Cuando la Semana Santa terminaba, en Fuentes no solo se apagaban los cirios y se guardaban los pasos. También quedaba un vacío difícil de explicar. Y ese vacío tenía nombre propio: el Lunes de Pascua. Para los niños y niñas de Fuentes, volver al colegio ese día era como subir una cuesta interminable. La mochila pesaba más que nunca y la cabeza estaba en otro sitio. No en los libros, sino en los ecos recientes de una semana que nos tenía completamente hechizados. Porque en Fuentes no se aprende a amar la Semana Santa: se nace con ella dentro.

Desde muy pequeños —apenas con tres o cuatro años— ya mirábamos los pasos con una mezcla de asombro y admiración. Muchos íbamos por la calle jugando a repartirnos los papeles. Yo iré con la cruz de guía, tú de diputado de tramo, ese irá de capataz. Bueno todos queríamos ir de capataz, ninguno de Judas. No entendíamos del todo quiénes eran los artistas ni cómo se creaban aquellas imágenes, pero algo en nosotros se encendía al verlas. Era un arte que entraba por los ojos y se quedaba dentro para siempre. Un arte hipnótico.

Y no era cuestión de fe, o al menos no solo de fe. Era cultura, era tradición, era identidad. Era lo que habíamos mamado desde la cuna. En un pueblo de apenas 7.000 habitantes, cerca de 3.000 personas forman parte de hermandades. Cifras que hablan por sí solas: esto no es casualidad, es pasión colectiva. Esa pasión se sembraba desde la infancia. Nos vestían de nazarenos cuando aún éramos “chipurranos”, y sin darnos cuenta, aquel mundo nos atrapaba. Nos escapábamos de casa para ver cómo se montaban los pasos: en la ermita, en el convento, en las iglesias. Allí estaba el arte vivo.

Recorríamos cada rincón como si siguiéramos un ritual: ver a Sebastián Carmona preparando el paso de la Humildad, pasar por el convento y quedarnos hipnotizados ante el montaje del paso de Jesús, observar la Virgen de la Soledad con esa belleza que nos hacía preguntarnos quién habría sido capaz de crear algo así. Luego venían las monjas, la Veracruz, los detalles, las manos expertas, el olor a flores… Todo era un espectáculo silencioso que nos atrapaba sin remedio. Porque el arte, cuando se vive desde niño, se queda para siempre. Quizás por eso, quien llega de fuera ya de mayor no lo siente igual. No es mejor ni peor, simplemente es distinto. Cada uno ama el arte que ha crecido viendo. Lo nuestro en Fuentes no es de museo: es de calle, de emoción, de piel.

Detrás de esa pasión estaban también las personas. Figuras que daban vida a todo aquello: la elegancia de Manolo Perrojato dirigiendo el paso de la Humildad, la entrega de José Veneno poniendo orden entre los nazarenos, el garbo de Manuel Vergara al frente del paso de Jesús. Hombres y mujeres que no solo participaban: transmitían. También estaban los devotos silenciosos, los costaleros incansables, los que nunca faltaban. Nombres que forman parte de la memoria colectiva de este pueblo. Personas que amaban este arte con una intensidad que se notaba en cada gesto.

Otro de los que sentía verdadera pasión era Manuel Vergara, hermano mayor de Jesús al dirigir el paso, con el garbo que lo dirigía, y su manera de gesticular, se veía, que era un enamorado de este arte. En la Veracruz transmitía mucha devoción el señor Rodríguez, dueño de la gasolinera, cuando todos los jueves santos se vestía de nazareno y transmitía verdadero amor por este arte y por esta riqueza que derrochamos en Fuentes. Luis de la Roeta era otro que sentía un verdadero amor por esta riqueza y también Manuel Mazuelos, hermano mayor de la Veracruz. Y en el Santo entierro era Juan Gallardo un auténtico pasionario de este arte , siempre con su chaqueta negra y su bastón de mando. Tuvo Jesús un costalero, Antonio Gómez, que fue galardonado como el mejor de la hermandad. No faltaba ningún año. Como lo fueron el Lata, Rufino, el barba el mecánico, los hermanos Lora, todos enamorados de este arte. También en la Humildad estaba Javier el del borrico, Pilares, Sebastián el Penco… que sentían verdadero amor por los colores de esta hermandad.

Y no podemos olvidar a quienes lo dieron todo, incluso de su propio bolsillo, como Manolo Millán. Porque cuando alguien es capaz de eso, no estamos hablando de afición: estamos hablando de amor verdadero. O figuras como Hilario Humanes, que convirtió su bar en un templo cotidiano de la Semana Santa, donde se hablaba, se recordaba y se mantenía viva la llama durante todo el año. Porque aquí, la Semana Santa no empieza un mes antes: nunca termina. También era arte la saeta, que rompía el silencio de la noche. Era arte la decoración, las flores, la orfebrería, los varales, la luz de las velas. Era arte todo el conjunto. Incluso nuestras iglesias, que servían de escenario, eran parte de ese patrimonio que nos definía.

Hubo intentos de cambiar las cosas, de llevar los pasos con ruedas. Pero no era lo mismo. Nunca lo fue. Porque el alma está en las personas que los llevan, en el esfuerzo compartido, en la forma de caminar. Y mientras tanto, cada año, la juventud sigue recogiendo ese testigo. Porque este arte no se pierde: se hereda. Por eso, el Lunes de Pascua siempre fue triste. Profundamente triste. Porque significaba despedirse de algo que no solo se ve, sino que se siente. Y pocas cosas hay tan grandes como la Semana Santa de Fuentes.

Pero entonces llegaba el lunes de Pascua, ay, y de pronto todo aquello desaparecía. El bullicio, la música, los pasos, las túnicas. Y quedaba un silencio extraño. Una especie de “mono”, como si nos hubieran quitado algo necesario. Porque lo era. Era el síndrome del final de algo grande. En clase, nadie estaba realmente allí. La mente se escapaba una y otra vez a lo vivido, a lo sentido, a lo que ya estábamos deseando volver a vivir el año siguiente. Porque la Semana Santa en Fuentes no dura una semana: dura 365 días.