El otro día me desvelé justo en el momento en el que estaba amaneciendo. No me pude resistir a mirar por la ventana. Entre el horizonte y el azul profundo se extendía una franja deslumbrantemente naranja, la belleza de los amaneceres nos empequeñece. Más tarde, a la hora en la que mi calle empieza a hervir cada mañana, no había atasco de coches a la puerta de la escuela. A esas horas el aire de mi barrio era propiedad exclusiva de las golondrinas y los vencejos. El trino de los pájaros no tiene competencia. Dos gorriones se cortejaban salvajemente, la pasión animal se parece mucho a la humana. Es primavera.

Hoy la gente no madruga, no conduce apresurada;  la autovía tiene un tráfico fluido, casi no hay camiones. Es san sábado, la mayoría de la gente no trabaja y lo que es aún mejor, mañana tampoco. Siempre pasa más o menos lo mismo, pero este sábado es especial porque es un día de paréntesis entre broncas. Hoy se descansa del ruido mediático. A alguien se le ocurrió la idea de que tras una extenuante campaña electoral, sobre todo para los ciudadanos, había que descansar, parar el ritmo para poder pensar con claridad cívica. Por esa razón a este día lo llamaron jornada de reflexión. Uno se imagina al ciudadano común en silencio, sentado en su butaca como “El Pensador” de Rodin y una nube de humo llenando todo el cuarto de estar.

Afortunadamente no es así, este es un día luminoso en el que está prohibida la propaganda política por ley ¡Aleluya! Un día de vacaciones, perdido en una campaña electoral interminable, que dura años. Veinticuatro horas sin escuchar memeces ni burradas, sin excusas peregrinas, sin mentiras ni llamamientos al odio, sin argumentos intragables ¡Bendito silencio! Hasta ayer las banderas políticas ondeaban hablando de ofertas de mejora de todo, “y también dos huevos duros”. De lo peligroso que es lo ajeno y lo magnífico que es lo propio. El cinismo del orador político ante un micrófono sólo es comparable con el del abnegado seguidor. En algunos casos, como en el fútbol, la ideología es hereditaria, “mi familia siempre ha sido de…, así que yo…"

El otro sábado la gente reflexionaba, como todos los días, sobre sus pequeñas vidas, sus grandes hipotecas o sus gigantescos alquileres, la cesta de la compra creciente y el sueldo menguante. Sobre el cretino de su jefe o lo que cuesta pagar los autónomos y el resto de seguros obligatorios. Sobre la juventud perdida, las cosas que pudo haber hecho, pero que no hizo, sobre lo que no valoraba antes, pero ahora le parece esencial; cosas sencillas, cosas de mortales, cosas importantes. Los besos que no dio, las palabras que tenía que haber dicho pero se calló, las que tenía que haberse callado pero pronunció con vehemencia. Aquel ataque de ira a destiempo que frustró un momento lindo y se convirtió en un lamparón indeleble, que vuelve a la memoria cuando menos se le espera. Qué fácil es meter la pata, qué difícil sacarla.

“Pasa la vida y no has notado que has vivido”.

Los problemas del ser humano son universales, nacer, crecer, vivir o sobrevivir, tener hijos y sacarlos adelante, la vocación profesional, el éxito y/o el fracaso, la riqueza y la pobreza. Aunque en realidad, como en la literatura, todas nuestras tribulaciones se reducen al amor, la vida y la muerte. Así de sencillo, así de difícil es amar, vivir y hasta morir. En eso sí somos todos iguales.

Llegó el lunes, todo ha acabado, o acaso empezado, la máquina no descansa. Tras la efímera tregua vuelve la guerra del todo vale, vuelven las declaraciones enfáticas y los pronunciamientos, las elucubraciones fantásticas y los “anda que tú”. Desde mi ventana veo el resplandor de las explosiones, oigo los cañazos. Ha vuelto el ruido que nos hace sordos. Las preguntas se repiten ¿Por qué la gente vota lo que vota? ¿Han reflexionado su decisión? ¿Se equivoca la mayoría? ¿Tiene derecho a hacerlo? ¿Se tiene razón por pertenecer a la mayoría? ¿Vota Vicente lo que vota la gente? ¿De verdad en una democracia mandamos los ciudadanos? ¿Por qué la gente se aburre tanto?

Darle vueltas a la realidad en zapatillas es agotador. Cuanto más claro creo tenerlo todo, menos entiendo lo que pasa. Más claro tengo que soy un peón en un inmenso tablero de ajedrez, en el que los de mi especie somos sacrificables, que sólo valemos como clientes. Uno se ilusiona con el porvenir, pero se llama así porque nunca llega. Reflexionar es difícil porque uno tiene que discutir consigo mismo y posiblemente no darse la razón. Uno razona y calibra hasta llegar a una conclusión y luego la realidad nos hace aterrizar en un campo de ortigas. Creo que tengo el síndrome del ciudadano quemado, lo he reflexionado durante muchos sábados. Si no fuera por las golondrinas y los vencejos…