La serie Cacocracia es un proyecto de videocolumnas animadas para El País, realizado por el escritor Martín Caparrós y el dibujante Miguel Rep, sobre el origen y el ascenso de los líderes ultras y populistas que dominan la escena actual. En ella, Caparros disecciona la figura de Fred Trump, el padre de la bestia, para explicar una patología de herencia y desprecio. Para Caparrós, el hijo no es más que la versión hipertrofiada de un padre que le inculcó que el mundo se divide exclusivamente entre "asesinos" y "perdedores". Esta patología se resume en dos puntos clave: el éxito como única moral -Fred Trump no educó a un político, sino a un depredador inmobiliario y el hijo trasladó el matonismo de las licencias de obra en Queens a la geopolítica mundial- y la ausencia de límites, entendiendo las leyes como obstáculos que solo los perdedores aceptan. Así, la brutalidad mediática no es más que una máscara para ocultar el terror a ser lo que su padre más despreciaba: un tipo normal.

Son tantas y tan graves las ignominias perpetradas por Trump, que resulta alarmante asistir al cuajo con el que responden las autoridades de la Unión Europea, con esa vergonzosa mezcla de pragmatismo y cautela. Lo mismo sucede con la tibieza de las máximas autoridades de los países de la Unión. Ni siquiera se salva la voz discordante de Pedro Sánchez, cuyo pragmatismo lo acaba reteniendo en el umbral de esa excepción que, de haber mostrado mayor firmeza, a muchos nos honraría. El caso del primer ministro húngaro era previsible, Viktor Orbán es para “echarle de comer aparte; pero es incomprensible que una persona de esta calaña -caballo de Troya en las filas europeas y meritorio pro fascista de nuevo cuño- forme parte del club comunitario. Es tan incomprensible como que Europa siga sin contar con mecanismos que eviten que “un garbanzo podrido estropee toda la olla”.

Parece que las exhortaciones de Gavin Newsom no les han sacado los colores a los bien remunerados prebostes de la política europea. El gobernador de California, uno de los demócratas que suenan como candidatos en 2028, reclamaba resistencia en un corrillo en Davos: «Es tiempo de estar con la espalda recta, no puedo soportar esta complicidad. Deberían haber traído rodilleras para los líderes mundiales; espero que entiendan lo patéticos que resultan». Frente a las arengas del californiano, Trump ha elevado su retórica autoritaria, limitada a sus dos o tres adjetivos de siempre, al indicar que vería con buenos ojos su detención: “Sería algo estupendo”.

Sin embargo, en el Foro Económico Mundial ha habido una excepción a la pusilanimidad que denunciaba Newsom en la ciudad alpina: Mark Carney. El primer ministro de Canadá, ese hombre con cara de jubilado satisfecho, es el único que le ha plantado cara a la bestia con uno de los discursos más inspiradores y elocuentes que se recuerdan en esa plaza. No lo citó explícitamente, pero su mensaje era una clara alusión a ese que aparece todos los días en las televisiones exhibiendo su último capricho autoritario como si fuera un trofeo de caza. En un mundo que parece caminar en silencio, la voz calmada de Carney se ha erigido en el primer muro de contención ético frente a la impunidad del despacho oval.

Entre todos los crímenes y asesinatos que el presidente del EE.UU. ha cometido impunemente en su país y fuera de él, todo indica que esto es solo el preámbulo. La línea roja que ha traspasado, ordenando detener a niños y arrancarlos brutalmente de la protección de sus padres, ha provocado una conmoción que podría significar la cuenta atrás de este Calígula. Escribo este texto el domingo y no puedo vaticinar si la semana que viene, cuando se publique, la bestia, en su enfermiza necesidad de llamar la atención, habrá escalado esa particular carrera en la que se desvive por superar a las personalidades paranoicas que le precedieron; caracterizados, como él, por una clara falta de empatía y una visión del mundo dividida estrictamente entre "amigos" y "enemigos mortales".

De momento, con esa maliciosa versatilidad que lo caracteriza, nada nos sorprendería que intentase superar sus propios récords en el campo de la criminalidad institucional y la vulneración de la soberanía internacional, dado que ya ha demostrado con creces su vocación genocida al hermanarse con líderes que, como Hitler o Pol Pot, utilizaron el aparato estatal para el exterminio sistemático de grupos enteros. Así lo atestiguan las cacerías humanas que ordena en su propio país -que incluyen, “en calidad de daños colaterales”, el asesinato de compatriotas que le plantaron cara- y su complicidad necesaria en el genocidio de Gaza. Su alto grado de megalomanía -con esa obsesión patológica por el poder y su creencia delirante en su propia grandeza, exhibida sin el menor pudor en la desmedida fijación por el Premio Nobel- resulta un predictor que augura peores presagios.

En vista de que la respuesta de la ciudadanía europea ha sido prácticamente nula y las de nuestras autoridades europeas más aptas para un reclinatorio que para otra cosa, muchos tenemos puestas la esperanza en las próximas elecciones en EE.UU. de noviembre. Estas funcionan como un referéndum a mitad de legislatura: no se elige al presidente, pero se decide si se le deja gobernar con las manos libres o si se le bloquea el poder legislativo (el Congreso) para el resto de su mandato.

Excepto para los desnortados de Vox, a cualquier persona de buen corazón y elevadas intenciones le resultaría una bendición institucional que podría calmar la pesadilla. Formalmente son las denominadas "midterms" o de medio mandato: un proceso constitucional que ocurre cada dos años para renovar la totalidad de la cámara de representantes y un tercio del Senado. A diferencia de España, donde el legislativo y el ejecutivo van de la mano, el sistema estadounidense permite que el ciudadano decida si mantiene o retira el control del Parlamento al presidente a mitad de su gestión. (A vuela pluma, pensando en nuestro país, se me ocurre que esta medida evitaría que los gobiernos apuesten todas sus cartas al final de la legislatura, confiando en una memoria de pez del electorado que solo recuerde el último regalo antes de las urnas. Sin embargo, eso es harina de otro costal que habrá que dejar para otra ocasión).

Después de todas las barbaridades que hemos conocido de Donald Trump, es fácil pensar que la ciudadanía estadounidense ni por asomo desaprovechará esta coyuntura institucional para poner un corsé formal a este loco de atar. Nada más lejos de la realidad; el asunto no está tan claro. La situación electoral en ese país se puede definir como una polarización asimétrica. Las resistencias que asoman en EE.UU. puede que, de cara a las elecciones de noviembre, solo sirvan para movilizar a los demócratas -que no se queden en casa- pero no necesariamente para arrancar votos al bloque republicano.

La simpatía de los grupos pro-Trump hacia su presidente suele ser incondicional, casi canina, y entre su electorado pesa mucho la percepción de que el líder está cumpliendo con la "batalla cultural" prometida. Esta base respalda la deriva actual, validando acciones que van desde la pretensión de anexar Groenlandia hasta el secuestro del dictador Maduro o los crímenes en suelo propio como los de California. Los bombardeos contra lanchas en el Caribe -asesinatos por la falta de pruebas y juicios- confirman una normalización del crimen institucional bajo amparo estatal que ese electorado de posiciones graníticas asume sin pestañear. Este bloque, que representa cerca del 45% de los votantes, no va a cambiar su voto; es una lealtad que ignora el dato económico a favor del triunfo cultural. Este es el hecho que ensombrece la salida: el suelo de Trump es altísimo.

Quizás el éxito de la oposición en noviembre dependerá de si logran capitalizar el desgaste económico y el rechazo hacia el uso del poder ejecutivo. Ahí radica el matiz esperanzador, centrado en dos grupos que apuntalaron la victoria de Trump en 2024 y que hoy se baten en retirada. Por un lado, los independientes, cuya aprobación ha caído al 29%, fatigados por la inestabilidad institucional y lo que perciben como un abuso de poder. Por otro, el votante latino, que tras darle un apoyo histórico hace dos años, hoy muestra un arrepentimiento del 33% y una desaprobación que escala al 70%; para ellos, la "edad de oro" prometida se ha disuelto en el alto costo de la vida y el impacto directo de los aranceles en su economía doméstica. Es probable que la resistencia demócrata no capte votos del núcleo MAGA, pero este sector moderado y pragmático, que hace poco le dio el mando, es hoy el que más siente el peso de la deriva autoritaria en su día a día.

El éxito de la oposición en noviembre también dependerá de si estos votantes reaccionan ante esta normalización del crimen institucional o si, por el contrario, sucumben nuevamente al impacto mediático de la brutalidad. No sabemos si la imagen de Liam Conejo Ramos, el niño de cinco años detenido en Minneapolis por agentes del ICE mientras llevaba puesta su mochila de Spiderman -convertido ya en un símbolo de la resistencia contra la deshumanización migratoria- logrará quebrar la inercia de estos sectores e inclinar la balanza hacia la recuperación del orden constitucional. Este ejemplo de criminalidad institucional ha dado la vuelta al mundo y ha generado una oleada de indignación; sin embargo, el rigor analítico obliga a admitir que las pautas previsibles de voto suelen verse desbordadas por la psicología de masas. Dada la volubilidad del electorado, proclive al encantamiento de los golpes de efecto mediáticos, nunca se sabe la aptitud con la que llegará a las elecciones, ni qué cartas estará ya barajando el confeso dictador Trump para sortear este escollo, siendo como es un profesional de la intoxicación informativa.