El consenso que se forjó en la Transición sobre la ilegitimidad del franquismo, comenzó a resquebrajarse con la irrupción de corrientes revisionistas que, sirviéndose de un espejo deformante y una buena lámpara de teatro, abrieron una polémica artificial, que la extrema derecha ha aprovechado para ganar terreno entre los jóvenes varones, aprovechando la impunidad frente al bulo que le ofrecían las redes sociales y el clima de polarización.

El problema de la reconciliación parece que revive. La equidistancia que se está instalando en la sociedad huye del rigor científico que requiere el trabajo historiográfico, que exige jerarquizar hechos, analizar documentación y establecer cadenas causales sustentadas en fuentes verificables. Y surgen voces autorizadas que reclaman poner fin a la humillación infligida a las auténticas víctimas de la dictadura mediante la manipulación de los datos para blanquear y justificar su empecinamiento criminal. Prueba de ello es la controversia que ha estallado tras la renuncia de David Uclés, autor del superventas La península de las casas vacías, que trata sobre la Guerra Civil, y otros ponentes a participar en un evento titulado "La guerra que todos perdimos", el cual forma parte del ciclo "Letras en Sevilla", coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra.

El escritor anunció su renuncia a asistir, fundamentalmente por dos razones. Primero, porque no quería compartir cartel con el expresidente José María Aznar y con el exsecretario general de Vox, Iván Espinosa de los Monteros: “Han hecho zancadillas a valores democráticos y a medidas que nos conforman como una sociedad moderna y empática”, dijo Uclés a El País. (Uclés también mencionó la falta de paridad: 27 hombres y solo 6 mujeres; excusa digna de apoyo, dado que existe una paridad técnica entre mujeres y hombres que matriculan su tesis doctoral en Historia, e incluso un porcentaje superior de mujeres en los grados vinculados a esta disciplina). Y, segundo, porque, a su juicio, figurar en ese cartel bajo el lema “la guerra que todos perdimos” daba la impresión de que compartía el lema como abajofirmante.

Según explica Arturo Pérez-Reverte al mismo diario, el hecho de que en el cartel esa frase aparezca como una afirmación, y no como una pregunta, se debe a un “error de maquetación” por el que no se pusieron los signos de interrogación. Una excusa endeble: un año atrás, ya se anunció el nombre de la futura cita sin interrogantes por ningún lado. Y fue el título de un artículo suyo en 1996. La idea ya está presente en comentarios anteriores del escritor y también en un libro, La guerra civil contada a los jóvenes, que incide en su idea de que fue una guerra que enfrentó “al hermano contra el hermano”, lo que diluye la realidad de que hubo víctimas y verdugos. Que hubiera víctimas en ambos bandos no puede utilizarse torticeramente para negar que fue uno el que inició la guerra con un golpe de Estado y que Franco y sus generales dejaron un reguero de cadáveres de civiles en su avance hacia Madrid.

Es importante notar que el cartel mezcla historiadores de perfiles muy distintos: Julián Casanova o Gutmaro Gómez Bravo —especialistas en la represión franquista y la violencia en la retaguardia--, y Álvarez Tardío o Fernando del Rey —Autores que han puesto el foco en la responsabilidad de la izquierda y el fracaso de la democracia en los años 30—. Esta mezcla es precisamente la que Pérez-Reverte defiende como "pluralidad" y la que críticos como Uclés califican de "trampa" al meterlos a todos bajo un lema que, a su juicio, blanquea las responsabilidades al decir que "todos" perdieron por igual.

En el folleto explicativo figura el siguiente párrafo: "Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Fernando del Rey, Manuel Álvarez Tardío y Gutmaro Gómez Bravo ofrecerán las claves para comprender por qué fue inevitable la Guerra Civil española, por qué fracasó la Segunda República, cuál fue el papel de las potencias internacionales, cómo llegó Franco a ser Caudillo de España, qué papel desempeñó la Iglesia católica o por qué el final de la contienda no trajo la paz". Bajo esta premisa, la tragedia española deja de ser el resultado de decisiones humanas para convertirse en una fatalidad biológica: la Guerra Civil era 'inevitable' y pareciera que los ponentes vienen simplemente a certificar la defunción de una República condenada al fracaso. Cabe preguntarse si todos se han leído el programa o si, algunos, en un alarde de despiste, no se han percatado de que el texto exhala un aroma a justificación del golpe tan denso que cuesta creer que a académicos de su talla no les escuezan los ojos al leerlo.

Finalmente, los organizadores han anunciado el aplazamiento del evento. Hay quien cree que mientras haya muertos en las cunetas y una derecha reaccionaria que se niega a reparar los desmanes franquistas, la reconciliación en España será una quimera; a menos que terminen de una vez con esa ignominia quienes promovieron la guerra, la ganaron y la utilizaron para vengarse y humillar despiadadamente a los que perdieron la contienda —pero no la razón—. Solo así, sobre la base de la dignidad humana, podrá comenzar a construirse una pluralidad real.

La realidad es que, tras la equidistancia, no pocos jóvenes —seducidos por la desinformación— han saltado directamente a la defensa infundada del franquismo. Este desplazamiento ideológico encuentra en la arquitectura de las redes sociales su catalizador perfecto. El funcionamiento de plataformas como TikTok, basado en el consumo de vídeos breves y de alto impacto emocional, favorece la simplificación de mensajes complejos y premia la provocación. Así, este ecosistema blinda la justificación de la dictadura, presentándola incluso como beneficiosa, y envolviéndola en una estética atractiva para que pierdan su carga criminal o autoritaria.

Pero pecaríamos de ingenuidad si considerásemos que el blanqueo de la dictadura en TikTok es un mero error de los jóvenes que simplemente se hallan transitoriamente desnortados. Para apuntalar este viaje "La nueva derecha" interviene con una estrategia de comunicación perfectamente orquestada, a la que se refiere Natascha Strobl, y que consiste en vaciar de contenido conceptos que históricamente pertenecían a la izquierda para darles un nuevo sentido. Strobl, en su libro "La nueva derecha", describe esta apropiación del lenguaje de términos como "resistencia", "revolución" o "soberanía" que son tomados de la tradición de la lucha de clases o movimientos sociales y utilizados para movilizar el resentimiento y la identidad nacional. Explica que esta corriente busca ganar la "batalla cultural"—un concepto gramsciano, originalmente de izquierda— para cambiar el sentido común de la sociedad. Con lo cual el ánimo trasgresor propio del momento vital que viven los jóvenes de forma natural ha sido secuestrado por una retórica que disfraza el autoritarismo de rebeldía, convirtiendo la defensa de la dictadura en el nuevo grito de guerra contra un sistema democrático cuyo principal anticuerpo, el pensamiento crítico, intentan desactivar.

Por otro lado, Jorge Moruno, analista habitual de la batalla cultural, en "La fábrica de la precariedad. La ideología del trabajo en la España contemporánea”, analiza profundamente cómo la nueva derecha se ha propuesto y ha logrado pasar de ser aburrida y conservadora a ser "rebelde y transgresora", apropiándose de la estética de la impugnación que antes era exclusiva de la izquierda. La derecha actual se apoya en una estética políticamente incorrecta para vender ideas reaccionarias, funcionando de forma muy similar a una campaña de marketing viral.

En esta línea, Alberto Santamaría, en Los “límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo” profundiza precisamente en cómo el neoliberalismo y las nuevas derechas han colonizado el ámbito de la cultura y los afectos, convirtiendo la rebeldía en una simple cuestión estética y de consumo. Para un joven de hoy, la política no se presenta como un programa de ideas, sino como una "pose" o un estilo de vida que se compra y se exhibe. Santamaría explica que este "capitalismo afectivo" funciona como un parque temático de la transgresión: el algoritmo le dice al adolescente que ser reaccionario es "ser auténtico" o "ir a contracorriente", cuando en realidad solo está consumiendo un producto diseñado para generar clics. Al final, esa supuesta rebeldía no busca cambiar las leyes ni mejorar la sociedad, sino simplemente alimentar una identidad digital basada en el impacto: el joven no defiende la dictadura por convicción, sino por el prestigio y la visibilidad que le otorga el algoritmo al premiar su provocación. Es una rebeldía de escaparate que, lejos de liberar al joven, lo encierra en un bucle de emociones prefabricadas donde la historia real desaparece bajo el filtro de la última tendencia viral. Siguiendo a Santamaría, en cierto modo, podríamos decir que les han vendido la dictadura como si fuera una marca de ropa transgresora —vaciándola de sus consecuencias reales —el sufrimiento, la falta de libertad— para dejar solo el "impacto visual".

La filósofa Ana Carrasco-Conde, en un artículo que firmaba el miércoles pasado en El País —El mal es el bien: la lógica de Trump— nos advierte del peligro de vivir en una época de palabras trasplantadas que envenenan la narrativa y, aunque nos parezca imposible, la sinrazón puede hacerse escritura y generar un discurso que parece tener razón, convence y hacemos propio. Se produce una transvaloración de graves consecuencias y que en filosofía llamaríamos un “cambio ontológico”, es decir, un cambio en lo que algo es. Permanece la palabra, pero el significante no se corresponde con el significado de su referente. No designa lo que hemos asociado a ella, sino que el sentido se desplaza a otro marco distinto. Y se pregunta: ¿y cómo combatir estos cambios que pasan inadvertidos si nuestra herramienta, que es el pensamiento, está envenenada con palabras trasplantadas?

Quizás deberíamos permanecer alerta ante esta transvaloración estratégica que vacía los símbolos de emancipación para cambiarlos de sentido y rellenarlos de las propuestas reaccionarias; para que no nos vendan gato por liebre y, sobre todo, que no se lo vendan a nuestros jóvenes.

A este respecto, conviene recordar un pasaje de las Analectas de Confucio: su discípulo Zilu le pregunta qué haría primero si el gobernante de Wei le confiara la administración del Estado. Confucio responde que sería la "rectificación de los nombres". Y vino a argumentar que, si los nombres no son correctos, el lenguaje no se ajusta a la realidad, y si el lenguaje no se ajusta a la realidad, las acciones no pueden ser exitosas y la justicia se desmorona.

Ante este escenario, la memoria democrática juega un papel crucial, imponiéndose como un desafío central de la educación a fin de confrontar el mito revisionista con la realidad histórica y el rigor de los derechos humanos. Pero, ¿qué ocurre cuando el debate llega al pupitre?

De acuerdo con la normativa vigente en Andalucía, la materia Educación en Valores Cívicos y Éticos, no solo exige desarrollar el pensamiento crítico frente a la desinformación y los mensajes antidemocráticos, sino que insta al alumnado a valorar el Estado de derecho frente a otros regímenes y a reconocer la memoria democrática como un deber ético hacia las víctimas. Al confrontar mitos con datos, se da cumplimiento directo a las competencias que hoy pide el sistema educativo para proteger la democracia en el entorno digital. A menudo, las familias reciben noticias sobre lo que ocurre en las aulas a través de titulares sesgados o polémicas en redes sociales; por ello, mostrar un ejemplo de una tarea plausible, tal cual es o debería ser, elimina el "misterio" y demuestra que no se adoctrina, sino que se enseña a pensar.

Es fundamental que los padres y madres conozcan estas herramientas y comprendan que el objetivo es el rigor histórico, no la opinión arbitraria. Estos intentos por contrarrestar la desinformación digital desde el ámbito académico pueden resultar tímidos —de hecho, esa es la realidad— si no cuentan con el respaldo social. Por ello, es un derecho —y casi un deber— que las familias, a través de instituciones como las AMPA, exijan la materialización efectiva de esta normativa que nos brinda nuestra democracia. A tal fin, presento la siguiente propuesta de trabajo para el aula, disponible en este enlace:

https://drive.google.com/file/d/189P8XCA2ksxsz1UXwTquQf7QEZRL5nPU/view?usp=sharing; una actividad real, testada y llevada a cabo en un Instituto de Educación Secundaria de Andalucía, y que, a buen seguro, serviría también a más de un adulto para vacunarse contra esa nostalgia prefabricada que hoy circula por las redes sociales y para cuya infección, desgraciadamente, no hay barreras de edad.