Tantas lluvias de este invierno han logrado avivar los recuerdos de la infancia. Llueve como antiguamente, se oye decir acá y allá. Llueve como cuando éramos niños. Llueve sin parar. Esas tres palabras logran sacar de la memoria recuerdos enterrados bajo una montaña de acontecimientos de la adolescencia, la juventud, la madurez... Llueve como nunca ha llovido, dicen otros. Sí, vuelve a llover como cuando éramos niños, aunque se nos hubiese olvidado. Llueve hasta anegar los campos y hacer que en Fuentes broten los viejos manantiales del Rueo. Los manantiales de la memoria infantil que guarda la imagen de los carros, tractores y camiones atascados en los caminos y veredas.

Es llamativo que la memoria almacene más recuerdos de la lluvia y del frío que sufríamos los niños en los años sesenta en las casas de Fuentes que del calor de aquellos veranos interminables. Como si los fontaniegos no estuviéramos hechos para resistir la lluvia y el frío y sí el calor. En realidad, las que no estaban hechas para el frío y la lluvia eran las pobres casas y las escasas ropas que teníamos. El aire y la humedad de enero se colaban por las rendijas de las ventanas que ajustaban de mala gana. Las puertas dejaban pasar por debajo un aire helado que a duras penas paliaban la escasa ropa disponible y los únicos zapatos disponibles, apropiados únicamente para el verano. Eso era así para los que vivían en casas con tejados medio en condiciones, no para los habitantes de los chozos que todavía abundaban o en casas de tejados de paja. La inmensa mayoría tenía que salir al corral o al rueo para hacer las necesidades aunque estuviese diluviando.

A falta de mejor calzado, había que echar mano de ponerse tres, cuatro o cinco pares de calcetines y ni así atemperaban el frío en la punta de los dedos y que con frecuencia acababa provocando sabañones. Los sabañones y las "cabrillas" fueron endémicas en aquel Fuentes pobre. No es que viviéramos mejor, es que teníamos menos años y toda la vida por delante. La idealización del pasado engaña porque la memoria tiende a guardar lo bueno y a desechar lo malo. Infinidad de casas no tenían cristales en las ventanas y por las paredes el verdín subía hasta los tejados. Durante aquellos largos inviernos pasábamos frío y nos mojábamos en la calle, en la casa, en la escuela, en la iglesia... En el interior de la casa poníamos lebrillos y cubos para recoger el agua de las goteras. En la calle hacíamos barquitos de papel que navegaban hasta perderse en el mar del Puente Blanco.

Por más que la memoria tienda a primar lo bueno sobre lo malo -a nadie le gusta regodearse en el dolor- cada generación esconde en lo más profundo el recuerdo de lo sufrido. Los de mi generación también sufrimos la violencia institucionalizada, una epidemia contagiosa que impregnaba de arriba abajo la vida cotidiana y hacía que todo el mundo se creyera con derecho a golpear a quien le diera la gana, siempre que tuviera superioridad jerárquica o física. La policía dirigida por crueles gobernantes golpeaba a los súbditos, los maridos a las esposas, los padres a los hijos, los hermanos mayores a los menores y los niños a las niñas. Durante la dictadura, además de la represión política, vivimos en el reino de la bofetada arbitraria, en el imperio del fuerte sobre el débil. No importaba la razón, sino la fuerza. De ahí que en Fuentes los niños de una calle organizaran batallas campales contra los de la calle vecina. De ahí que las reyertas callejeras fuesen frecuentes. De ahí que los niños corrieran a las niñas calle arriba y calle abajo.

Cada generación guarda la memoria de lo sufrido y después presume de aquello que logró conquistar. La generación de la post guerra guarda el recuerdo del hambre y por eso cuando pudo hacerlo presumió de tener la despensa bien llena. Conocí a quien lo primero que enseñaba a las visitas era el frigorífico atiborrado de todo tipo de alimentos. Muchos compraban y almacenaban más de lo razonable y murieron orgullosos de poder comer todos los días carne. La siguiente generación sufrió la devastación de la lluvia y el frío por culpa de las deficiencias de las viviendas, de la ausencia de infraestructuras y de lo inadecuado de la ropa disponible. Por eso ahora presume de casa, de cuartos de baño y de vestuario. También sufrió la violencia cotidiana y eso explica que se mostrara orgullosa de la paz y la concordia. Otra generación se ufana de la pensión que le ha quedado, la siguiente de los viajes del Imserso y así sucesivamente. Por razones obvias, ignoramos de qué presumirán los jóvenes actuales.

Llueve como antiguamente, se oye decir acá y allá. Es cierto, llueve como antiguamente, pero las condiciones de vida hoy son muy diferentes.