Hubo un tiempo, en los años setenta, en que a la gente de Fuentes se le hacía una pregunta sencilla: ¿qué es Sevilla? Y la respuesta no tardaba en salir, casi como un mantra aprendido de memoria: la Macarena, la Esperanza de Triana, el Gran Poder, la calle Betis, el Baratillo, el Parque de María Luisa, la Maestranza, Curro Romero... Sevilla era todo eso y mucho más. Eran las calenterías de la Macarena, el bacalao de la Encarnación, los tranvías por la plaza San Francisco, el humerío de los autobuses por la Avenida, la fábrica de La Casera de la calle Oriente, las escombreras que rodeaban el campo del Sevilla. Era todo eso y también esa forma superlativa de decir, de sentir, de contar Sevilla. La pasión.
Para muchos fontaniegos, Sevilla era entonces también una ciudad enorme y lejana, casi inaccesible. Sevilla era un mito y un sueño al que se llegaba después de un largo viaje a bordo del camión viajero. La viajera.Tan larho que era necesario hacer una parada de descanso en Carmona. Como había que tomar una pastilla de Biodramina contra el mareo. O una copita de Agua del Carmen para el vahído. Tan poco acostumbrados estaban a viajar los fontaniegos de aquellos años. A la vuelta, la viajera sufría sofocos de nostalgia por los amores sevillanos hasta el extremo de echaba humo subiendo Las Cumbres y había que consolarla administrándole unos buchitos de agua milagrosa por la boca del radiador.
Para la mayoría, la todavía provinciana Sevilla era una ciudad lejana y desbordante de gente. Un trajín casi insufrible, inquietante. Un dédalo de callejas plagadas de peligros acechando en cada esquina, aquí un carterista, allí un pedigüeño, más allá un vendedor de crecepelos, un embaucador... Hostil como todas las ciudades de aquella época para los habitantes de los pueblos. Ir a Sevilla era igualmente lo más de lo más, el sueño más soñado cuando ni soñar podíamos. En Fuentes sólo unos pocos privilegiados estaban familiarizados con aquello de ir a Sevilla. Por supuesto, no los jornaleros que se ganaban el pan con esfuerzo. Entre los pobres iban los que no tenían más remedio que ir. Al hospital o de paso para coger el catalán rumbo a la emigración.
Los otros que iban eran los que tenían posibles o los insensatos capaces de quitarse de comer por ver torear a Curro Romero en la Maestranza. Si no había entradas, daba igual, buscaban en la reventa a precios imposibles. Había curristas que habían visto una vez torear a Curro como había macarenos que habían visto una vez salir a la Macarena. Eran devotos de un sueño, amantes de la mitología, postureo que se dice ahora. Eso era Sevilla: la supervaloración, el fanatismo, la exageración… el extremismo de los sentimientos. Para ellos no había plaza como la Maestranza, ni calle como Sierpes, ni Semana Santa como la de Sevilla, ni feria como la de abril, ni equipo como el Betis. Daba igual que no hubieran visto otra calle, otra plaza de toros, otra Semana Santa, otra feria u otro equipo de fútbol con los que comparar. Podían hablarles de corridas, calles, semanas santas, ferias o equipos de Córdoba, Málaga o Jerez, pero ninguno, ninguna, iba a ser nunca mismo que las de Sevilla.
Sevilla es bella por derecho propio y por querencia. Bécquer de su glorieta del parque camino del real proclama esa pasión sin medida tan sevillana: "Pero mudo y absorto y de rodillas, / como se adora a Dios ante su altar, / como yo te he querido..., desengáñate, / ¡así no te querrán!". Sevilla abomina de la fría observación de la realidad y apunta a la fe sin condiciones. Nada que discutir cuando se cuenta Sevilla. Llega la feria y no hay otra con igual número de casetas, ni con mejor ambiente ni donde se baile mejor. Ni armonía más majestuosa que la cintura de esa señora que baila la sevillana de El Pali. "Sevilla tuvo una niña / Y le pusieron Triana" / Entre azahares y sábanas".
Entre aquellos fontaniegos curristas estaba Pepe Ramírez, “Garrote”. Sabía de toros, leía el lenguaje de la muleta como el que leía el Catón, analizaba cada faena como se analiza una frase en clase de Lengua y Literatura. Pero, sobre todo, sentía. Pagaba lo que hiciera falta por ver a su torero, se emocionaba hasta las lágrimas. Vivía el toreo con una intensidad que hoy podría parecer exagerada, pero que entonces era pura verdad. Como él, otros muchos cada tarde en el bar de Ángel Gómez, catedráticos de la tauromaquia, descifraban el jeroglífico de la última faena de Curro. No había otro. Aquello no era conversación, era liturgia impartida desde el altar de un mostrador. Con el tiempo, Curro quedó atrás, pero Sevilla no cambia, sólo se transforma para seguir creyendo en mitos. Cuando no existen, los inventa, como ahora con Morante.
El fervor en Sevilla es una psicosis contagiosa que tiende a hacerse epidemia. En la Maestranza, en el Real, en el arco de la Macarena o en el Benito Villamarín. La pregunta es si la exaltación sevillana crea los mitos o los mitos sevillanos crean la exaltación. El huevo o la gallina. El misterio del mito sevillano hecho carne para regocijo del devoto, siempre dispuesto a pagar lo que le pidan por seguir alimentando el ego desbordado, antes patrimonio exclusivo de señoritos, ahora entelequia de pobres de derechas con ínfulas de clase media. Cofradía de paganos, espejismo de pobres diablos perdidos en el desierto capitalista que creen haber encontrado a un coronel que les escriba. Es intensidad, contradicción, herencia. Es exageración y sentimiento. Es capaz de convertir a un torero en mito, a una procesión en espectáculo, a un equipo en religión.
Cómo no, Sevilla fue sobre todo el oasis del emigrante atacado de fiebres nostálgicas en medio del calor asfixiante de agosto. La alucinación del náufrago ante el palmeral del parque María Luisa, la fuente fresca del Guadalquivir en la calle Betis, el tarro de las esencias de la Maestranza, el mirador del firmamento de la Giralda, los brazos abiertos al mundo de la plaza de España. Un respiro ¿suspiro? de agosto en mitad del océano de meses de encierro en las fábricas del Bajo Llobregat. Sevilla es la nostalgia del fontaniego en su modo hiperbólico, desmedido, desbordado.
