Una de las fotografías amables de este verano, en contraposición a otras muchas de incendios y tragedias migratorias, ha sido la de un lince que se paseaba por la localidad vasca de Campezo, en la provincia de Álava. Dicen las crónicas que es el primero del que se tiene constancia en muchos años en Euskadi. Unas cámaras de fototrampeo, colocadas por un ganadero, han sido las que han mostrado esta imagen.
Este tigre mediterráneo, como se han referido al ejemplar algunas crónicas, ronda los 10 a 15 kilos de peso, nada que ver con los 200 del tigre. Comparten ambos la pertenencia a la familia de los félidos, si bien el tigre -grande, musculoso- es del género Panthera, mientras que el lince ibérico es Lynx, de tamaño mediano y cola corta. El tigre es el animal nacional en India, elegido como símbolo de poder y agilidad; el lince ha ganado su popularidad paso a paso, siendo hoy uno de los mamíferos más queridos en España. Despierta reacciones positivas y numerosas en la sociedad.
Si nuestro ejemplar ibérico de Campezo continuase su recorrido hacia el norte, quizás pudiésemos verlo caminar estos días por las calles de Bilbao, atraído por su Aste Nagusia, su Semana Grande, y la cordialidad de sus gentes. Alguna crónica, por aquello de llamar la atención, podría titular: un tigre por las calles de Bilbao, si bien debería aclarar de seguido que se trataba de un ejemplar mediterráneo, de los que ahora se van expandiendo por la península, algo más de dos décadas después de estar al borde de la extinción. No es seguro que le gustase ese jolgorio. Sus hábitos son preferentemente de atardecer y nocturnos, si bien su carácter es solitario; marca su entorno y lo defiende.
A comienzos de siglo apenas quedaban unos 100 ejemplares en libertad, asentados en fincas privadas con actividades ganaderas y cinegéticas. De haber ocupado en sus orígenes casi toda la península ibérica, su distribución se había ido reduciendo de forma drástica, de tal manera que en esas fechas solo se mantenían dos pequeñas poblaciones en Andalucía, asentadas en la comarca de Doñana y en zonas entre las provincias de Córdoba y Jaén.

No se ponían de acuerdo las administraciones y los científicos, mientras la especie mermaba. Un primer proyecto en los años 90, financiado con fondos europeos LIFE, dio escasos resultados, mientras los sectores ecologistas reclamaban acciones decididas. La principal causa del retroceso de la especie era la escasez de su principal alimento, los conejos, afectados por diversas enfermedades que habían hecho reducir su población hasta un 90 por ciento. Contrasta este hecho con el carácter de símbolo nacional que debiera tener. Recuerda Miguel Delibes de Castro en su obra Vida, la naturaleza en peligro, cómo el historiador García y Bellido ha referido el asombro que causaba en viajeros griegos y romanos la abundancia de conejos, hasta tal punto que es posible que el término Hispania derive de una palabra fenicia que significaba país de los conejos.
También contribuían al declive la perdida del hábitat mediterráneo que le es propio, los atropellos o el furtivismo. Durante décadas, el lince fue considerado una alimaña, con tratamiento de animal dañino que hubiese que eliminar. Se daban unos 2 ó 3 céntimos de euro por cada individuo abatido. No sería hasta 1973 cuando se prohibió su caza. Estudios realizados en los años 80 del siglo pasado mostraron que solo quedaban nueve poblaciones en las que vivían entre 880 y 1.150 ejemplares; de ellos, 350 eran hembras reproductoras.
Otro proyecto LIFE iniciado en 2002, con colaboración público-privada consiguió aumentar a 169 el número de ejemplares en nuestro medio natural. Pero el gran salto en la conservación de esta especie vendría de la mano de la bióloga Astrid Vargas, a quien Ministerio y Junta encomendaron la cría en cautividad, después de superar desacuerdos anteriores. El 28 de marzo de 2005 se produjo el primer nacimiento de linces, tres cachorros alumbrados por una hembra a quien habían llamado Saliega. A partir de aquí no han dejado de nacer ejemplares en los distintos centros de cría que se han ido estableciendo, siendo posteriormente reintroducidos en el medio natural. En 2012, Granadilla, una lince nacida en cautividad y reintroducida en la naturaleza, dio a luz a cuatro cachorros.

Los datos actuales muestran una tendencia demográfica sostenida desde hace 25 años. Se han llegado a censar 2.663 ejemplares, de los que 2.269 se encuentran en España y 394 en Portugal. Con respecto al año 2021 el aumento ha sido del 95 por ciento. No es Doñana el lugar de Andalucía donde viven más linces, sino la sierra Morena Oriental, con 613 ejemplares. Este crecimiento se considera un ejemplo mundial de éxito de la conservación de especies amenazadas, aunque las tasas de mortalidad no natural son preocupantes: 273 ejemplares murieron, sobre todo a causa de atropellos en las carreteras.
De ser considerada una especie en peligro en la lista roja de UICN, la Unión Mundial de la Naturaleza, su estado se califica hoy como vulnerable, lo que supone un salto positivo en su estatus. Ya en 2024 se anunciaba la reintroducción del lince en lugares del centro y el norte de la península. Así que el ejemplar de Álava parece cumplir una atinada previsión.
Aunque lo habitual es que las hembras de lince críen entre rocas o en huecos de los árboles, se han dado casos insólitos en los que utilizan construcciones en el campo. Hace dos años, un ganadero de un pueblo de Toledo entró en un pajar y, al remover una alpaca de paja, observó a tres cachorros, a los que su madre amamantó al volver.
El tigre de Bengala, el auténtico, también ha pasado sus apuros. Quedaban en 2006 unos 1.400 ejemplares a consecuencia de la pérdida de hábitats, la presión demográfica y la caza furtiva. Se pensaba que podrían extinguirse pronto. Los programas de conservación han hecho aumentar ese número a unos 3.600 ejemplares. Para ello se han incrementado las reservas naturales en las que viven, así como la disponibilidad de presas; se han reducido los conflictos con la población y favorecido cambios de actitud. También se ha fomentado el ecoturismo.

