalidad se desató con nocturnidad y alevosía, eso me hizo reflexionar como cada vez que veo la muerte de cerca. La voz de la parca se escucha a diario, pero cuando habla español, cuando además tiene acento andaluz, la piel se me eriza y el existencialismo aflora. La pregunta percute una y otra vez hasta el cerebelo ¿Por qué?

Estaba viendo en la tele la cara de los afortunados supervivientes, que como zombis caminaban desorientados. Todo el mundo estaba conmocionado, a cualquiera de nosotros nos podía haber ocurrido. Qué pequeñas y vulnerables somos las personas. A salvo en los brazos de Morfeo tenía casi la seguridad de que lo que estaba viendo y escuchando no era real.

Tan irreal que tuve la sensación de que el estado de las cosas había cambiado, que el ruido político y mediático habitual se había vuelto mudo, que las trincheras habían menguado. Parecía que todo el mundo se había vuelto razonable. “En un momento despertaré y volverán a tañer las vociferantes campanas de aristas filosas”, pensé. Entonces comprobaré que nada cambia bajo el Sol, que la verdad no es tan rentable como la mentira. Hacer política es lanzar piedras.

Aquel era un mundo casi perfecto, los periodistas lo eran, los tertulianos no actuaban como comisarios políticos, casi todo el mundo hablaba con propiedad, incluso había quien callaba por no saber o no tener nada que decir. La prudencia y la contención reinaban a sus anchas. Era un sueño lisérgico del que no quería despertar.

Pero noté algo extraño, los brazos no eran los de Morfeo, ni siquiera eran brazos, sino las orejas de mi sillón, un mundo al revés se colaba en el cuarto de estar de mi casa. No me podía creer que la cruel fortuna hiciera que dos trenes chocasen a alta velocidad y la única sangre fuese la de las desgraciadas víctimas. Que los políticos de ambos “hemisferios”, se respetasen, se coordinaran y actuasen de buena fe, salvo la ultraderechita cobarde, mentirosa y servil y sus marionetas subvencionadas.

No parecía Adamuz sino otro pueblo cordobés, Jauja. El alcalde socialista dio la palabra entre agradecimientos, al presidente Juan Manuel Moreno, del PP, que alabó el trabajo del ayuntamiento y el buen hacer del gobierno de España. El presidente del gobierno tuvo palabras amables hacia el presidente de la Junta y su gobierno. Nadie le echó la culpa a nadie, nadie buscó sacar rédito político. Por un instante nuestros representantes se comportaban como lo hace el pueblo ante la desgracia. Hasta el gran orador Feijoo estuvo razonable, Ayuso comedida.

Nadie dijo lo que el “honrado” Montoro hace años “…que se hunda España que ya la levantaremos cuando ganemos las elecciones…” No hubo rastro de los ladradores oficiales, Tellado y Gamarra. Claro que para los diputados patrióticos “Obiscal” y María José Rodríguez de Millán Parro, “los españoles tienen miedo a montarse en tren”, supongo que a partir de ahora irá de Cabra a Madrid en burro.

Los pueblos saben mucho de solidaridad, de no aprovecharse de las aguas bravas. Recuerdo cómo arrancaban chapapote de las rocas en la Costa de la Muerte miles de voluntarios cuando se hundió el Prestige. O cómo se comportaron los madrileños ante el atentado del 11-M; primero se ayuda, después se piden cuentas. De todas las Españas, de todas las Valencias llegaron cepillo en mano, miles de voluntarios dispuestos a pelearse con el barro.

Entonces como ahora, muchos buleros, agresores de la verdad y la inteligencia quisieron sembrar el caos y hacer caja con la desgracia. Los augures de la España negra: los Indas, Ana Rosas, Negres, Ndongos y Quiles esparcieron estiércol como ahora, como siempre. Afortunadamente la consigna “sólo el pueblo salva al pueblo” no caló. El Estado, que somos todos, trabajó para paliar la situación. Aunque el competente en la prevención y la gestión de la catástrofe demostró ser un incompetente, además de indigno y miserable.  Entonces, para defender a Mazón, el PP quiso culpar de todo a todos menos a su legado.

Los políticos del PP se han comportado en esta crisis como deberían hacerlo siempre, han puesto el interés público por encima de sus intereses partidarios. Mientras los amorales buitres del pelotazo se están forrando a costa de los viajeros, engordando el precio de los autobuses, aviones y coches de alquiler. A estas horas todavía estoy en el país multicolor de la abeja Maya, pero como la vida eterna dura muy poco, sé que acabará pronto.

Ya estoy despertando, oigo la flauta de pan de los afiladores de cuchillos; “aquí nada funciona” volverá a ser la letanía en los maitines de Génova. Pero no es verdad, este Estado, este país funciona. España no se hunde, qué mala suerte tienen algunos.