Muchas y muchos fontaniegos y muchas y muchos andaluzas y andaluces tienen algún familiar migrado normalmente a Barcelona, Benidorm, Madrid. El motivo de “escapar” de tu pueblo no es más que el de la supervivencia por motivos económicos. Lejos quedan esos propósitos de moverse por conocer mundo o hacerse rico, tal y como le sucedía a los colonos de la nueva España (el llamado "hacer las américas").

Quizás estemos en el momento histórico en el que más nos dejemos influir por un exceso de información polarizada según sea el interés del que la difunde.
¿Os acordáis del "a por ellos“, aquel grito de guerra que gentes de algunos rincones de Andalucía lanzaban a guardia civiles que se dirigían a Catalunya? Supuestamente era para parar “el fuego” suscitado por la proclamación de un referéndum no constitucional, el 1 de octubre del 2017. Pues bien, ese día noté un escalofrío por mi cuerpo, un no por favor, otra vez no.

Hoy en día Catalunya, especialmente en las poblaciones entorno de Barcelona, es donde más prevalece un sentimiento desigual donde se rompe la media catalana de ser independentista o no. Pues bien, es complejo desde la distancia conocer por qué la mitad de catalanes y catalanas disienten de la otra parte, o por qué en el área metropolitana es mayor el sentimiento de no ser independentista. Es de merecido análisis sociológico tener en cuenta las opiniones globales de toda su ciudadanía para entender en parte el pertenecer o no a un legado migratorio.

Si analizamos muy brevemente la historia de Andalucía veremos que somos descendientes de familias que no formaron parte del reparto de tierras de donadíos y heredades, favorables a nobles, órdenes eclesiásticas y militares en tiempos de la reconquista o en las desamortizaciones posteriores. Somos descendientes de un sur que quiso ser liberal para levantar la Constitución del 1812 como punta de lanza para la igualdad, descendientes de organizaciones cantonales, hijos de la preautonomía de Andalucía... Pero también somos hijos de la Guerra Civil Española.

El auge de la industria catalana provocó a partir de los años cincuenta un éxodo que fue duro. De ella surgió el chabolismo (barraquismo se dice aquí). Muchos emigrantes fueron deportados en tiempos de la dictadura desde el penal del castillo de Montjuïc si no tenían arraigo o contrato de trabajo en origen. Como bien analiza Kike Tudela en sus estudios, en Barcelona y sus alrededores siempre hubo una necesidad de construir vivienda, por lo que muchos andaluces se enfrascaron en el noble oficio de la albañilería. En muchos otros casos acompañados de la industria y del servicio doméstico en casas de la burguesía. ¿Recordáis a Manolo Escobar, a Carlos Cano o al grupo Gente del Pueblo recordando en sus canciones momentos vividos similares.

En aquellos inicios también surgieron en Catalunya rechazos y racismos hacia los migrantes llenos de necesidad, carteles de fuera charnegos o escritos de un ahora nada molt honorable presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, que escribió un texto incendiario “el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es un hombre generalmente poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual".


Algunos empezaron a llamar charnegos, en tono despectivo, al migrante pobre andaluz. En este cartel se afirma "como unos sucios llegasteis a Catalunya y así marcharéis si no os integráis FORA XARNEGOS"

Es duro leer las palabras del cartel, verdad? También es duro escuchar el “a por ellos” en mi tierra, mis gentes fraternales, sus ideales, los míos.
El racismo y la xenofobia son virus latentes que surgen en cuanto algo o alguien no entiende o no quiere entender el pasado de su pueblo. Surge cuando los más jóvenes no han tenido el conocimiento de su legado, no como un concepto de herencia, sino de conocimiento para hacer su propia identidad y personalidad.

Catalunya duele y Andalucía duele, ambas cuando van acompañadas de la bandera que combate la necesidad y la pobreza. Fijaros en el tren, catalán para unos, sevillano para otros. El mismo vagón que cambiaba de nombre según el sentido de marcha. Somos dos, somos uno, somos todos.
El "a por ellos" deberíamos convertirlo en "ya he vuelto, hermano", como letra de una comparsa de los carnavales de Cádiz.