Cuando leí La conjura contra América de Philip Roth, hace años, nunca imaginé que aquella fantasía literaria extrema pudiera albergar la capacidad de presagiar el clima político actual. Era difícil especular que en pocas décadas un émulo de aquel héroe popular sin experiencia política -como el aviador Charles Lindbergh que aparece en la novela- derrotase a un Roosevelt del siguiente siglo con un discurso aislacionista y populista bajo el lema "America First". Tampoco era previsible una sociedad estadounidense del siglo XXI que, apartada de la realidad, asumiera las medidas de un gobierno totalitario que promoviera la quiebra democrática a través de una erosión gradual de la convivencia y el desmantelamiento de las instituciones desde dentro, tal como sucede en la novela.
Nos equivocamos. Lo que entonces leímos como una ficción se ha revelado hoy una realidad aún más devastadora. Incurrimos en el error de pensar que era imposible reproducir una realidad como la que se narra en el relato de Roth, porque confiábamos en la sociedad occidental; una sociedad que, tras la Segunda Guerra Mundial, alcanzó un nivel de bienestar y consenso democrático, y donde se vivía una pulsión comunitaria tal, que resultaba inimaginable considerar un retroceso tan salvaje como el que vivimos ahora mismo. Tanto es así, que las últimas dentelladas de la bestia nos han dejado bloqueados; no se esperaba, especialmente a la ciudadanía estadounidense progresista, donde comenzó la última fase de este proceso de destrucción.
Hablar de bienestar y consenso democrático no es hablar por hablar. Thomas Piketty, en su obra El capital en el siglo XXI, describe el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial -aquellos treinta años gloriosos- como una anomalía histórica de bienestar y equidad. Lo que definió este periodo, desde el punto de vista económico, fue un vuelco radical en la estructura de la riqueza: se pasó de una sociedad de rentistas, donde la fortuna se heredaba, a una sociedad donde el crecimiento económico superó por primera vez a la acumulación de capital. Mientras que en el siglo XIX el diez por ciento más rico poseía noventa por ciento de todo, en este periodo surgió una clase media patrimonial que logró capturar un tercio de la riqueza nacional, algo inédito en la historia. Se sustituyó la acumulación pasiva de las élites por una movilidad social masiva impulsada por una fiscalidad que pasó de ser testimonial a gravar con tipos marginales de hasta el noventa por ciento de las rentas más altas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance fundamental fue la institucionalización de la solidaridad. Se pasó de un Estado gendarme a un "Estado del Bienestar" que garantizaba derechos universales: la sanidad, la educación y las pensiones dejaron de ser beneficencia para convertirse en derechos de ciudadanía. Esto generó un sentimiento de pertenencia y seguridad vital que desactivó los extremismos; cuando la gente siente que su futuro y el de sus hijos está asegurado por el sistema, el discurso del dictador o del salvador pierde toda su fuerza.
Socialmente, fue la era de la gran convergencia; la reducción de la brecha entre clases no solo fue económica, sino cultural. El acceso masivo a la universidad y el fortalecimiento de los sindicatos permitieron que un hijo de obrero compartiera espacios y expectativas con la burguesía. Se vivía bajo un consenso socialdemócrata -aceptado incluso por la derecha de la época- que priorizaba el pleno empleo y la paz social sobre el beneficio inmediato.
A este bienestar se añadió una madurez ética que amplió el concepto de ciudadanía, integrando la humanización del trabajo en la agenda política. El despertar de la conciencia ecologista empezó a cuestionar un modelo de producción que ignoraba los límites del planeta; los avances en los derechos de la mujer rompieron siglos de subordinación legal y social para buscar una igualdad real. El respeto por la diversidad, junto a la protección de las minorías, se elevaron a la categoría de normas internacionales. Estas últimas no fueron simples declaraciones de intenciones, sino un complejo entramado de tratados, tribunales y organismos globales que buscaban blindar la dignidad humana por encima de las soberanías nacionales. Se pretendía que ningún Estado, por muy poderoso que fuera, pudiera volver a pisotear los derechos fundamentales sin enfrentar consecuencias globales.
Pero aquel rumbo, inaugurado a mediados de siglo -basado en mejoras tangibles- fue torciéndose, no de forma abrupta, ni espontánea -la regresión fue fraguada sutilmente-. Por diferentes causas, la insensibilidad se apoderó del poder y se materializó en una figura carente de escrúpulos empáticos: Margaret Thatcher, quien tuvo su bautismo como adalid de este nuevo modelo político suprimiendo la leche que se entregaba gratuitamente a los niños en los colegios; por ello, antes de ser conocida como la "Dama de Hierro", se ganó el apodo de Milk Snatcher (ladrona de leche). Sus primeros años de mandato atacaron la línea de flotación del Estado del bienestar con políticas regresivas, recortes sistemáticos en el gasto social y, sobre todo, una actitud beligerante contra la clase trabajadora. Pronto, los comedores escolares se privatizaron y comenzaron a alimentar a los niños con comida basura.
Owen Jones, en su estudio sobre la demonización de la clase obrera recogido en Chavs, expuso una pieza clave para entender cómo se truncó la línea ascendente del Estado del bienestar: un proceso que no solo se valió de leyes, sino que necesitó preparar meticulosamente el terreno cultural. A través de los medios y el discurso político se fraguó una imagen despectiva de la clase trabajadora, transformando el obrero orgulloso y productivo de la posguerra en un estereotipo grotesco -gandules, vagos, ociosos o “puercos”-. Esta caricaturización no fue accidental: era una herramienta necesaria para que la sociedad dejara de sentir empatía por ellos. Al despojar a la clase trabajadora de su prestigio moral, se justificaron los recortes y la precariedad; si la pobreza ya no era un fallo del sistema, sino un defecto de carácter del individuo, entonces la solidaridad dejaba de tener sentido. El preámbulo perfecto para que Margaret Thatcher iniciara su asalto, pues ya no estaba atacando a ciudadanos con derechos, sino a una "carga" para la nación.

Para que la regresión fuera total, no bastó con demonizar al obrero; la nueva derecha llevó a cabo un sofisticado secuestro intelectual. Este fenómeno lo explica de manera esclarecedora la politóloga y escritora austríaca Natascha Strob en su libro La nueva derecha. Analiza cómo la nueva derecha dejó de ser reactiva para pasar a la ofensiva, apropiándose de las herramientas intelectuales de la izquierda. Utilizan conceptos como la "hegemónica cultural" de Gramsci para librar lo que ellos llaman una "batalla cultural". Los movimientos reaccionarios aprendieron a leer a filósofos marxistas para retorcer su discurso en beneficio propio y para subvertir, desde la raíz, los valores de la democracia liberal. Entendieron que, antes de asaltar las instituciones, era necesario colonizar el "sentido común", es decir, moldear las creencias profundas y los prejuicios de la población para que sus propuestas parezcan la única opción lógica.
De este modo, se apropiaron de conceptos como "resistencia", "libertad" o "identidad", vaciándolos de su sentido solidario para convertirlos en armas contra la misma democracia que los garantiza. Han logrado que los valores de la izquierda sean percibidos como el discurso de una "élite opresora", mientras que la derecha se presenta, paradójicamente, como la voz rebelde de los desposeídos. Es la pirueta final del individualismo: utilizar las tácticas de la lucha social para desmantelar, desde dentro, la justicia básica y la solidaridad estructural.
Ronald Reagan no le fue a la zaga a Thatcher. Si ella representó el asalto a la solidaridad en Europa, Reagan hizo lo propio en Estados Unidos, convirtiendo el individualismo radical en una nueva fe cívica. Su famosa frase -“el Gobierno no es la solución a nuestro problema; el Gobierno es el problema”- marcó el inicio de un desmantelamiento sistemático del pacto social. Bajo la bandera de la "reaganomics", impuso una desregulación financiera agresiva y un recorte drástico de los impuestos a las rentas más altas, prometiendo un "efecto goteo" que, teóricamente, distribuiría la riqueza hacia abajo, pero que jamás alcanzó a las clases populares. Al igual que Thatcher con los mineros, Reagan mostró su mano de hierro al despedir de forma fulminante a más de 11.000 controladores aéreos en huelga, enviando un mensaje inequívoco: el poder sindical era el enemigo a batir para que el capital pudiera campar a sus anchas.
Hay una frase que resume el triunfo ideológico del neoliberalismo. Lo que dijo Margaret Thatcher cuando le preguntaron cuál era su mayor logro. Ella, respondió sin dudar: "Tony Blair y el Nuevo Laborismo". Lo afirmaba porque este, bajo el disfraz de una "Tercera Vía", terminó por validar su marco mental, pues no revirtió las privatizaciones ni devolvió el poder a los sindicatos; al contrario, consolidó la idea de que la economía era un ente autónomo e intocable. Al aceptar las reglas del juego de la "Reaganomics", la socialdemocracia europea abandonó su misión de proteger a la clase trabajadora para centrarse en una gestión tecnocrática que profundizó la fractura. El mejor legado de esta deriva de Blair en España la encarna Jordi Sevilla, quien, desde su atalaya tecnocrática, está dedicando esfuerzos a intentar convencernos de que ya no existe otra forma de organizar el mundo.
Sin embargo, como acredita Thomas Piketty, la realidad desmintió la teoría ultraliberal. Lo que ocurrió tras la consolidación del tándem Thatcher-Reagan fue una fractura social sin precedentes: la desigualdad se desbocó y emergió una clase trabajadora empobrecida con salarios congelados, que se vio incapacitada para hacer frente a un coste de la vida -especialmente en salud y educación- que no ha dejado de escalar.
El final de este cuento lo conocemos y es simple y elocuente: los ricos y los superricos -cada vez menos, pero más insaciables- han ido engullendo la mayor parte del pastel económico global. España no ha sido una excepción. Lo cierto es que la dimensión de ese pastel, según todos los informes serios, alcanzaría para dotar a cada ciudadano del planeta de los recursos necesarios para vivir con una dignidad plena, sin que por ello tuviera que colapsar el mercado del lujo por falta de demanda. El problema, por tanto, no es de escasez, sino de distribución. Hablamos de una falta de solidaridad estructural, propia del individualismo de nuestra época, que ignora deliberadamente la justicia básica. En definitiva, lo que se está destruyendo mientras seguimos de perfil -atentos solo a la pantalla- son los Estados fuertes y los servicios públicos que garanticen la equidad.

