Estos días la señora presidenta de la Comunidad de Madrid ha realizado un viaje a México para ensalzar la figura del que fue su conquistador allá por los años 1519 a 1521. En su capacidad de protagonizar enfrentamientos y problemas siempre donde va, también lo ha hecho en esta ocasión al intervenir en un acto dedicado para homenajear al conquistador Hernán Cortés, al que acudía con el productor y amigo Nacho Cano. Su presencia en este acto hizo que la gente se indispusiera contra ella, como sucedió en los actos públicos en los que intervino en días posteriores; en los que recibió los abucheos de muchos de los asistentes. Incluso una mujer en una mesa que intervenía paseó e interpuso delante de su figura y la cámara una pequeña pancarta reivindicando el agua que faltaba en la región.
El problema es que ha acusado al Gobierno español y al de México de estar en complot para fastidiarle el viaje y decir que su vida ha corrido peligro y no ha encontrado ayuda por ninguno de los dos gobiernos. A su llegada a España ha realizado declaraciones que sobrepasan todos los límites de lo que podemos llamar desconocimiento de la historia y de la realidad. Al atacar al país mexicano, ataca a sus habitantes y olvida o no sabe que este país fue uno de los que acogieron a los intelectuales republicanos que tuvieron que exiliarse por ser perseguidos por los grupos militares y policía de la dictadura de Franco. Desde 1939 fueron acogidos entre unos 20.000 a 25.000 personas, muchas de ellas niños, debido a la política humanitaria del Presidente Lázaro Cárdenas. Los intelectuales españoles enriquecieron la cultura y la educación mexicana formando parte del Fondo de Cultura Económica y otras instituciones educativas y culturales. Este es un gran lazo que nos debe unir con nuestro país hermano.
En sus intervenciones para defenderse de las preguntas que los partidos de la oposición le formularon en la Asamblea de Madrid sobre su viaje y los fondos gastados en él, llegó a decir textualmente ”Méjico no existió hasta que los españoles al mando de Hernán Cortés llegaron”. Incluso ha insinuado la ausencia cultural de los pueblos precolombinos y precortesianos. Una afirmación lejos de la realidad. En principio todos los pueblos tienen su propia cultura que ha ido evolucionado con los tiempos. Por ello, cuando se estudia en historia la conquista de América por los españoles se analizan las culturas precolombinas para comprender mejor a los pueblos que vivían en las indias occidentales. Siempre se nos han dicho que existieron muchas, pero destacaron las preaztecas, azteca, maya, chibcha, preincas e inca.

En el territorio que conquistó Cortés sobresalieron la azteca y la maya. La cultura azteca no comprendía el actual territorio mexicano sino que se extendía por un valle amplio, enclavado a bastante altura sobre el nivel del mar, donde está situado la actual ciudad de México. Dentro del valle hay lagos de agua salada y lagunas de agua dulce, con llanuras pantanosas formadas por tierras fértiles que producían añil, cacao, vainilla y plátano. Los aztecas habían llegado a estas tierras a principios del S. XIV de nuestra era. Según su leyenda, llegaron a unas tierras inadecuadas pero se quedaron en ellas porque vieron un águila en un nopal o chumbera con una serpiente en el pico, lo que consideraron como un buen augurio. Para los mexicanos, el águila representa el sol, la fuerza y el poder; la serpiente simboliza la tierra, la sabiduría y la fertilidad. Allí fundaron un poblado palafítico que llamaron Tenochtitlán, al que los españoles le llamaron México aludiendo a Mexitli, dios de la guerra.
La señora presidenta hace gala de cortos conocimientos diciendo que los primitivos habitantes de las tierras que después de la conquista formaron parte del Virreinato de Nueva España, eran salvajes, sin criterios y ausentes de principios religiosos. Ignora que tenían su propia religión, en la que imperaban las fuerzas naturales. Concebían la religión como la lucha entre dos fuerzas, una adversa y otra favorable. Rechazaban las primeras e intentaban atraerse las segundas, por lo que la religión se centraba en reconocer las fuerzas naturales y el temor a las mismas,.
Ignora Ayuso que la práctica de ritos originaba el ofrecimiento de dádivas a los dioses, rezos de oraciones y representación de actos simbólicos para inducir a los poderes divinos a obrar en favor del bien público. En definitiva, su religión tenía similitud con la de los españoles. El dualismo era el principio esencial del mundo precortesiano, representado en un choque constante de fuerzas antagónicas. Las épocas del mundo representadas en la piedra del calendario azteca son una sucesión de duras destrucciones, de las que de nuevo se levantaba el pueblo para seguir construyendo sus vidas.

Cuatro soles, cuatro periodos de vida han sido destruidos, recordándonos también a el diluvio universal que describe la Biblia y tras el que surgió el renacimiento de la vida nueva. En esta religión, el Sol y la Luna tenían un fuerte efecto y presencia en la mística azteca, ya que el primero se hundía por las tardes devorado por un jaguar, representado por las tinieblas de la noche, mientras que la segunda era desmenuzada cada alba por el Sol para por la tarde surgir como Luna nueva. Lucha entre fuerzas antagónicas, representada así mismo por el parto de una madre ya que en su seno muere una parte de su ser para que otro tenga vida. Había 13 dioses principales y 200 secundarios. Entre los primeros y antagónicos, Quetzalcóatl, dios de la civilización y Tezcatlipoca, el humo espejeante.
Señora Ayuso, los aztecas se distinguieron por una avanzada arquitectura y un uso predominante de la pintura. Esta última sirvió principalmente para hacer jeroglíficos, que usaban para sus pensamientos sociales y sobre todo religiosos. Los hacían sobre pieles y una especie de papel hecho con fibras de maguey o pita. Muchos de aquellos jeroglíficos fueron quemados por mandato del arzobispo de México fray Juan de Zamárraga por considerarlos contenedores de fórmulas diabólicas. Es decir, los españoles no respetaron la religión de los que luego iniciaron en el cristianismo.
La escultura, al servicio de la religión, estaba hecha con barro cocido y algunas labradas en piedra, casi todas en bajorrelieve y las exentas eran en su mayor parte figuras sedentes. Eran representativas de los dioses y entre ellas las más bellas eran las que estaban dedicadas a la diosa de las cosechas. La arquitectura azteca era principalmente de cantería para los edificios nobles, aunque se empleaba rl adobe para la construcción de las casas. El soporte más usado fue el pilar, columna de fuste grueso y bajo con un capitel de una pieza parecida al ábaco usado por los griegos. Desconocían la cubierta abovedada. Las manifestaciones arquitectónicas más importantes eran los templos, grandiosas estructuras de enormes masas con muros lisos. Al celebrase las manifestaciones religiosas al aire libre, sólo se construía una reducida habitación para la divinidad ya que los fieles se agrupaban en los enormes patios, formados por varias terrazas de escasa altura y gran superficie. En ellas se construían las pirámides, que a diferencia de las egipcias no representaban el culto a los muertos, sino la devoción a los dioses, especialmente al Sol.
La unidad del tiempo era el año solar, dividido en 18 meses de 20 días. Sobraban 5 días que se consideraban nefastos, en los que no se hacía nada. Cada 52 años faltaban 12 días y medio, así que para completar el ciclo solar se le añadían 12 días y medio más. Tenían conocimientos astrológicos muy adelantados y precisos. Conocían las causas de los eclipses y poseían conocimientos sobre el cuadrante solar o reloj del sol. Tenían la creencia de que al final de los ciclos de 52 años ocurrirían graves catástrofes. De los aztecas, el mundo occidental se nutrió de numerosos productos agrícolas, entre otros el maíz, la calabaza, el melón, el aguacate, el tomate, el cacao y el maguey, entre otros. Y nuestra lengua castellana de palabras muy significativas como coyote, chocolate, puma, cacahuete, nopal, nene, jícara, chicle, tiza, huacal, hule, etc.

