Mi nombre es María Aurora, salí de España hace mucho. He viajado para entrar en África atravesando el desierto de Andalucía, seca y olvidada. También he navegado en cayuco junto a otras compañeras de viaje, a través del estrecho. Iba a ser poco tiempo, nos dijeron, pero las corrientes que se han formado por el deshielo de los polos nos arrastraron al mar abierto, donde estuve a punto de perder la vida. Otras no tuvieron tanta suerte, allí permanecen en el fondo del mar que ha sido su tumba.

Sé que tardaré años en llegar a un lugar seguro, quizás tardaré tanto en el camino que todos mis recuerdos serán envueltos en neblinas que impedirán saber realmente quién soy, de dónde vengo realmente. En estos momentos solo sé que no soy nadie, que me deshumanizaron hace tiempo.

Siempre huyendo de ejércitos, de hombres que nos quieren esclavizar para que sirvamos en sus búnkeres construidos en medio de la destrucción de lo que un día fue Europa, donde ya no queda nada.

Hubo un tiempo en el que la memoria de los africanos era corta y nos acogían y nos sentíamos seguros entre ellos, pero el tiempo fue pasando y la cultura heredada de Europa fue haciendo mella en sus corazones y cada vez nos fue más difícil llegar a sus costas sin arriesgar la vida. Dejamos de ser los buenos vecinos para convertirnos en invasores que íbamos a robar sus riquezas -solo tenían que recordar tiempos lejanos, relatos de siglos pasados guardados en sus corazones- el color de nuestra piel nos delataba.

Estoy cansada y asustada. En mi camino he encontrado buena gente, gente que me ha ayudado y protegido, pero luego vinieron otros sin alma que nos golpeaban e insultaban solo por intentar buscar un lugar para poder vivir en paz, poder soñar con un futuro de esperanza para nuestras hijas e hijos. Recuerdo que nos contaban que hace años, muchos, todo era al revés. Qué cosa más extraña.