Fue una noche de mayo de 1986 cuando los televisores en blanco y negro, que ya daban sus últimas imágenes antes de la llegada del color, mostraban la crudeza de Los Santos Inocentes, película basada en la novela de Miguel Delibes, dirigida por Mario Camus y protagonizada por Alfredo Landa, Paco Rabal, Terele Pávez y Juan Diego que removió conciencias. "La b con la a hace ba, la b con la e hace be, la b con la i hace bi, la be con la o hace bo y la b con la un hace bu". Pero la c con la a hace ka, la c con la e hace ce, la c con la i hace zi, la c con la o hace ko y la c con la u hace ku. Dice el señorito Lucas que parece un capricho, pero no lo es, sino que son cosas de la gramática".
En muchos hogares de Fuentes, quienes vieron Los Santos Inocentes reconocieron sus propias vidas en aquellas escenas, un espejo incómodo de su propia realidad. No era una historia de ficción. Muchos trabajadores del campo y de la construcción recordaban haber vivido situaciones parecidas a las que retrataba la película: humillaciones, desprecios y un trato que anulaba la moral. En los tajos y cortijos de la época, el poder del señorito o del oficial se ejercía a menudo con gritos, insultos y amenazas. No les bastaba con mandar, había que humillar. “No sirves para nada”, “búscate otra faena”, o comparaciones con otros trabajadores eran expresiones comunes en un contexto donde el miedo al despido y la necesidad de sobrevivir obligaban a callar.
En Fuentes, hace cuarenta o cincuenta años, todavía se sentían los ecos de un viejo orden social que condenaba a la inmensa mayoría a la indigencia económica, moral y cultural. Peones analfabetos o casi, con apenas trece o catorce años, cargando sacos de abono de cincuenta kilos o quemando ramas bajo el sol, mientras escuchaban cómo se ponía en duda su valía para el trabajo. Los niños crecían entre el agotamiento y el desprecio de sus empleadores, convencidos de que su esfuerzo jamás les bastaría para acceder a un salario que le permitiera una vida digna. A aquel sufrimiento cotidiano muchos lo recuerdan hoy como su propio “garrote vil”, una condena sin juez ni sentencia, aplicada por costumbre con la bendición de un régimen político impuesto a sangre y fuego.

Cierto que no todo era oscuridad. También existían algunos encargados y agricultores que trataban con justicia a sus trabajadores, conscientes de que el respeto atraía a los mejores. La competencia por la mano de obra hacía que los cortijos con buena reputación no carecieran de personal. Eran pocos porque la norma era el desprecio y la explotación. A mandar, señorito, se hará lo que usted diga, para eso estamos. Muchos empleadores pagaban menos de lo acordado -2.000 pesetas en lugar de 2.300- y los obreros, resignados, regresaban a casa con el orgullo herido.
Los cortijos y chozos de Fuentes estuvieron habitados de infinidad de Pacos el Bajo (Alfredo Landa), de Azarías (Paco Rabal) y de Régulas (Terele Pávez), de Quirces (Juan Sáchez) y de Nieves (Belén Ballesteros), de niñas chicas... También por Ivancitos (Juan Diego) desquiciados por la caza, señoras marquesas (Mary Carrillo) que daban limosnas a los empleados y señoritos abyectos. Los de Fuentes eran innumerables entonces e innombrables ahora. En los albañiles también aparecía a diario el demonio de Los santos inocentes, mal pagados y mal tratados. En el campo, en el andamio, en los talleres y en las fábricas. En todas parte había que marcar a fuego que el de arriba podía pisar al de abajo impunemente, que el patrón doblegar al obrero, que hacerse viejo sirviendo al señor no daba derecho a nada; al contrario, había que estar agradecido por haberle "dado de comer" toda la vida.
Lo que usted diga, señorito. Estamos para servirle. En Los santos inocentes, paradójicamente, la justicia se la toma por su mano el Azarías para vengarse de Ivancito que le ha matado a su milana bonita. Le echa un lazo al cuello desde lo alto de una encina desde la que debía estar templando un palomo para facilitarle la caza al señorito. Libra así a su gente del clima asfixiante que ha creado el señorito cruel. En Fuentes la justicia la impusieron las urnas entregando el poder a sus representantes elegidos democráticamente. Quedan injusticias, quién lo duda, pero ya no son lacerantes como aquellas que condenaba a unos desde la cuna y encumbraba a otros por sus apellidos.
Recordarlo aquí no es sólo una crónica de la nostalgia, es traer la memoria de una pesadilla que duró demasiados años. Lo que se vivió entonces no es solo un recuerdo amargo, sino una advertencia. La precariedad y el maltrato laboral no eran patrimonio exclusivo de las décadas oscuras del franquismo; también sobrevivieron en los años de la transición y más allá. Hoy, cuando los jóvenes no toleran el abuso y defienden su dignidad con mayor firmeza, vale la pena mirar atrás y reconocer que aquellas heridas formaron parte del precio del cambio. El garrote vil de aquella sociedad no fue una máquina de hierro, sino una cultura de soberbia, miedo y silencio. Y aunque ya no ahoga, su memoria sigue presente en la historia reciente de los pueblos que aprendieron, a base de humillación, el valor de la dignidad.

