Mientras Trump amenazaba al mundo con vocabulario de abusón de instituto, el escritor mexicano Gonzalo Celorio recibía el Premio Cervantes. En su discurso dijo que la palabra que más le gusta es palabra. Las palabras son ladrillos que construyen la memoria, relatan el presente e imaginan futuros. Hasta que se inventó la escritura, la humanidad vivía en una oralidad que se llevaba el viento. Podemos imaginárnoslo, pero no sabemos de qué hablaba Pedro Picapiedra con Pablo Mármol. Aunque sabemos de su miedo y admiración por los bisontes porque alguien se empeñó en pintarlos en cuevas. La imagen fue antes que la palabra escrita.
Las palabras no son culpables, tampoco inocentes. Detrás de ellas siempre se encuentra la precisión, que en la lengua de Quevedo es milimétrica, cada una tiene un significado exclusivo, no existen los sinónimos. Son entes vivos que nacen ante lo nuevo, crecen, echan raíces y mueren por abuso o desuso. Se lanzan como saetas para herir, justificar y asesinar la verdad, que no es otra cosa que la versión consensuada de lo ocurrido. Como si fuesen escudos protectores, nos aferramos a ellas y a veces nos escondemos detrás. Lo importante es el relato.
Hay quienes piensan que a palabras sordas, oídos necios y compran cuentos fáciles de digerir, que solucionan todos los problemas humanos, divinos y futbolísticos, en lo que se tarda en beber una caña en el bar de la esquina. Desde los despachos de los presidentes, consejeros delegados y sacerdotes del neoliberalismo, los susurradores de falacias lanzan sus diatribas. Como legionarios romanos en formación de tortuga, millones de víctimas del verbo defienden el relato grueso como dogma de fe. No hay diálogo, ni razonamiento, sólo el falaz discurso que se replica entre pobres incautos que buscan culpables de su desastrosa situación. Me entran ganas de decirle a más de uno aquello que dijo un gran embustero “¡y por qué no te callas!”. Todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos, pero todas las opiniones no valen lo mismo, ni son respetables.
Las palabras se gastan y acaban siendo un vago recuerdo de lo que fueron. Los burdeles de palabras prostituidas están atestados, la más cotizada por su versatilidad es libertad; se le puede arrojar a cualquiera, se usa con intenciones nobles y también aviesas, es la encubridora perfecta. La libertad de la que hablan algunos se utiliza para engordar al poder, al de verdad, al que no se presenta a las elecciones ¡Viva la libertad de la selva, carajo! Nunca hay nada progresista en los que repiten “libertad” como un dogma, como una letanía, porque cuanto más progresamos, más privilegios pierden ellos. Ahora, otra vez, los predicadores del caos deshumanizan al diferente convirtiéndolo en enemigo, el listón de insultos sube a diario.
Las palabras son de todos, de los explicativos y los parcos, de Harpo Marx y de Cantinflas, de vehementes y discretos, de los que dicen lo que saben, sin saber lo que dicen y los que prefieren callar y parecer idiotas, antes que hablar y demostrarlo. Vivimos tiempos en los que la palabra rentable tiene un poder de convicción inmenso, entendiendo que sólo hay un tipo de rentabilidad. Por eso la poesía para muchos no es rentable, ningún poeta come con ella, ni con la literatura que no sea superventas, la pintura que no cotice en el mercado o el cine que no sea de superhéroes. Hasta hace no mucho tiempo nadie se forraba con la sanidad, no era rentable para el mercado, tampoco la educación. Esto es algo que los de los dineros no podían tolerar, no soportan las oportunidades de negocio desperdiciadas. Así que, con ayuda de políticos que acabarán trabajando para ellos, inventaron la “colaboración público-privada”. Como eufemismo de privatización suena muy eficiente, pero significa que el estado le regala a ciertos empresarios afines un servicio indispensable para que lo conviertan en un negocio “rentable” a costa de los ciudadanos. Si lo cuentas bien, cuela.
Hay palabras escritas en piedra y en papel de fumar. Palabras, palabras y más palabras, tenemos una inmensa caja de herramientas con más de 150.000 en castellano, sin contar los palabros que se cuelan por las rendijas del pensamiento, tan divertidos a veces. Pero usamos, hasta que parecen inofensivas, las más infames, egoístas y terribles como guerra, asesinato, violencia, muerte, violación, racismo, xenofobia, homofobia y otras muchas fobias, clasismo, machismo, desahucio, incurable, ganadores, perdedores, patria, imperio, dinero; como es lógico, dirá más de uno. Sin embargo nos parecen ñoñas palabras como amor, amistad, cariño, ternura, belleza, maravilla, risa, honradez, esperanza, futuro; como es lógico, dirá más de uno.
Escribo palabras que espero que signifiquen algo, hablo cuanto sé, cuanto puedo, pero no sé cuánto tiempo podré seguir haciéndolo; se acercan tiempos grises. Tengo la ambición de que mis palabras lleguen a alguna parte y me siento agradecido de que alguien las lea, aunque sé que tarde o temprano mis palabras perderán en el ciberespacio.

