No creo en el “hombre del saco”, el Yeti, los platillos volantes o el Lobishome, tampoco en la isla de San Borondón ni en las constantes pérdidas económicas de los hosteleros. No se puede tener miedo de lo que no existe. Pero los que no pueden comprar casi nada acaban comprando la colección completa de los cuentos de Calleja. Hay mucha gente que cree en cosas ilusorias, están convencidos de haber visto al hombre invisible. Ahora existen mi verdad y tu verdad, como si la verdad fuese un club de fútbol y nos hicieran socios al nacer teniendo que serle fieles toda la vida. La verdad ya no es un hecho sino una opinión y además todas las opiniones valen lo mismo.
Hasta hace unos años, el único puesto de trabajo en el que cualquier ciudadano se sentía mucho más capacitado que el titular, era el de seleccionador nacional de fútbol. Todo el mundo lo habría hecho mejor desde el sofá de su casa con una birra en la mano. Pero ahora hemos llegado a un estado de “ignorancia ilustrada”; todos son médicos, cocineros, músicos, psicólogos, arquitectos, juristas, estrategas militares, economistas, expertos en relaciones internacionales y, por supuesto, fotógrafos (es lo que más abunda).
Tenemos el derecho a ser libres, pero no la obligación. Ser libre requiere el esfuerzo de poner en cuestión la naturaleza de las cosas. Hay quienes prefieren repetir el discurso elaborado por otros sin ni siquiera mordisquearlo un poco, por eso a veces se les atraganta. A algunos convendría hacerles la maniobra de Heimlich para devolverlos al mundo de los vivos, pero no se dejan. Sin pararse a pensar hacen suyos postulados que están dispuestos a defender con sangre. Prefieren escuchar a Pérez que estuvo en Mallorca, a informarse en medios de comunicación de distinto pelaje y sacar conclusiones propias.
Este estado de cosas es sobre todo un gran negocio. Las empresas de seguridad se ponen las botas a base de vender alarmas que alerten sobre “la plaga del siglo XXI”, la ocupación de la vivienda aprovechando que uno sale a comprar el pan. Las compañías de seguros tienen cláusulas específicas para indemnizar a las víctimas de ocupación. Aún no ofrecen seguros que cubran las abducciones extraterrestres ni las mordeduras de vampiros, pero todo se andará.
El miedo no está regulado por ley, es libre, sobre todo el que hace que unos listos se forren con la ignorancia ajena. La “okupación” en España ha llegado a unos límites insoportables, nada más y nada menos que el 0,05 % de las viviendas han sido ocupadas. La inmensa mayoría estaban vacías y pertenecen a los bancos, sí, a esos mismos a los que hubo que rescatar con dinero público. Con qué facilidad se rescata a los banqueros al tiempo que resulta imposible rescatar a las personas. Los que amamantan cabras, cabritos y al chivo expiatorio de la “okupación”, dirán que esto es demagogia.
Nos tragamos quimeras dejando de soñar con lo imposible para poder convertirlo en lo probable. Nos hemos vuelto impermeables al progreso adoptando frases como “es lo que hay”, “qué le vamos a hacer”, o “así es la vida”. Hemos sido atacados por el virus de la resignación y la indolencia. Sólo vemos nubes negras en el horizonte y casi damos por hecho que la brutalidad va a ganar definitivamente, llevándonos de golpe a lugares muy lejanos en el tiempo.
En las ciudades y pueblos, los cruces de las calles conforman plazas que son foros de debate, mentideros y mercados, pero de quién son las plazas. El presidente Moreno y el alcalde de Sevilla, Sanz, dijeron como Fraga “la calle es mía”, organizaron un sarao pijo y hortera para “los suyos” con dinero público en una céntrica plaza. Deberíamos gritar como el loco de “Cinema Paradiso” ¡La plaza es mía”!
Cuando lo importante era la Fórmula 1 y el ático de Ayuso, una gota de inhumanidad colmó un vaso rebosante. El pueblo ha despertado, los gritos han vuelto a las plazas pidiendo un techo. Muchas personas hartas de que siempre gane la banca, los buitres y sus matones, hartos de la estafa y de que se la den con queso, pero sólo les toquen los agujeros, aún no han olvidado cómo se hace un corte de mangas.
No existe el basilisco de mirada asesina, pero si el hijoputismo neoliberal. El fascismo clásico, renovado pero auténtico, es usado como un animal mitológico para meternos miedo. Se le puede derrotar con inteligencia y humanidad, ya se hizo antes. No perdamos la esperanza de mirar al cielo sin miedo aunque haya cumulonimbos cargados de lluvia negra. El conformismo, la desidia y la fatalidad, la sustitución de las utopías por las quimeras sólo nos pueden llevar a las cavernas. Mientras, las derechas siguen muy preocupadas por los privilegios de sus amos.
Hay que recordar que todos los derechos se conquistaron exigiendo no rogando, nadie nos los regaló. Salgamos a las plazas, gritemos, exijamos, tenemos derecho.

