Vamos a contar un caso de maltrato a un río. Se trata del río de la Miel, nombre con el que lo bautizaron los árabes hace siglos. Nace en la sierra de la Luna, dentro del parque natural Los Alcornocales, y desemboca -nueve kilómetros después de un corto recorrido- en la ciudad de Algeciras. Tiempo atrás la dividía en dos partes: la Villa Vieja y la Villa Nueva. En realidad, la Nueva es la Vieja, en la que se asentaron los pobladores musulmanes, mientras que la Vieja es la Nueva, donde los primeros turistas ingleses de comienzos del siglo XX edificaron sus mansiones y se construyó el célebre hotel Reina Cristina, recordado este verano porque allí se alojó en cierta ocasión el poeta Federico García Lorca.

El río de la Miel cruzaba la ciudad, desde su nacimiento a partir de los arroyos que corren por la sierra cercana, entre bosques cerrados, hasta que se precipitaba hacia el mar, desembocando en la zona portuaria. Realmente ese curso bajo, en plena zona urbana, era dominio marítimo-terrestre, por extenderse la influencia mareal hasta un puente conocido como puente Matadero.

Cuentan Pedro Ríos y Juan Ignacio de Vicente -profundos conocedores de su historia- en su monografía dedicada al río, que la degradación de orillas y cauce en su tramo final se tornó preocupante hacia los años 50 del siglo pasado. El crecimiento de la población, acompañado de una inexistente planificación de los desagües y vertidos de aguas residuales, que acababan en las aguas del río, fueron transformándolo en una cloaca al aire libre, dando lugar a malos olores, sobre todo en verano. El río proyectaba mala imagen a los visitantes, mientras que los habitantes cargaban con las molestias, afectación a los comercios y riesgos para la salud pública. Fue generándose un estado de opinión en el que el río era declarado culpable mientras que a los vertidos no se les echaba cuenta.

Dictada así sentencia, plantearon las autoridades que la solución sería el encauzamiento y soterramiento del curso bajo de río que atravesaba la ciudad. Con taparlo, todo solucionado, debieron de pensar. Si bien el ayuntamiento y la Confederación Hidrográfica optaron por soluciones menos agresivas, más acordes con la conservación del río, para alargar su vida. Se realizaron obras construyendo colectores de aguas residuales para evitar que fueran vertidas sin depurar, pero resultaron insuficientes. Mientras unos trataban de canalizar las aguas fecales para evitar más daños al ecosistema fluvial, otros seguían contaminando a base de conexiones no autorizadas a la red de alcantarillado desde las viviendas, pozos negros o aliviaderos clandestinos, en una ciudad que no paraba de crecer.

Obras de soterramiento del río de la Miel

Al final, pesaron en el ánimo de las autoridades, sobre todo las portuarias, no solo la persistencia de los malos olores, sino también las inundaciones que se produjeron en la ciudad en los años sesenta, periodo de intensas lluvias y fuertes riadas que afectaban a las zonas bajas urbanas. Al final -año 1971- se optó por desviar el cauce del río y tapar su curso final, el que atravesaba la ciudad. Dirían que muerto el perro se acabó la rabia. Donde antes hubo un río, ahora lo cubre el hormigón. Pero, transcurridas décadas, los malos olores solo se han solucionado en parte. Sí fue exitosa la intervención en cuanto a evitar inundaciones, que no han vuelto a producirse. Lo más grave es que la contaminación persiste, a pesar de nuevos colectores. Al cauce desviado, que desemboca donde antes hubo una playa, se siguen haciendo vertidos que no acaban de ser evitados.

No sabemos si la ciudad recuperará algún día su río. Los investigadores Ríos Calvo y De Vicente hicieron propuestas para recuperar los tramos medio y bajo, antes de que se degraden más. Hay que confiar en que su tramo alto, el de los bellos alcornocales y canutos con singular vegetación, puedan seguir en buen estado de conservación, sin mayores presiones.

Estamos ahora en una época muy distinta para enfocar la recuperación de los ríos urbanos. No fue el río de la Miel un caso aislado. Como recuerda Ecologistas en Acción, fueron zonas marginales, abandonadas, contaminadas. Hoy la percepción social ha comenzado a cambiar. Se tiende a considerar que hay que cuidarlos para poder disfrutar de espacios de naturaleza, más allá del asfalto y el hormigón.

En nuestro país suele ponerse como ejemplo de este cambio lo ocurrido con el río Manzanares, en Madrid. Donde hubo un escuálido cauce encajonado entre muros, hoy corre un río vivo, con vegetación de ribera, aves y vida acuática. Se considera que es un caso de éxito como proyecto de restauración fluvial urbana. Se eliminaron escolleras y vegetación invasora para, acto seguido, plantar más de 5.000 álamos, fresnos y sauces. La restauración no solo ha sido embellecer estas riberas y hacerlas accesibles, sino recuperar su ecología, su identidad perdida y la seguridad frente a las crecidas.

Porque los ríos prestan servicios a la sociedad. Dice la organización ecologista que “son fuente de nutrientes, grandes contenedores y transportadores de biodiversidad, corredores de vida entre las partes altas y las bajas de una cuenca”. A su vez, “bien conservados” proporcionan a la sociedad “abastecimiento de agua limpia, control de plagas, laminación de avenidas, control de la erosión, regulación climática, pulmones de aire limpio, espacios para la educación, para la ciencia, para actividades recreativas, para la recuperación del acervo cultural de las ciudades… o simplemente para el disfrute estético, como la contemplación, sin más, de un bosque de ribera en el otoño”. Río Oro en Melilla -ya en marcha- río Besós en el entorno metropolitano de Barcelona, y río Guadalmedina en Málaga son algunas de las propuestas de recuperación efectuadas por Ecologistas en Acción.

Disponemos en nuestro país de una Estrategia Nacional de Restauración de Ríos, vigente hasta 2030. Dentro de su programa de recuperación podemos mencionar el proyecto Restauración fluvial del río Genil en los términos municipales de Granada, Cenes de la Vega y Pinos Genil (Granada), comenzado en 2023, que contempla mejorar la continuidad fluvial del tramo, facilitar el uso público del río mediante la conexión de caminos públicos existentes y mejorar todo el ecosistema fluvial. Otro proyecto se refiere a la restauración del río Monachil, en la misma provincia.

Sería una quimera pensar que el río de la Miel recuperará algún día su curso bajo desviado y cegado, aunque debería terminarse con los vertidos aún existentes y recuperar algo del antiguo cauce. Esperemos que su curso alto se conserve como esplendido espacio natural y en el curso medio se regeneren ecosistemas alterados, preservando las riberas de ocupaciones y construcciones irregulares.