Los partidos de derecha, PP y Vox, se están aliando en las comunidades que recientemente han celebrado elecciones o han hecho un cambio de presidente, País Valenciano y Extremadura, y seguramente continuarán aliándose en las dos comunidades que tienen convocadas elecciones autonómicas, Aragón y Andalucía. En ellas, Vox está imponiendo sus políticas, sobre todo las referentes a la inmigración. La irrupción de Vox en la política española ha dado un gran impulso a los mensajes antiinmigración, que parecen haber calado en un sector importante de la población a pesar de los múltiples estudios que demuestran que el aporte neto de los inmigrantes es positivo, tanto desde el punto de vista económico como social. Puede resultar paradójico que en un país de emigrantes haya calado un discurso que muestra a la emigración, no como un fenómeno normal dentro de un mundo cada vez más global, sino como un problema que hay que regular, mantener o controlar, a menudo con métodos que violan los derechos humanos básicos.

Seguramente los ciudadanos de esas comunidades no se han parado a pensar que no hace mucho tiempo nuestros paisanos, sus paisanos, también fueron emigrantes. Los españoles tenemos dos importantes razones para aceptar a los que vienen de fuera. La primera, porque nuestra raza es la simbiosis de un gran número de pueblos que llegaron a nuestras tierras y cuya fusión ha dado origen a lo que somos. Somos producto de la mezcla de un sinfín de pueblos.

La situación geográfica de la península ibérica, los contrastes del clima y del medio natural y la peculiaridad de su red hidrográfica hicieron posible la presencia humana desde tiempos muy antiguos. Los primeros pobladores llegaron desde el continente africano hace más de 800.000 años, en el periodo prehistórico denominado Paleolítico. Tras la evolución de estos primitivos pueblos hacía el sedentarismo, periodo del Neolítico, basado en la producción de alimentos, aparición de la agricultura y ganadería, y elaboración de la cerámica y los tejidos, dio origen a la creación poblados amurallados y culturas importantes como la de El Argar en la provincia de Almería.
Los textos escritos de los historiadores griegos y romanos sabemos que entraron en la Península emigrantes Indoeuropeos y comerciantes mediterráneos. Los primeros entraron por los Pirineos, procedentes de centro Europa y se situaron en Cataluña y la Meseta extendiéndose hacia el norte y el oeste peninsular. Los comerciantes mediterráneos fueron principalmente los fenicios, los griegos y cartagineses que fundaron establecimientos comerciales a lo largo de la costa mediterránea, desde que ejercían el comercio con las tribus del interior.

Desde inicios del siglo V a.C. en la península había dos zonas perfectamente definidas, con culturas diferenciadas y pobladas por iberos y celtas. Los primeros, influidos por el contacto de las culturas griega y fenicia se situaban en las costas este y sur, con características comunes, pero sin constituir una unidad étnica o política. Los segundos poblaron el resto de la península con rasgos culturales aportados por las migraciones indoeuropeas.

La presencia de los romanos duró aproximadamente 200 años y el suelo hispano fue un territorio más dentro del imperio que abarcaba las tierras que rodeaban el Mediterráneo y tras su desmembramiento permitió la el asentamiento de pueblos germánicos en sus tierras, alanos, suevos y visigodos se asentaron en sus tierras, pero solo consiguió prosperar el reino visigodo hasta que los árabes, que ya dominaban todo el norte de África, iniciaron la conquista de la península ibérica. La debilidad del reino visigodo les permitió apoderarse de casi todo el territorio peninsular, creando un estado que recibió el nombre de Al-Ándalus. Por tanto, nuestra cultura es fruto de la fusión de todos los pueblos que se han asentado en nuestras tierras. La segunda porque desde que Cristóbal Colón descubriera un nuevo continente que después se conocería como América, los españoles comenzaron a emigrar, en principio a América en busca de las riquezas que en aquellas tierras había y después para buscar mejores condiciones de vida. Desde estos momentos, los españoles hemos sido un pueblo de emigrantes.

La emigración española ha tenido a lo largo de la historia diferentes destinos. Durante la Edad Moderna, la emigración de los españoles se dirigió a Latinoamérica, a las antiguas colonias, a Filipinas o el Norte de África, por las mismas razones. En el siglo XX, a partir del año 1956, años en los que se estaban produciendo los últimos estertores de los llamados años del hambre, se produjo un nuevo ciclo migratorio dirigido a los países europeos, principalmente Alemania, Francia, Suiza y, en menor medida, a Bélgica, Holanda e Inglaterra. Se originó después el exilio de los españoles que huían de la dictadura franquista como consecuencia de la Guerra Civil, y tuvo un carácter eminentemente laboral, buscando mejores condiciones de vida ante el problema del hambre que había supuesto la autarquía española, su aislamiento político y económico por los países ganadores de la II Guerra Mundial.

Franco fomentó la emigración masculina porque con ello se mejoraba las relaciones exteriores y la aportación de divisas de los emigrantes supuso un alivio importantísimo para la economía española. Fue una emigración eminentemente masculina para salvaguardar a las mujeres de vivir en un país. No siempre los españoles emigraban a Europa con contrato de trabajo. La mayoría de las veces, los emigrantes lo hacían de una forma irregular porque hacerlo por los cauces legales exigía hacer una tramitación burocrática que exigía periodos de espera muy larga.

Los españoles emigrantes, como los que llegan ahora a nuestro país, encontraban grandes dificultades al llegar al país de acogida, los abusos derivados de su condición de irregulares y la explotación laboral. Así mismo, eran considerados como un peligro para la sociedad y se le atribuían, como ahora algunos hacen, ser los sujetos de todas las acciones punibles que ocurrían en las ciudades y barrios. Se producían manifestaciones contra los trabajadores españoles e incluso se ponían impedimentos para poder conseguir una vivienda donde tener un refugio seguro.

La profesora de la universidad Complutense de Madrid Ana María Fernández Asperilla opina que ahora en España las manifestaciones y acciones que se producen contra los inmigrantes no son más que el intento de superar un pasado emigrante que nos parecía vergonzoso. Hemos sufrido una rápida transformación y nos hemos convertido en un país receptor de emigrantes, aunque no debemos olvidar que siempre hemos sido un país de emigrantes.