El escenario actual, donde las derechas encuentran apoyo entre los más desfavorecidos, las preguntas que todos nos hacemos son las que aborda el sociólogo brasileño Jessé Souza en su ensayo El pobre de derecha, bajo el subtítulo La venganza de los bastardos: ¿Por qué la prédica de la extrema derecha encuentra terreno fértil entre los empobrecidos? ¿Por qué razón porciones significativas de las clases populares -que no tienen nada que ganar con candidatos de derecha, solo perder, especialmente desde el punto de vista económico- votan a quienes los perjudican? En definitiva, ¿por qué actúan como el sostén de una derecha que, sin su respaldo, difícilmente lograría alcanzar el poder?
Hay una inclinación a considerar que se trata de una decisión irracional; basándose en la idea de que el factor económico es el criterio más importante de la racionalidad humana al momento de tomar una decisión como es el caso del voto. Souza estima que la mentada racionalidad económica como motivo del comportamiento humano es una perspectiva incorrecta. Los pobres votan por los candidatos de la derecha por causas morales, no económicas, pero estas causas morales no suelen ser las que suponemos.
Souza elabora una teoría para establecer esas causas, la que llama «el síndrome del Joker»; una figura típica de nuestro tiempo. El punto central de lo que se llama el «síndrome del Joker» es la experiencia de la humillación, algo que las personas que forman parte de las clases privilegiadas no sienten y, por lo tanto, no saben qué significa. La élite y la clase media no tienen la experiencia cotidiana de la humillación: malos salarios, trabajo precario, culto a los ricos, odio a los pobres, recortes del gasto social, desorientación y falta crónica de esperanza. Y para enfrentar esta situación se hallan indefensos, ya no cuentan con la protección de sindicatos o partidos políticos e instituciones que protegían a la clase obrera antes del poder neoliberal que le declaró la guerra en los ochenta. Esta legión de olvidados y humillados, que crecen cada día, tienen una rabia y un resentimiento contra el mundo que no pueden explicar ni dirigir, que no pueden canalizar; solo pueden vivir su humillación con culpa individual.

Jessé Souza vuelve entonces a la pregunta central: ¿Cómo es posible que los pobres voten y apoyen a los candidatos de extrema derecha que representan a las peores élites y a sus mayores enemigos? ¿Qué hay detrás? Para desentrañar cómo esta nueva clase trabajadora, precarizada y humillada, se ha convertido en el combustible de la extrema derecha mundial, Souza analiza una serie de factores sistémicos que operan en conjunto.
Para neutralizar cualquier resistencia social, la élite económica necesitaba un relato que distrajese a quienes precisamente más padecen su dominio. Con este fin, se ha institucionalizado una narrativa que desplaza la culpa de las crisis económicas -estructurales en el capitalismo- hacia las minorías y el multiculturalismo, convirtiéndolos en el chivo expiatorio de las mayorías empobrecidas.
Esta revolución reaccionaria ha sido posible gracias a una degradación sistemática de los medios de comunicación, cuya consecuencia más grave es la disolución de la frontera entre la verdad y la contingencia. Al validarse las noticias falsas como moneda de cambio en el debate público, el ciudadano queda desarmado, incapaz de distinguir la realidad de la ficción. La clave de este proceso reside en la feudalización del ecosistema informativo: la propiedad de los grandes medios ha quedado concentrada en manos de una minoría financiera, transformando el espacio público en una red de "castillos cerrados". En esta estructura, la información deja de ser un bien social que estimula el pensamiento crítico para convertirse en un dispositivo de control diseñado, precisamente, para inhibir la reflexión y asegurar la pasividad social.
Explicaciones simples y sencillas del complejo funcionamiento de la sociedad, como son el racismo y las teorías conspirativas, resultan irresistibles para un público sediento de autoestima y distinción social cimentada en el desprecio a los más débiles. Los líderes de la extrema derecha destapan la alcantarilla que prohibía formas explícitas de racismo, que ahora se transmutan en una dimensión ética. Por ejemplo, se construye la idea de un "pueblo corrupto" integrado por los más pobres y excluidos, a quienes se les asignan todos los pecados morales de la pereza y la apatía, vistiendo al racismo con un ropaje cultural pseudocientífico.

Esta vía de explicación de cómo son las cosas, disfrazado de rebeldía ante lo corrupto, aglutina a todos los frustrados que culpan a la vida y a los demás de su infortunio, y proporciona emoción, pues simula participación política y otorga un sentido de orientación para aquellos que habían perdido el tren de la vida. A la élite le interesa que esta corriente de resentimiento disponga de un culpable externo al que responsabilizar de su fracaso por carecer de capital económico o cultural.
Una de las funciones de los medios de comunicación es invisibilizar a los ricos y poderosos como la verdadera causa de la pobreza, ocultando que el modelo económico que propugnan es el auténtico responsable. Cuando se culpa a la víctima, el poder se torna invisible; y no existe mejor estrategia para la perpetuación del privilegio que su propia invisibilidad. Clausurada la vía de la indignación contra la injusticia, solo resta dirigir la ira hacia los más débiles, hacia los únicos incapaces de defenderse. De ahí que el odio se direccione contra los más pobres, los inmigrantes, las mujeres o las minorías étnicas y sexuales. Es una canalización de la rabia que garantiza dos beneficios: una interpretación del mundo sencilla y conveniente, y la certeza de una superioridad moral sobre los demás.
Para Jessé Souza el mecanismo perfecto para perpetuar un estado de dominación a lo largo del tiempo es convencer al oprimido de que, en realidad, es inferior. Cuando se alcanza ese estado de conciencia en los de abajo, el esquema de explotación y humillación se institucionaliza y se estabiliza.
Por otro lado, Souza dirá que cada vez que el pueblo elige a alguien vinculado a las agendas populares, la élite redobla el tambor del falso moralismo contra la corrupción; porque no se le puede escapar el poder del Estado, lo necesita para perpetuar sus beneficios. La élite finge que su conmoción moral es real, pero requiere del respaldo social para que su maniobra sea efectiva. Ese rol de apoyo lo asume la clase media, que entra en este juego moral movida por su fantasía de integrarse en la cúpula: cree pertenecer al bando de los que dominan.
Pero, como la alianza entre la élite y la clase media es minoritaria, resulta insuficiente para ganar elecciones. Para lograrlo, necesitan apelar a los estratos inferiores de la pirámide social y convocar a sectores populares para que se adhieran a ideologías que sirven de medio para hacerlos actuar contra sus propios intereses. Se requiere una moral que impacte con fuerza en el sector de pobres insertados en el sistema; en ellos surge otra forma de moralismo: la diferencia entre pobres honestos y pobres delincuentes. Y allí radica la verdadera función de los que ocupan el último escalón de la jerarquía social —los excluidos, los marginados—: la función de ser humillados y despreciados por todos los que están encima de ellos. Existen para ser odiados, y el dispositivo que activa este odio es su deshumanización. Una vez más, la dicotomía entre «ellos» y «nosotros» dota de un sentido a la vida, esa necesidad ineludible para todos los seres humanos. Ya lo decía Max Weber: la búsqueda de un sentido a la vida es tan necesaria que, en su ausencia, cualquier cosa, incluso la idea más insólita, puede ser aceptada y llegar a convertirse en verdad.
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