Hemos explorado el origen y la naturaleza de Palantir, una empresa que, mediante su software «Gotham», transforma la guerra en un ejercicio predictivo y deshumanizado. Asimismo, hemos analizado cómo esta capacidad analítica ha trascendido el ámbito militar para infiltrarse en el mundo civil, convirtiéndose en un vigilante invisible que emplea la vigilancia predictiva, el cruce masivo de datos y el sesgo algorítmico para ejercer el control social y automatizar la persecución poblacional.

Llegados a este punto, podríamos pensar que, si no somos militares en un campo de batalla ni inmigrantes perseguidos, los algoritmos de Palantir no tienen nada que ver con nosotros. Pero estaríamos muy equivocados: Palantir no solo es un pilar básico para el Pentágono (el cuartel general de la defensa de Estados Unidos), la CIA y los servicios de control de aduanas e inmigración. La compañía ha desplegado otras herramientas (como sus plataformas comerciales Foundry o AIP) que, en su voraz estrategia por expandir su negocio, han logrado infiltrarse y volverse indispensables en empresas privadas, administraciones públicas y sectores estratégicos de todo el mundo.

Y aquí es donde la trampa se cierra sobre nuestra vida cotidiana. En los últimos años, el software de Palantir se ha vuelto indispensable para gigantes farmacéuticos, aseguradoras médicas, fábricas de automóviles y ministerios europeos. Su estrategia de expansión fue especialmente agresiva durante crisis como la pandemia de coronavirus, momento que aprovecharon para ofrecer sus sistemas de análisis de datos a gobiernos desconcertados. En el Reino Unido, a pesar de las enormes protestas ciudadanas, lograron gestionar los datos del sistema público de salud (el NHS); sin embargo, su contrato de 2023 estuvo rodeado de protestas, llevando a unas 200 personas y colectivos a firmar una petición exigiendo al gobierno que rompiera los acuerdos con la empresa. Al mismo tiempo, llamaron a la puerta de países como España —donde Palantir también cuenta con contratos pagados con dinero público para diferentes administraciones— Alemania o Francia para controlar el rastreo de contagios.

El peligro real de esta expansión no es solo la pérdida de privacidad, sino la dependencia absoluta. Una vez que un gran hospital, un ministerio de energía o una empresa de transportes integra a Palantir para organizar sus millones de datos, sus empleados olvidan cómo trabajar sin él. El software se convierte en el sistema nervioso de la institución, haciéndose imposible de sustituir. Esto plantea un riesgo aterrador para las democracias: los países están cediendo la soberanía de sus infraestructuras críticas (la salud de sus ciudadanos, su logística, su economía) a una corporación tecnológica privada y extranjera.

Estamos entregando las llaves de nuestros estados a una empresa estadounidense opaca, que presume de construir armas algorítmicas, que no rinde cuentas ante ningún parlamento y cuyos dueños promueven abiertamente una agenda política afín al extremismo de la actual administración Trump. ¿Qué ocurriría si, el día de mañana, esta empresa decidiera cortar el acceso a su tecnología, subir los precios de forma desorbitada o utilizar esa inmensa red de datos civiles para presionar y doblegar a un gobierno europeo?

La «muerte civil»: la tecnología como herramienta de venganza política

Para comprender el uso más perverso, injusto e inmoral de esta dependencia tecnológica, basta observar cómo esta infraestructura se utiliza para ejecutar venganzas políticas contra quienes defienden el derecho internacional. Pensemos en figuras como Francesca Albanese, la Relatora Especial de la ONU que ha denunciado incansablemente las violaciones de derechos humanos y la campaña militar de Israel en Gaza; o en los jueces y fiscales del Tribunal Penal Internacional que se han atrevido a solicitar órdenes de arresto contra líderes como Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra. Cuando una administración estadounidense —como ocurre bajo el actual mandato de Donald Trump— decide castigar a estas voces incómodas, no necesita enviar a agentes a detenerlos. El castigo es digital, silencioso y fulminante. El mecanismo funciona así: el Gobierno estadounidense emite una sanción política y, de inmediato, la maquinaria de big data se pone en marcha. El software de Palantir, utilizado por el Departamento del Tesoro y las agencias de inteligencia, rastrea en milisegundos el entramado financiero global. Localiza cada cuenta bancaria, cada tarjeta de crédito, cada nómina y cada donación vinculada a estas personas, sin importar en qué país de Europa residan. A partir de ahí, el miedo hace el resto del trabajo.

Los bancos internacionales, aterrorizados ante la posibilidad de recibir multas multimillonarias por parte de Estados Unidos o de ser expulsados del sistema del dólar, dependen de estas mismas herramientas algorítmicas para vigilar a sus clientes. Al primer cruce de datos, los sistemas automatizados de los bancos bloquean las cuentas de la relatora de la ONU o de los jueces europeos sin que ningún empleado humano se complique la vida ni cuestione la moralidad de la orden. Esta es la verdadera trampa de la que advertíamos. La tecnología de Palantir proporciona a sus clientes políticos el poder de imponer la asfixia económica y la «muerte civil» a escala planetaria. Permite a un gobierno acosar y paralizar la vida de magistrados, activistas y académicos de otros países, demostrando una realidad aterradora: hoy en día, quien controla el algoritmo tiene el poder de anular la justicia internacional y silenciar la disidencia sin necesidad de disparar una sola bala.

Los fundadores: Dos visiones influyentes

Palantir fue creada en el año 2003, justo después de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, con el objetivo de usar la informática para detectar planes terroristas. Siempre rodeada de secretismos, detrás de ella se encuentran dos personajes muy conocidos en el mundo de la tecnología y la política que comparten un origen sorprendente: se hicieron amigos mientras estudiaban Filosofía en la Universidad de Stanford. Resulta una tremenda contradicción histórica que dos mentes formadas para reflexionar sobre la ética y la condición humana, sin ser ninguno de ellos ingeniero informático, terminaran construyendo el cerebro digital de la vigilancia y la guerra moderna.

Peter Thiel: El estratega ultraconservador

Por un lado, encontramos a Peter Thiel, magnate ultraconservador, creador de PayPal junto a Elon Musk y uno de los primeros inversores de Facebook. Mientras el público asocia SpaceX con las excentricidades de Elon Musk, o Spotify con la música que escuchan a diario, es Peter Thiel quien opera detrás del telón y decide hacia dónde se dirigen estas empresas. Su influencia política es innegable: no solo fue uno de los primeros donantes de Donald Trump en la campaña de 2016, sino que financió con quince millones de dólares la carrera política del actual vicepresidente de los Estados Unidos, J. D. Vance —es muy probable que, sin el respaldo de este magnate, Vance nunca hubiera llegado a la Casa Blanca—.

Pero lo verdaderamente alarmante es su ideología. Thiel ha dejado escrito de forma reiterada que no cree que la libertad y la democracia sean compatibles. Defiende que los mercados deberían estar completamente aislados de la voluntad popular y que las decisiones trascendentales no deberían depender de elecciones ciudadanas, sino tomarse en salas de juntas gobernadas por multimillonarios como él. En los círculos elitistas en los que se mueve, esta concepción profundamente antidemocrática recibe un nombre: la "Ilustración oscura". El principal ideólogo de esta "Ilustración oscura" es Curtis Yarvin, un programador de San Francisco que propone reemplazar la democracia liberal por monarquías corporativas, donde ciudades y territorios sean gestionados como empresas privadas bajo el mando absoluto de un "monarca CEO". Yarvin escribió bajo seudónimo durante años, ganando adeptos en foros marginales de internet.

La cadena es perfecta: Yarvin elabora las ideas, Thiel las financia y las conecta con el poder, y perfiles como Vance acaban ocupando la vicepresidencia. Alrededor de esta red orbita toda una constelación de tecnooligarcas que comparten la desconfianza hacia la democracia y un desmedido apetito de poder. Entre ellos figura Sam Altman, cofundador y CEO de OpenAI, o el propio Elon Musk, instalado en el corazón del Estado tras financiar a Trump, a quienes se suman altos cargos militares recientemente ascendidos. Todos ellos ocupan posiciones clave en o alrededor del Gobierno federal más poderoso y corrupto de la historia reciente, sustentando modelos de negocio que dependen de la total ausencia de regulación democrática.

Alex Karp: El filósofo de la disuasión

Por otro lado, el papel de Alex Karp —el actual director ejecutivo de la empresa— resulta aún más desconcertante. A diferencia de su socio, en aquella época Karp mostraba una inclinación política aparentemente más progresista, llegando a definirse a sí mismo como socialista. Decidido a llevar sus estudios filosóficos un paso más allá, viajó a Alemania en su juventud con la intención de doctorarse bajo la tutela de Jürgen Habermas, uno de los pensadores contemporáneos más importantes y un firme defensor de la democracia, la ética y el diálogo racional. Sin embargo, tal y como relata el diario El País, el célebre filósofo alemán se negó a dirigir su tesis doctoral.

Lejos de abandonar, Karp terminó doctorándose bajo la tutela de otra profesora, pero lo hizo escribiendo una tesis que atacaba frontalmente el idealismo de Habermas. En su trabajo, Karp argumentaba que la teoría del entendimiento mutuo ignoraba una realidad ineludible: el motor que rige verdaderamente la sociedad no es el diálogo pacífico, sino la agresión subyacente y la fuerza. De esta insólita alianza entre el poder financiero del extremista Thiel y el pesimismo antropológico de Karp nació, en el año 2003, la empresa que hoy aspira a gobernar el mundo a través de los datos.

Mañana: Palantir: entre el tecnofeudalismo y el tecnofascismo (y III)