Tras analizar la naturaleza militar de Palantir y cómo esta infraestructura de control se ha infiltrado en el tejido civil, creando una peligrosa dependencia institucional, nos adentramos ahora en su núcleo ideológico. Hemos examinado también la visión de sus fundadores —Peter Thiel y Alex Karp—, cuyas convicciones antidemocráticas no son meras reflexiones teóricas, sino el motor de un proyecto de poder que aspira a reconfigurar el orden político global.

En el manifiesto publicado en su portal oficial, que actúa como una síntesis de las ideas expuestas en el libro (La República Tecnológica), Palantir despliega una filosofía política y militar que trasciende la simple declaración de intenciones comerciales. Como señala el profesor Fernando Castro, aunque se trata de un ideario detestable, resulta una herramienta indispensable para comprender las coordenadas del presente. Lejos de ser una simple declaración de intenciones comerciales, el texto se erige como un exponente de arrogancia supremacista que disecciona el mundo bajo una óptica despiadada. Para Karp, el diálogo social es una ilusión; el verdadero motor que rige la convivencia humana es la agresión. Desde esta premisa, sostiene que la única garantía de paz reside en la disuasión, es decir, en exhibir una fuerza tan letal que paralice cualquier intento de ataque.

Con esta visión de trinchera, el director ejecutivo critica con dureza la frivolidad de la élite informática de Silicon Valley por malgastar su talento en diseñar redes sociales o aplicaciones de consumo; al parecer, salvar el mundo mediante la infraestructura de un Estado policial es una labor mucho más noble que, por ejemplo, crear plataformas que permiten a la ciudadanía auditar los presupuestos públicos y fiscalizar la labor de sus representantes políticos o dedicar años a optimizar plataformas digitales que facilitan el intercambio de conocimiento científico sin fines de lucro. En su lugar, exige que las empresas tecnológicas estadounidenses se fundan de manera incondicional con los gobiernos occidentales para dotar a sus ejércitos de una superioridad absoluta frente a sus rivales. En este complejo engranaje de poder, la Inteligencia Artificial ocupa el trono que antaño perteneció al armamento nuclear.

Palantir concibe la IA como el árbitro definitivo de la hegemonía global y, para asegurar esa supremacía, no duda en proponer medidas extremas como el regreso al servicio militar obligatorio y una obediencia ciega al Estado en la maquinaria bélica. Esta retórica belicista se extiende también al viejo continente. Karp apremia a Europa a abandonar su pacifismo histórico y a emprender un rearme masivo, llegando a calificar el desarme de Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial como un exceso de celo cuyo alto precio se está pagando en la actualidad. Todo este entramado ideológico se envuelve en un patriotismo militar sin complejos. Frente a la neutralidad o el compromiso social de otras tecnológicas, Karp saca pecho al proclamar que Palantir es "la primera empresa en ser completamente anti-woke"; es decir, que han decidido blindarse frente a cualquier atisbo de decencia moderna: para ellos, la lucha contra el cambio climático es solo una pérdida de tiempo y dinero, mientras que el feminismo y las políticas de igualdad no son más que síntomas de ineficacia.

Al fin y al cabo, su credo es sencillo: frente a la democracia, ellos prefieren la eficiencia, ese dogma que, en sus delirios de poder, les hace mirar con envidia el modelo de control absoluto que practica China. A Fernando Villastín le preocupa que la ciudadanía, ante la exigencia de eficacia, esté dispuesta a sacrificar los contrapesos que tradicionalmente garantizaban el pluralismo y la inclusión. Advierte que vivimos un momento en el que crece la complacencia ante una pulsión tecnocrática que, seducida por la inmediatez, promueve el abandono de los principios democráticos. Mientras que un régimen autoritario impone una infraestructura por decreto, la democracia obliga a realizar minuciosos estudios de impacto ambiental —analizando, por ejemplo, cómo unos gigantescos ventiladores eólicos afectan a las rutas migratorias de las aves—,+ a abrir procesos de consulta con las comunidades afectadas y a someter cada etapa a una supervisión judicial garantista.

Todo es susceptible de mejora, pero la democracia es el único cauce donde la dignidad humana no es sacrificable en aras de la eficiencia técnica; algo que Palantir percibe como un lastre incompatible con la inmediatez de sus objetivos. Fernando Villastín aporta una perspectiva pesimista: si sus estudios de ciencia políticas en los setenta nacieron de la reflexión sobre la transición y el optimismo democrático, su análisis actual constata la consolidación de un proceso inverso: el retorno al autoritarismo. Daniel Innerarity sostiene que la supuesta lentitud e ineficiencia de la democracia es, en realidad, un mecanismo clave para evitar errores.

Frente al inmediatismo y la falta de respeto hacia unos procedimientos institucionales —que, por supuesto, pueden ser mejorables— la pausa deliberativa es la condición que nos protege de grandes desatinos. La democracia, argumenta, es la mejor forma de gobierno no solo por sus valores, sino por su rendimiento cognitivo: es un sistema «tremendamente inteligente». A la humanidad le ha costado milenios configurar una herramienta que otorga un espacio privilegiado a la oposición, limita el ejercicio del poder en el tiempo y las competencias, y garantiza el derecho a la crítica. Este diseño no es solo resultado de la bondad, sino de la inteligencia de quienes, tras experiencias traumáticas, aprendieron que la prisa y la falta de rigor conducen al desastre.

Al desgranar las páginas de este manifiesto, aflora una gélida carencia de empatía humana y el verdadero peligro de sus convicciones. El texto del CEO de Palantir ataca valores fundamentales como el pluralismo, al que tacha de hueco, y se arroga el derecho de etiquetar a ciertas culturas como “inferiores”; un discurso que evoca directamente los postulados del nacionalsocialismo. En el universo diseñado por Palantir, la diversidad no es una riqueza, sino un obstáculo a batir. Sus autores, tecnócratas erigidos en custodios de un nuevo orden, destilan un sesgo profundamente racista y xenófobo. Dictado por multimillonarios emancipados de la realidad terrenal, el documento de Alex Karp defiende la necesidad de extirpar todo lo ajeno a su modelo, alimentando una polarización que evoca sin ambages los discursos fascistas.

El profesor Villaspín propone combatir los algoritmos diseñados para manipular las emociones en momentos precisos, ya que a menudo somos incapaces de contrarrestar esa exaltación mecánica y automatizada propia de los discursos populistas. De hecho, el relato de los tecnólogos que venden eficiencia y celeridad frente a la «lentitud» democrática es, en sí mismo, una forma de populismo. En este debate, las propuestas concretas brillan por su ausencia: el objetivo no es el análisis de programas, sino la agregación de identidades en favor de perfiles que, como los defensores del tecnofascismo, explotan esta lógica emocional.

Diversas voces del mundo académico han sintetizado la esencia del CEO de Palantir de forma tajante: «El mensaje del libro es un salvoconducto para que los multimillonarios de Silicon Valley operen sin restricciones sobre el tejido social». La indignación ha trascendido el ámbito académico: parlamentarios británicos, tras analizar el manifiesto, han comparado sus postulados con la retórica de una distopía clásica. Cada vez son más las voces que piden al gobierno de Keir Starmer que rompa sus vínculos con la empresa cofundada por el multimillonario tecnológico Peter Thiel, partidario de Trump. Yanis Varoufakis, economista y exministro de Finanzas de Grecia, sostiene que el capitalismo, tal y como lo conocíamos, ha muerto, sustituido por algo aún más peligroso.

En lugar de mercados y competencia, nuestro mundo está cada vez más dominado por plataformas digitales que actúan como señores feudales modernos, extrayendo rentas de nuestros clics, datos y atención. Varoufakis explica cómo las grandes tecnológicas desmantelaron el antiguo orden capitalista y construyeron lo que él denomina “feudos en la nube”, donde somos menos consumidores y más siervos digitales. En esta misma línea, figuras como Shoshana Zuboff han advertido que estamos ante el fin de la autonomía humana frente a la arquitectura de control que empresas como Palantir consolidan. Ante este panorama, el consenso de diversos colectivos, como Foxglove, exige a Europa la desinversión inmediata en lo que ya no dudan en calificar como una maquinaria tecnofascista.

Más allá de la crítica a la automatización de la política, el análisis de Daniel Innerarity nos permite concluir esta reflexión con una nota de esperanza. Frente a la hegemonía de las llamadas inteligencias artificiales, que intentan encapsularnos en pautas reiterativas y estáticas, el autor reivindica la capacidad distintiva de lo humano: nuestra inagotable creatividad y nuestra imprevisibilidad.

Innerarity analiza cómo afecta la predicción a la democracia en el paisaje digital. Señala que existe una «tentación muy extendida» que nos lleva a preguntarnos para qué queremos parlamentos o para qué votar si lo que hay no nos convence: partidos superideologizados, políticos que traicionan, que no saben lo que queremos y que, cuando lo saben, lo olvidan. ¿Por qué no eliminamos las urnas y disponemos un dispositivo de registro continuo de datos a partir de nuestro comportamiento, de nuestras preferencias reales en el consumo y en las redes sociales? Esta es una hipótesis que ha aparecido ya en muchos libros y que cuenta con seguidores y promotores. Esta idea se puede combatir mostrando que la lógica con la que funcionamos y las huellas digitales que dejamos tiene más que ver con nuestra faceta de consumidores —miembros del mercado— y no tanto con la de ciudadanos.

Innerarity está convencido de que las máquinas detectan mal lo que aspiramos a ser. Registran muy bien nuestro «yo fáctico», pero no captan lo que querríamos llegar a ser. Pone el siguiente ejemplo: si en un auditorio repleto de personas se pidiera que nos calificásemos desde el punto de vista medioambiental de 0 a 10 —siendo 0 nada y 10 el máximo—, seguramente la mayoría diría que 8 o 9. Sin embargo, en la segunda parte del experimento, si accediéramos a nuestra intimidad y viéramos qué compramos, qué hacemos con la basura o cómo usamos el coche, nuestro comportamiento ambiental real bajaría esa nota.

La pregunta es: ¿con qué «yo» nos quedamos a la hora de gobernar? ¿Con el «yo aspiracional», que no mide lo que somos, sino lo que esperamos ser, al que aspiramos llegar y para el cual no nos importaría recibir ayuda? ¿O acaso debemos seguir funcionando con un esquema que no permite ninguna transformación? Lo mismo sucedería si a una pareja se le pide al hombre su valoración sobre cómo está organizado el trabajo en casa. Muchos dirán que es mitad y mitad, pero al llamar a la otra parte veríamos que la realidad es otra.

¿Qué se demuestra con esto? ¿Por qué hemos dicho mitad y mitad? ¿Qué queremos realmente? En el fondo, queremos que nos empujen hacia un escenario de mitad y mitad, hacia la realización de nuestro «yo aspiracional». Pero la tecnología digital no «huele» nuestro «yo aspiracional», no se entera; está pensada para un mundo más reiterativo, más conservador, más rutinario. Esta es nuestra esperanza frente a las máquinas: que los seres humanos somos creativos e imprevisibles».