Ni loco ni senil. Trump sabe muy bien lo que hace y por qué lo hace. Aunque no lo dice, sabe que su enemigo no es Irán, como tampoco antes lo era Venezuela, sino China. Pero como no puede atacar directamente a su enemigo global, China, lo hace indirectamente tratando de cerrarle los grifos que alimentan su pujante economía, el petróleo y el gas natural licuado. Lo hizo primero en Venezuela, ahora en Irán. Trata a toda costa de colapsar el comercio a través del estrecho de Ormuz, principal canal de comunicación marítima que provee a China de las materias primas que precisa para seguir creciendo. China compra el 90 por ciento del petróleo iraní. Eso explica que la guerra se libre en oriente medio, con apoyo de Israel, pero es global porque busca el control de la economía del planeta. Ésta, como todas las guerras, tiene a la economía como principal telón de fondo.
A Trump y a sus secuaces les trae sin cuidado la falta de democracia en Venezuela, lo mismo que en Irán o en cualquier otro rincón del mundo. No tiene discusión posible que les importan un pimiento los derechos humanos. Basta mirar lo que hace en su propio país con los trabajadores extranjeros. Lo que busca es seguir siendo el principal capo del planeta porque de eso dependen las grandes empresas de EE.UU. Todo lo demás son excusas. Irán no recibe apoyo de los países árabes de su entorno porque no es mayoritariamente de origen árabe, sino persa. Sí, Irán es musulmán, pero de la rama chiita, no sunita como sus vecinos. Es una dictadura que atenta especialmente contra los derechos de la mujer, pero como hacen otros muchos países de la zona. Por eso y porque nadie quiere enfrentarse a EE.UU., ningún país árabe mueve un dedo en su defensa.

El primer episodio de la guerra global tuvo lugar el pasado 3 de enero en la escaramuza de Venezuela, cuyo objetivo era impedir que el país del Caribe hiciera efectivo el acuerdo comercial que acababa de firmar con China para suministrarle grandes cantidades de petróleo y que esas operaciones económicas se hicieran en yuanes y no en dólares como EE.UU. impone en todo el mundo. Por eso, lo siguiente que hizo después de secuestrar a Maduro fue dar la orden de asaltar los petroleros que ya estaban en alta mar para impedir que llegaran a su destino. El objetivo era doble, asegurarse el suministro barato del petróleo venezolano y negárselo a China.
Antes que Venezuela e Irán, Trump ya atacó por otros medios: fue la batalla de los aranceles, cuyos resultados no han sido los esperados por la todavía primera potencia mundial. Apenas tuvo consecuencias para China. Ahora la víctima es Irán y no porque, como dice Trump, esté a punto de crear un arsenal nuclear -cosa que han negado incluso expertos internacionales- sino porque es el principal aliado de China en materia energética. La historia se repite. EE.UU. atacó a Irak en 2003 con la excusa de que almacenaba "armas de destrucción masiva" que nunca existieron. España se sumó a aquella guerra por decisión de José María Aznar, presidente del Gobierno entonces.

Donde EE.UU. pone misiles, China pone innovación tecnológica, productividad y liberalismo económico. China acaba de anunciar una política de cero aranceles para todos los países de África, escenario del principal avance chino en esta guerra por el control global. Conviene recordar que África tiene el mayor potencial de futuros consumidores. Quien controle África tendrá el futuro en sus manos. El encarecimiento del petróleo y el bloqueo de las comunicaciones en el Golfo Pérsico y en norte de África, con sus efectos devastadores para la cesta de la compra y para el sector turístico, perjudican especialmente a China y a Europa, los dos adversarios declarados de EE.UU.
La gran aportación de China a la historia de los imperios es que su política expansionista no es militar, sino económica. Si los imperios del pasado se erigieron sobre la actuación violenta de sus ejércitos, el del futuro parece que nacerá de la acción económica. Cuando Trump quiere las materias primas que esconde el subsuelo de Groenlandia amenaza con su ejército de ocupación. Por el contrario, China no ocupa territorios, sino mercados. No aspira a la posesión de tierras, sino a su uso. No persigue acumular súbditos, sino consumidores. Cuando quiere acceder a materias primas esenciales no despliega misiles, sino acuerdos comerciales ventajosos. Por eso, aunque Estados Unidos gane la batalla de Irán, la guerra la está ganando China. De ahí que Trump esté desquiciado. No está loco, está desesperado. El eslogan Make America Great Again (Hagamos a Estados Unidos otra vez grande) supone el reconocimiento de que ya no lo es.

En ese sentido, podríamos decir que China va camino de ser la primera potencia mundial -si no lo es ya- porque controla buena parte de la producción y el capital global. Para comprobarlo no hay más que asomarse a las calles de cualquier pueblo o ciudad europea. Nuestro panorama urbano está sufriendo una lenta pero inexorable transformación a favor de productos y servicios de origen chino. Miles de empresas de todo el mundo -desde puertos estratégicos como El Pireo en Grecia a fabricantes de automóviles como Volvo, redes eléctricas como EDP o grupos hoteleros como NH- han sido adquiridas por fondos chinos. El Gobierno bloqueó un intento chino de comprar una parte importante del accionariado de Red Eléctrica Española. El comercio "on line" es esencialmente chino. Muchas de las transferencia europeas a un país africano se hacen mediante un intermediario chino.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, es fácil concluir que la actitud belicista de EE.UU. responde más a una reacción fruto de flaquezas que de fortalezas. Es una política propia de un imperio en descomposición, más que de un imperio en expansión. Recuerda a la degradación de anteriores imperios que sucumbieron en medio de gigantescos baños de sangre. Trump no está loco. Está cometiendo la locura de desatar una guerra, pero por intereses, no por desvarío. La caída de EE.UU. será larga y dolorosa. En su agonía arrastrará a los países satélites que le acompañen. El actual gobierno de España no quiere caer en ese derrumbe. En la caída, que puede costar todavía años, Estados Unidos se cobrará muchas vidas de inocentes. Como está cobrando ahora en Irán, cuya guerra podría ser larga.
En resumen, en Irán Trump lo único que está intentando es darle una bofetada a China, como antes hizo en Venezuela, en un intento desesperado por mantener el control de la economía global. Es posible que en el futuro veamos otros escenarios bélicos, que siempre habrá que interpretar como choques parciales del enfrentamiento de dos colosos que se disputan el pastel. Uno de los colosos utiliza técnicas del pasado, misiles y aranceles, y el otro despliega nuevas formas de colonialismo como son el control tecnológico, el comercio y el capital. La contienda lleva mucho tiempo en marcha, pero el uso de las armas no ha hecho más que empezar. ¿Hasta dónde llegará?


