Apenas el cuerpo me decía esta mañana que era tiempo de despertar, sentí como mi mente se revelaba obligando a mi cuerpo a retroceder diciéndole: quiero seguir viviendo en el sueño, este sueño que me está trayendo paz, sosiego. Pero, ay, todo desapareció al abrir los ojos. Imposible retener el sueño como a veces ocurre cuando  tu cuerpo y tu mente durante todo el día habitan el sueño y vives como en una realidad aparte mientras sigues tu vida con sus miserias, problemas y alegrías.

Ocurre a veces que sientes un anhelo profundo, dulce, dolorosos, por algo que ni siquiera sabes nombrar. Nostalgia de un lugar o un tiempo en el que nunca has estado, de una plenitud que un día, no recuerdas cuándo, sentiste, pero que supiste en ese mismo momento que ibas a guardar en tu corazón y en tu mente.  Es la belleza que nos brinda la vida la que nos hace salir cada mañana al mundo para buscarla en cada rostro, en cada luz, en cada música, en cada planta que nos sonríe a su manera, en cada anhelo inexplicable que nos hace salir a la calle y amar la vida, la gente, también esa que ves necesitada de ayuda porque el racismo institucional no le facilita las cosas necesarias para una vida algo más digna. Estas son mis razones para defender la alegría y organizar la rabia.

Ha llegado el tiempo de situarnos, de saber quiénes somos y a qué clase pertenecemos.  Cada mujer, cada hombre, sabe qué tiene que defender: si el derecho de todos o los privilegios de unos pocos muy listos que nos hacen creer que al defender sus privilegios estamos defendiendo nuestros derechos, y así hacerle el trabajo sucio en la calle frente a los y las que ponen el cuerpo para pedir justicia e igualdad en un mundo enloquecido que nos está llevando al abismo. Y, no, no soy pesimista. Al contrario, creo que somos más las personas de buena voluntad, solo hace falta que seamos conscientes del engaño que una élite nos quiere hacer creer.

Nunca vamos a ser como ellos. Su club no puede estar abierto a la mayoría porque entonces dejarían de estar en la cumbre, dejarían de tener privilegios, se tendrían que mezclar con “la gente corriente”, esa que trabaja y a pesar de que no puede pagar un alquiler o pagar una vivienda en propiedad o un seguro privado -de esos que te llevan a Navarra a operarte de un cáncer- de la que no trabaja porque no puede o no se deja explotar. Tendrían que mezclarse con los trabajadores, personas racializadas,  emigrantes que ni siquiera pueden empadronarse porque la burocracia institucional oculta un racismo simulado bajo normativas absurdas. Mañana, cuando mi cuerpo me obligue a despertar intentaré una vez más, inútilmente, seguir soñando.