Tenemos dos hemisferios en el cerebro, uno hace las cuentas con hacienda, el otro sueña con unicornios. Uno planifica el calendario, el otro imagina mundos. Con mucha frecuencia entran en conflicto, uno quiere comprender al cochino, el otro quiere caparlo para que engorde. El razonamiento no se puede entender si falla alguno de los dos. Somos el yin y el yang, Dorian Grey y su retrato, pero es el corazón el que nos convierte en personas. “El corazón tiene razones que la mente no entiende”. La mente, artificial o no, sólo entiende de números. Ah corazón, sólo eres una bomba sujeta a las leyes del metrónomo, pero es tu latido el que sostiene a la humanidad.
A veces no funcionan ni la razón ni la frecuencia cardiaca, será el destino, la suerte, la estupidez humana o la pura codicia, pero reiteradamente la Diosa Fortuna es portadora de mala suerte y coloca en el poder a imbéciles con carné. Borricos y tontilocos juegan con su ego y nuestras vidas mientras le hablan en plan chulo a su reflejo en el espejo, como Robert de Niro en “Taxi Driver”. El fantoche Trump es un actor histriónico que habla desde la puerta del baño del “Air Force One”, su coro griego jalea sus ocurrencias. Habla y suben el pan, la sal y el petróleo y todos se lanzan a comprar opciones sobre acciones y bonos muy monos, él el primero. Usa un lenguaje encriptado en el que se habla a sí mismo, se da la razón, mientras se forra.
Pese al esfuerzo que los curas salesianos pusieron en que me conociera a mí mismo, no lo he conseguido, me desconozco. Como Machado, “converso con el hombre que siempre va conmigo”, pero muchas veces no nos entendemos. Debería intentarlo más, pero soy demasiado vehemente, un auténtico coñazo, quizá debería cartearme. José Antonio Valverde, “el padre de Doñana”, escribía cartas que figuras relevantes de toda Europa enviaban a Franco buscando apoyo para la creación de un parque nacional y él mismo respondía en nombre del dictador. La estrategia de escribirse a sí mismo acabó en éxito rotundo hoy Doñana es una realidad.
Hablar con uno mismo sin llegar a las manos es difícil, así que para que no haya sangre en la almohada cada noche establecemos la ley del silencio, principio del higiénico olvido. Más allá de lo que pensemos de nosotros mismos, pensamos en el concepto que tendrán de nosotros los que nos rodean, qué imagen pública reflejamos, estamos sometidos a un juicio constante. Para algunos y algunas, el aspecto físico simula al del colorido e imponente pavo real. Otros sin embargo usan la dejadez, como si no les importase la opinión de los demás, pero normalmente eso también es una pose.
Qué obsesión tenemos, yo también, con ser aceptados, a veces pienso que somos como perros demandando cariño. Hay quien se pasa la vida buscando un macho, o una hembra alfa a la que seguir, el impulso gregario está muy arraigado. Algunos somos actores sin método, otros ensayan sin descanso para decir barbaridades sin dejar de sonreír, para parecer más de derechas que nadie o más de izquierdas que ninguno. Ahí andan los que narran la épica de sus logros como si fuesen records olímpicos sin reconocer ni bajo tortura sus fracasos, lo importante es el relato. Practican la altanería aclarándonos que “nunca tal alta azor se humilla a tan baja presa”. Así que hablan como si uno fuese su lacayo, como si tuviésemos que agradecer el privilegio de respirar el aire que les sobra ¡Qué sobrado está el mundo de sobrados!
En estos días soleados de primavera comienzan las ferias de lunares y claveles, ritual de exposición pública, reivindicación identitaria y exhibición de tópicos; comienza la función andaluza de hogueras y vanidades. Ayuso quería copiar el escaparate tras llegar a la conclusión de que la Feria de Abril se inventó en Madrid, como el flamenco, la muñeira, la sardana y el silbo gomero. Cuando uno se cree sus propios embustes fracasa con estrépito. El chopped pork no es jamón ibérico, algunos confunden los gatos con liebres, las churras con las merinas y las merinas con “Las meninas”.
Está de moda, siempre ha estado, aparentar, tirarse el pisto y hasta el moco. Alguno quiere proyectar sombra de elefante sin ser siquiera un ratón colorao. Quién sabe, el año que viene quizá quieran copiar el carnaval de Cádiz. En él cada cual puede ser lo que quiera, santa o diablo, honrado o ladrona, poeta o tenedor de libros, aunque sólo por unas horas, pero, menos grasa da un tomate. Los hábitos cambian, pero es bien sabido que no es el hábito el que hace al monje. Perdidos en nuestras mil caras como Lon Chaney, a veces no sabemos quiénes somos, de dónde venimos, pero sobre todo a dónde vamos. Yo soy dos, quizá mil.

