Lo dicho, la única patria es la infancia, a la que una y otra vez volvemos en busca de las señas de identidad que nos conforman, reclamando el consuelo que la edad adulta nos niega, pidiendo a gritos la paz que la vida nos expolia. Por eso transcurre la vida en una sucesión de círculos que acaban siempre regresando a la infancia, la patria de la inocencia y de los sentimientos. Si nos dejaran, si nos dejáramos, todos habitaríamos, como Peter Pan, permanentemente en la infancia, refugiados perpetuos en el seno materno. La vuelta a la infancia es la vuelta a lo que somos en esencia, lo que fuimos antes de que la vida nos impregnara de sustancias ajenas, antes de que se nos adhirieran las excrecencias de lugares extraños.
Fuentes es el recipiente, a veces cálido, a veces ingrato, que alberga nuestra patria chica. La infancia está organizada en provincias donde viven nuestros sueños y nuestras frustraciones. La calle donde correteábamos era la extensión natural de la primera provincia (la casa) donde morábamos. Algo más allá, colindaba la provincia escolar de la Estación. Estaba habitada aquella provincia, por Manuel León, Natividad Pérez, Rafi Elena, Conchi Elena, Sebastiana, Rosalía, Manoli Barcia y Juan José Medrano, entre otros muchos chiquillos. También la habitaban los maestros, pero ellos formaban parte de una patria compuesta por normas y obligaciones que chocaban frontalmente con nuestros intereses. Ellos eran algo así como La Campana. Provincia de la patria infantil era el Barrancón, donde vivíamos la pasión por la pelota.
Manuel el Negro vivía en la provincia del barrio la Rana, Manoli Barcia en la calle Mayor, este que escribe en la Plaza Abajo y Medrano en la Alameda. Otros como el batería Antonio Moreno y Pepe Bejarano vivíeron la patria en la provincia de la calle Nueva. Cada chiquillo de Fuentes era su calle antes que de su escuela y después que de su casa. Por eso formábamos aquellas batallas campales de unas calles contra otras a pedrada limpia. Éramos, antes que nada, bestias territoriales. Las patrias infantiles son extensas o menguadas y duran más o menos según la época histórica que nos corresponden. Había chiquillos que abandonaban la patria infantil con apenas siete u ocho años, según fuesen las necesidades económicas de sus familias. Hoy en día las patrias infantiles pueden llegar a durar una eternidad.

Volver a vivir la patria chica le hace a uno sacar lo mejor que lleva dentro. Le hace sacar a Manuel León, por ejemplo, el flamenco y la pasión sevillista. Le hace sacar la murga del Margarito aunque ya no sea Carnaval. Le hace decir que su Sevilla del alma tuvo una vez la virtud de ganar todos los partidos en terreno ajeno, pero también el defecto de perderlos todos en casa. Le hace sacar al veterinario Juan José Medrano el recuerdo de su tiempo de estudiante en el instituto Alto Conquero de Huelva. Le hace sacar a Rosalía su pasado amor por el Partido Comunista y las buenas acciones hechas por el alcalde de Marinaleda, José Manuel Sánchez Gordillo. Le hace sacar a la Chamarina, emigrada en Benidorm, las largas jornadas que echaba de verano en el hotel.
Fue la pedagoga Manoli Barcia la que enamoró a su grupo de la infancia en la provincia del colegio de la Estación el día en que impulsó un encuentro de ex alumnos en el salón Bulevar del paseíto del Coño. Treinta y seis años habían pasado desde que abandonamos la patria chica de la Estación. Todos esos años habíamos tardado en circunnavegar el mundo para volver a la patria, cerrando uno de esos círculos que nos devuelven de forma inexorable a la infancia. Fue Manoli la que nos metió en la máquina del tiempo, ese mecanismo capaz de abrir el frasco de las emociones infantiles.
La llama de las emociones es un fuego que no se apagará del todo mientras haya vida en uno de los habitantes de aquella patria. Ese fuego inacabable saca lo mejor del que escribe, que cuenta lo mal que se llevaba con la recepcionista de noche del hotel en el que trabajaba de segurata. Ella era una vampiresa nacida en Transilvania y llegada a Castellón para dar por saco al segurata. Saca lo mejor de Conchi Elena, de Rafi Elena, de Sebastiana… que comparten feria, carnaval, romería y navidad.
Fuentes de información es patria que sirve, con su calidad periodística, al reencuentro con la infancia de la Navidad, del Jueves Lardero, del Carnaval, de la Semana Santa, de la Romería, de la Velá del Carmen, de la Feria, del verano, del invierno, de la primavera, del otoño, de nuestra patrona, de los jornaleros, de los mayetes, los emigrantes, nuestro cine Avenida… En fin, de aquella patria acogedora y tierna que nos devuelve el amor por el lugar donde hemos nacido. Con todas y cada una de las provincias infantiles que hemos llenado de vivencias contadas unas veces de forma exagerada, otras inventada, escondidas unas, soñadas otras, teñidas todas con la misma sustancia con la que está escrita esta crónica de la nostalgia.

