Bailar, esa es la respuesta. Los humanos nos movemos al ritmo del tambor, del golpeo de un palo, de una caña hueca que deja libre el sonido que guarda en su interior en colaboración misteriosa del aire. Desde siempre hemos bailado, somos una especie que se mueve para permanecer, como decía la Reina Roja en la novela A través del espejo y lo que Alicia encontró de Lewis Carroll, en el mismo sitio. En la novela corren que es una forma de bailar, de sentirse vivo.
Anoche bailaba sintiéndome inmortal. No podía dejar de pensar que mis movimientos eran inmortales, me sentía unida a mis ancestros alrededor de una hoguera protectora, donde después de escuchar relatos que nos unen, danzamos en una comunión eterna, siguiendo el movimiento de los planetas, del universo entero que no puede permanecer quieto. Somos movimiento.
Decía Emma Goldman, anarquista y feminista: “Si no puedo bailar no es mi revolución” queriendo expresa que la revolución no puede estar divorciada de la alegría, del goce por la vida. Como canta Jorge Drexler “Ante la duda, baila”.
Si en la tarde lánguida de julio mi mente se obsesiona con la muerte, ese misterio que nos acompaña desde ese otro misterio que es nacer, tratando de descifrar inútilmente qué somos, qué propósito tiene la evolución, sabiendo que no tiene ninguna. Al llegar la noche bailo y con el movimiento llega la alegría, el sentirme inmortal, cerca de todas las mujeres que bailaban, en la Europa moralista y coercitiva, a la luz de la luna, desafiando a la inquisición y al qué dirán, de las mujeres que en la selva a través de siglos han vivido su cuerpo en libertad, de las que no han podido, no pueden hacerlo porque una cultura religiosa, patriarcal, se lo impide.
Bailemos, seamos dueñas de nuestro cuerpo en movimiento, sintiendo que somos inmortales, que vencemos a la muerte bailando en el mismo espacio que hace siglos, milenios atrás, lo hacían otras mujeres; otras personas, tal vez neandertales, esos hermanos desaparecidos, bailaron y se sintieron libres y alegres sin saber el motivo, solo porque estaban unidos y sus cuerpos se movían siguiendo el ritmo. Ese mismo ritmo que mueve planetas y estrellas.

