Se acerca la Navidad (otra vez, cada año antes) y recuerdo mi patria favorita, mi infancia. Cuando era niño, la inmensa mayoría de mis compañeros de generación (varones, claro) tenían como deseo máximo para incluir en la carta a los Reyes Magos un balón de reglamento. Faltaban muchos años para que los niños fuesen por la vida vestidos de futbolistas con la carísima equipación oficial de su equipo. En aquel tiempo solo se practicaban tres deportes “furboh, furboh y furboh”. Por supuesto, en el desconocido mundo de las niñas no se hablaba de futbol, lo suyo era la preparación para la maternidad y aguantar a maridos futboleros en el futuro.

Las calles estaban llenas de niños jugando a todas horas al dichoso juego de pegarle patadas a una pelota, por lo general hecha con papeles y bolsas de plástico. Las porterías se formaban con las carteras y los abrigos de los jugadores. Yo solo jugaba a ese juego absurdo, como defensa paquete, cuando me obligaba don Jorge, el profesor de gimnasia. Alababa el gusto de las niñas porque, igual que a mí, no les gustaba el fútbol, o al menos eso creía yo. En realidad daba igual que les gustase o no, el fútbol no era para niñas en aquel mundo. Con los años, albergué la ilusión secreta de que con la evolución del país, las mujeres convencieran a los hombres de lo aburrido que es estar noventa minutos para ver uno, o ningún gol y conformarse con los ¡uyyy!, durante inacabables partidos. Fue al revés. Las mujeres se incorporaron en cuanto tuvieron oportunidad y de qué manera.

El fútbol siempre ha sido un negocio, la desfachatez y el cinismo crecen exponencialmente cuanto más grande es la bolsa. Rueda el balón y todo se justifica, todo se vuelve rojo y amarillo y solo se oye “Paña, Paña, Paña”. Los futbolistas, malabaristas con los pies, se convierten rápidamente en gladiadores, millonarios horteras, niñatos malcriados en muchos casos. Un ejemplo a seguir. Los pobres “empresarios amantes del balompié” a los que les pierde esta afición que les hace perder “muchísimo dinero” ganado en la especulación inmobiliaria se ven obligados a hacer negocios en los palcos, eso sí son pelotazos.

Y qué, si el país anfitrión del mundial es un régimen propio de “Juego de Tronos” pero sin dragones. Y qué, si allí las mujeres parecen más fantasmas que visten de negro, que personas. Y qué, si se encarcela a homosexuales por serlo, si no hay libertad de expresión, si las relaciones laborales se parecen muchísimo a la esclavitud. Nos da igual la infamia, mientras ayudamos emocionados a defender la democracia en Ucrania. Que una mano no se entere de lo que hace la otra. Y sí, nos lamentamos por las pobres mujeres sojuzgadas, pero le hacemos la pelota a fantasmas que visten de blanco.

Sabemos que esto apesta, pero tomamos el dinero y corremos sin ni siquiera taparnos la nariz, que igual les molesta, mientras comentamos las jugadas más interesantes. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se declaró homosexual, mujer e inmigrante. Si algún día se descubre petróleo en la luna, se declarará selenita. El presidente motrileño de la federación española, Luis Rubiales, dijo que cada país tiene su cultura y hay que respetarla, se refería al trato que reciben las mujeres en Arabia Saudí, donde se ha jugado “la Copa de la Igualdad”, como la llamó este tipo. De momento la cultura que se está respetando es la española y su culto al pelotazo. Da lo mismo, solo nos importa el minuto y resultado y escuchar a un locutor desgañitándose gritando ¡Goool, gol, gollllllllll!

El balón ya está rulando por los céspedes de los estadios ultramodernos y con aire acondicionado, que han construido miles de trabajadores extranjeros, a los que no se les deja salir de sus guetos salvo para ir al tajo. Seis mil y pico han muerto, pero no hay que perder la esperanza, en cuanto los y las cataríes vean a los futbolistas en pantalón corto, llegará la libertad, la igualdad y reinará la justicia en el país medieval. Como en el imperio romano, el horror se sigue tapando con circo. Justo como se hizo en Berlín en las olimpiadas del treinta y seis. Los gritos de los torturados en Argentina no se oían, mientras se gritaba gol en Buenos Aires en el setenta y ocho. Tampoco pasó nada en Moscú o en Pekín.

Es tan grande como el poder del Sol, lava, limpia, justifica, absuelve. Dame fútbol y dime tonto, o tal vez, ande yo futboleando y muérase la gente.
Mi abuela Remedios decía: “Que le den una pelota a uno”.