Claudicar produce una sensación amarga, triste y que te llena de rabia al mismo tiempo. Piensas que no tienes otra opción, que es tu vida, tu salud. De eso se valen y te empujan para que poco a poco pienses que no hay otra. Durante mucho tiempo me negué, iba en contra de mis principios más elementales, de aquellos a los que crees no vas a renunciar, pero todo está muy bien organizado.
Un día te llaman después de meses y meses de espera. No importaba mucho, no era tan grave como les ocurre a otras personas que les va la vida en ello. Yo resistiré, me decía. Estaba equivocada. Ellos tienen el tiempo que tú no tienes, porque les importamos muy poco, somos números que engordan sus cuentas corrientes, las de ellos o las de aquellos a los que deben favores inconfesables, a veces. Te das cuenta de que solo te queda claudicar, aunque la rabia te haga apretar los dientes.
Hay que salir a la calle, hay que lucha por los derechos que otras y otros ganaron arriesgando la libertad. Me decía hace unos días un compañero que nos vemos en las manifestaciones de Marea Blanca “¿No estas cansada? Dime razones para seguir”. Yo le decía que me diera él razones para no seguir. No hay otra, no hay más remedio, aunque haya días que te sientas cansada y con deseo de dejarlo. Pero no podemos porque nos han tocado tiempos difíciles y aún son más difíciles los que vienen.
¿En qué he claudicado? Me llaman por teléfono y me dicen que me operan de aquí a un mes de cataratas en el hospital privado, que tiene concierto con la consejería de Salud, en Lucena. Me niego, ya lo hice hace meses cuando me lo ofrecieron la primera vez. Pregunto qué tiempo sería el que tendría que esperar para operarme en Écija. La respuesta es que no lo saben, solo saben que mucho. ¿Cuánto es mucho? Mucho, me dicen.
Veo cada vez menos, a veces saludo a personas que no conozco y no saludo a las que sí debo. Por la calle ando mirando el suelo para no caer, en mi casa siempre mirando dos veces para estar segura lo que hago… Me dan ganas de mandar a un sitio oscuro y desagradable a la persona que me habla, pero ella no es culpable. Al final digo que sí, que me opero en Lucena y me tengo que contener para no gritar que pago mis impuestos sin acritud esperando que esos señores que se están forrando con la salud de las andaluzas y andaluces y que se ríen de todos nosotros hagan lo mismo, según les corresponda. Todo es una mierda. Hay que salir a la calle a gritarlo.

