El cuerpo de la mujer como objeto. Cuando aceptamos darnos a la cultura patriarcal, que solo es cultural y no algo natural como nos han enseñado, se nos presenta como mujeres de respeto, madres, hermanas, esposas, incluso se nos permiten ciertas libertades como una extraña contradicción, como un premio permitido. Libertades que se han tenido que arrancar peleando con el orden impuesto, ese que atraviesa la cultura, el orden e incluso la fantasía que nos hace ver el mundo, la supuesta realidad, con ojos patriarcales. De ahí las necesarias gafas violetas.  

Pero, cuidado, no vayamos a molestar mucho, no creamos poder defendernos. El testimonio de una mujer sigue valiendo la mitad que el de un hombre. Ni la mitad siquiera. Ahí tenemos al alcalde de Móstoles, denunciado por acoso sexual a una concejala de su mismo partido, rodeado de todos sus paniaguados y, ay, paniaguadas, dando su versión de los hechos, mientras las personas que tenían que proteger a la víctima, escucharla, le dan la razón a él, lo escuchan a él; lo protegen.

¿Por qué? Porque la mujer ha pretendido defender su dignidad, su cuerpo y su libertad. Ella deja de ser creíble y pasa a ser una “trepa” que solo busca la venganza. Eso ocurre en el momento que ha sido capaz de dar un paso al frente, de salir del espacio que muchos, más de los que creemos, consideran reservado para nosotras, ese espacio donde te dejan estar, de donde no debemos salir para molestar, para acusar, para denunciar.

Solo tenemos que recordar el caso de Nevenka, y otros no tan conocidos, para comprobar qué poco hemos avanzado. No nos engañemos, el patriarcado es estructural, hemos sido educadas en sus códigos, nuestra cultura nos ha hecho interpretar la realidad parcialmente y esa parcialidad es la que permite a un personaje como el alcalde de Móstoles, sus compañeros y, lo más grave, compañeras defender su versión como si fuera la verdad, cuestionando a la víctima sin siquiera darle  la oportunidad de defenderse.

Igualmente actúan las defensoras y defensores de Julio Iglesias, denunciado por acoso y violación. También personajes públicos que no tienen problema en ser cómplices de esos mismos abusos de poder. Siempre es mejor, pensarán, estar al lado del dinero y de la fama que de unas mujeres pobres, ignoradas que ganaban 300 euros. En el fondo está el patriarcado. No solo ocurre con las desconocidas. Es el caso de Elisa Mouliaá, que no ha podido aguantar la presión y el ser cuestionada solo por haber puesto su cuerpo y su palabra, esa que vale tan poco. Nos manda el mensaje: cuidado, no denuncies que el camino es largo, solitario, te perjudica especialmente a ti y a tus seres queridos.

Todo esto me produce asco, asco y tristeza. Nosotras las mujeres no podemos estar impasibles cuando cuestionan nuestra palabra por el simple hecho de ser mujeres. No podemos pensar, como lo hacen algunas, que ya hemos conseguido la igualdad. Nada más lejos de la realidad. El hombre, a veces de forma inconsciente, pues también ha sido educado en los códigos del patriarcado, impone su voluntad de forma sutil, invisible diría.