La crudeza de modelo insolidario del PP y VOX se padeció en episodios como la última DANA en la Comunidad Valenciana: el gobierno de Carlos Mazón decidió recortar las partidas de prevención contra inundaciones para destinar ese dinero a festejos taurinos, una operación presupuestaria que deja claro dónde están las prioridades. Allí donde los técnicos advertían que había que reforzar cauces y planes de emergencia, el PP prefirió blindar corridas de toros y escuelas taurinas. Y luego, cuando la riada arrasó, allí apareció el hiperbólico Feijóo, desplegando su repertorio de mentiras solemnes, diseñadas para flotar sobre una gestión que hacía aguas por todos lados. El mismo repertorio que ha repetido ahora con los incendios, desplegando su arsenal de descalificaciones y su acostumbrado festival de superlativos dirigido a culpar al Gobierno central, aunque la gestión efectiva de la prevención y extinción corresponda en buena parte a comunidades gobernadas por el propio PP. Para dejar mal al Gobierno solo les faltó pedir un submarino.

Los incendios, en este contexto, se convierten en metáfora de un sistema que arde por sus costuras. Lo que falta no son soldados, sino un compromiso real con lo público: con la prevención ambiental, con un servicio forestal estable y profesional, con carreteras transitables, hospitales dignos y universidades que no se caigan a pedazos. Lo que falta son también profesores en las aulas, donde las ratios elevadísimas hacen imposible una educación de calidad; médicos y personal sanitario suficientes para que la salud no dependa de interminables listas de espera; vivienda accesible para que los jóvenes no tengan que hipotecar medio siglo por un techo en lugar de colaborar con fondos buitre —como perpetró sin pudor la inepta Ana Botella—, a los que habría que freír a impuestos para que, como se dice en Andalucía, “se vayan a joder la marrana a otra parte”; y pensiones que permitan vivir y no apenas sobrevivir. Lo que falta, en definitiva, es una política que entienda que el Estado no es un cortijo electoral ni un cajero automático de intereses privados, sino la garantía mínima de una vida digna para sus ciudadanos.

Y, por si fuera poco, se echa en falta una comunicación didáctica, clara y efectiva que frene la intoxicación mediática. Porque mientras la realidad arde, los altavoces del PP —Tellado, Muñoz y el propio Feijóo como jefe de orquesta—, junto a medios cuya única credencial consiste en insultar al presidente del Gobierno, instalados en el cómodo enroque del presupuesto público de las comunidades gobernadas por la tóxica sociedad PP-Vox, se dedican a sobreactuar en platós y tribunas, fabricando relatos hiperbólicos y falsarios. Con su retórica hueca intentan transfigurar la desidia en épica, el abandono en victimismo y la irresponsabilidad en acusación al adversario.

En esta cuestión de los discursos, quizás habría que prestar atención a un fenómeno crucial: la derecha ha ido apropiándose de conceptos que antes eran patrimonio de la izquierda, dándoles un uso torticero. Basta recordar a Joseph Ratzinger, más tarde Benedicto XVI, con su célebre “dictadura del relativismo”, un ejemplo de cómo se retuerce la semántica hasta convertirla en consigna política. No son pocos los ensayos que han analizado este desplazamiento del lenguaje. En España, José Antonio Pérez Tapias —recordado por su candidatura en el congreso extraordinario que aupó a Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE— ha señalado cómo nociones como “libertad” o “patria” han sido colonizadas y vaciadas de su contenido progresista. Daniel Innenarity, en libros como Política para perplejos o La política en tiempos de indignación, explica cómo el populismo, en particular el de derechas, se apropia de lenguajes vinculados a la participación, la justicia social o el pueblo. César Rendueles, en Contra la igualdad de oportunidades, advierte cómo el neoliberalismo recicla viejas banderas emancipadoras para justificar la meritocracia y la desigualdad.

Pero no es en estos cenáculos donde la derecha y la ultraderecha cosechan sus mayores réditos. Su verdadero festín se celebra en otra cancha —las redes sociales— donde su maquinaria de propaganda encuentra el terreno más fértil. Allí prospera porque el discurso pedagógico, paciente y veraz, llamado a sacudir conciencias, no logra abrirse paso entre la estridencia. Le falta el tono preciso para captar la atención y sostenerla. Y no es casualidad: la propaganda vive de la inmediatez, del impacto emocional y de la simplificación extrema; el discurso pedagógico, en cambio, necesita tiempo, matices y argumentos. La batalla está perdida desde el primer segundo. Pero esa es la materia prima con la que hay que lidiar, y la izquierda progresista, desorientada en este terreno, juega con clara desventaja: cuando intenta hablar, a los lugareños de las redes les suena a lenguaje de madera, rígido, sin chispa, y lo despachan sin miramientos. Tal vez debería aguzar la creatividad para plantar cara a la corriente reaccionaria que, sin complejos y a pecho descubierto, recorre el mundo con un discurso que roza el sadismo y arrasa sin piedad cualquier forma de verdad democrática. Los jóvenes son su primera presa, fascinados por el hechizo de esa flauta ultra que en las redes se vende como rebeldía, aunque no sea más que un refrito de viejas consignas disfrazadas.

Como advertía Oriol Bartomeus: “Nos equivocamos cuando miramos solo a la extrema derecha. La clave está en el otro lado. De hecho, lo que hace la extrema derecha está chupado, porque juega sola. (…) Y ese es el drama”.