Tenemos la impresión de que vivimos en un mundo desbocado, un entorno donde los acontecimientos se suceden a una velocidad tan vertiginosa que resulta difícil de digerir. Parece que hemos cruzado una puerta giratoria que no deja de dar vueltas; no sabemos con certeza hacia dónde nos conduce, pero lo que sí parece evidente es que nos arrastra hacia un escenario completamente distinto, hacia otra época.

Esta sensación de tránsito no es nueva en la historia humana. Sin embargo, todo indica que ahora la transición va en serio. Como advierte el profesor Fernando Vallespín, el factor diferencial es que las transformaciones actuales están ligadas a una revolución tecnológica radical, el auténtico ingrediente que certifica que nos hallamos ante un cambio de era irreversible. Hemos dado un salto de tal magnitud que el futuro se ha vuelto absolutamente impredecible. La incertidumbre y la confusión general se han convertido, de hecho, en el auténtico apellido de nuestra época. Y aunque anticipar el porvenir sea una tarea casi imposible, intuimos que este proceso generará una cantidad ingente de alteraciones estructurales.

Vivimos conmocionados ante un panorama tan cambiante que ni siquiera logramos encontrar un lenguaje común que nos ayude a descifrarlo. De la noche a la mañana, asistimos a fenómenos que desafían nuestras convicciones arraigadas: la destrucción del orden internacional de la posguerra; el derrumbe progresivo de la democracia estadounidense —y, por extensión, de los pilares de la democracia liberal— y el regreso de los conflictos bélicos a gran escala, acompañados por el fantasma de una nueva proliferación nuclear.

En medio de este escenario hostil, observamos con temor la pérdida de peso y la disminución de Europa, obligada a reinventarse a marchas forzadas. La Unión Europea se encuentra hoy ante la disyuntiva histórica de armarse a toda velocidad. El peligro es palpable: Estados Unidos ha dejado de ser un socio fiable para convertirse en un factor geopolítico impredecible y peligroso, mientras que, al mismo tiempo, el ejército ruso avanza en su intento de apoderarse de Ucrania y proyecta sobre el territorio europeo la amenaza constante de la llamada "guerra híbrida".

A este contexto geopolítico se suma el avance implacable del cambio climático, que no deja de ganar terreno, sobre todo por el sabotaje institucional liderado por la administración de Donald Trump, cuya agenda de desmantelamiento de los acuerdos climáticos internacionales y su apuesta ciega por los combustibles fósiles dinamitan cualquier esfuerzo global de descarbonización. Y, por si fuera poco, irrumpen los desafíos de una Inteligencia Artificial que ya empieza a vincularse estrechamente con la aparición del tecno-feudalismo. La prueba más inquietante de esta deriva es el manifiesto publicado por Palantir, la opaca multinacional de IA y vigilancia masiva.

En ese documento, la compañía abraza una doctrina tecno-fascista que va mucho más allá de lo militar: propone, en cierto modo, sustituir los gobiernos democráticos por una suerte de consejo de administración privado, donde las corporaciones tecnológicas asuman las riendas del poder político. Es la culminación de un movimiento en el que estos magnates de Silicon Valley se han aliado de forma explícita con la ultraderecha global; su objetivo es campar a sus anchas, demoler las regulaciones estatales y operar en una impunidad fiscal absoluta, libres de pagar impuestos mientras privatizan el control social y sepultan el pluralismo democrático en favor de una preocupante jerarquía cultural.

Cada uno de estos elementos trae consigo, de forma individual, una situación profundamente crítica. Sin embargo, el historiador económico Adam Tooze, profesor en la Universidad de Columbia, sostiene que lo que verdaderamente caracteriza a nuestro tiempo no es la mera sucesión y acumulación de problemas graves, sino la interconexión de crisis. Para dar sentido a este caos, Tooze ha popularizado e impulsado en los últimos años el término "policrisis".

Una policrisis no es una simple suma de crisis aisladas. El fenómeno no ocurre meramente porque coincidan varios problemas en el mismo espacio y tiempo (como la inflación, el cambio climático, las tensiones geopolíticas y una crisis sanitaria). Lo verdaderamente crucial y alarmante de la policrisis es que estos frentes interactúan entre sí y se alimentan mutuamente de forma constante. Debido a esta retroalimentación, el impacto conjunto del sistema es mucho más complejo, caótico y severo que la simple suma de sus partes.

Esta dinámica destruye la lógica de la gobernanza tradicional. Los mecanismos que los gobiernos e instituciones utilizaban históricamente para resolver una crisis económica o política ya no funcionan de forma lineal. En el entorno de la policrisis, solucionar un problema suele agravar o activar de inmediato otro en un área completamente distinta, generando un efecto dominó incontrolable. Los ejemplos prácticos abundan en el día a día: si los países buscan atajar el cambio climático de forma drástica, pueden encontrarse con una pérdida inmediata de competitividad en los mercados internacionales; si un Estado intenta abordar su crisis demográfica incorporando población inmigrante, se puede encontrar con que esa medida provoca de rebote un aumento del voto de la ultraderecha. Y así, de manera sucesiva, los hilos de la realidad se enredan en un bucle que desafía nuestras viejas soluciones.

Con este diagnóstico sobre la mesa se celebró un ciclo de conferencias bajo el título "Una nueva era geopolítica", coordinado por Fernando Vallespín, catedrático emérito de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y académico. El propio Vallespín se encargó de inaugurar las sesiones con la ponencia "Una nueva era geopolítica (I): la crisis del orden liberal", donde abordó la crisis de Occidente y analizó la hipótesis de que nos encaminamos hacia una sociedad y una política posliberales.

La segunda sesión, titulada "Una nueva era geopolítica (II): Post-Occidente", corrió a cargo del catedrático emérito Emilio Lamo de Espinosa, quien examinó las consecuencias del declive del modelo occidental y sus profundas implicaciones territoriales, demográficas e institucionales. El broche de cierre lo puso la investigadora Carmen Claudín,  con "Una nueva era geopolítica (III): Ucrania frente a Rusia", una intervención que desentrañó las estrategias de influencia y desinformación desplegadas por Rusia para socavar la soberanía de los Estados, con un enfoque particular en la invasión de Ucrania y su impacto directo en el porvenir de Europa.

Vale la pena reservar un tiempo para escuchar estas intervenciones. Se trata de tres miradas profundamente complementarias para interpretar el nuevo escenario internacional y de una oportunidad excepcional para comprender mejor el mundo que viene. Una propuesta, además, al alcance de cualquiera, ya que las tres conferencias pueden seguirse cómodamente en la red a través de los canales de la Fundación Juan March.