Salí a la calle cuando bajó la luz, los fotógrafos necesitamos sutileza. Más tarde, anocheciendo, entré en una bodega de las que ya no quedan. Coloqué la cámara sobre el mostrador, ¡cuánto pesa! Se me acercó un hombre con aspecto de guiri que me preguntó si era profesional, sí, respondí. Llegó el vermú, él se pidió otro y unas aceitunas gordales ¿De dónde eres? pregunté. Con voz bajita y cara triste me respondió: soy de Estados Unidos. Me recordó la cara de pedir perdón que ponían hace años algunos vascos al revelar su procedencia. Es un gran país, respondí. Tenía pinta de ser buena gente.
Recordé entonces que en los ojos del niño que fui, en los cines de mi barrio, en los cómics de mi hermano, en las películas y series que ponían en la tele, había unos tipos que siempre eran los buenos. Los demás, aparte de violentos asesinos, eran cobardes y estúpidos. Entonces yo no sabía qué diferencia había entre americanos y estadounidenses. Naturalmente yo quería ser de los buenos, así que supongo que en algún momento quise ser americano.
Todo lo americano era más grande y moderno. Los tipos eran altos y fuertes como mi interlocutor o John Wayne, los españoles como López Vázquez; no era lo mismo Ava Gardner que Gracita Morales. Sus policías eran Starsky y Hutch, los nuestros llevaban gorra de plato y eran "raídamente" grises. Es verdad que también tenían al desgarbado Colombo, pero era tan listo…
El imperio que nos tocó vivir consiguió serlo, además de por asesinar a cientos de miles de inocentes en Hiroshima y Nagasaki, por liberar a Europa del fascismo, aunque en España lo apoyó durante cuarenta años. Como “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, nos tragamos a nuestro “amigo” Franco, un habilidoso estratega que cambió leche en polvo por bases militares. “¡Oh noble pueblo americano!”, decía Pepe Isbert tras darnos la explicación que nos debía. Yo conocía la batalla de Gettysburg, pero no la del Ebro. Fuimos bien adoctrinados para ser “buenos españoles”.
Entonces Estados Unidos olía a nuevo, a coches enormes y hombres en la Luna. A todo el mundo les gustaban su vida moderna y sus electrodomésticos. Vendían muy bien el “american way of life”, con sus barbacoas, boleras, rascacielos y taxis amarillos. Nueva York era la Roma del siglo XX y todos soñábamos con peregrinar a la capital del mundo. Pero para un americano medio como Ned Flanders, el personaje más mojigato y meapilas de Los Simpson, “Estados Unidos es el espacio existente entre Nueva York y California, ambos excluidos”.
Para mí, le dije, hay dos Américas: la de los Engalls de la “Casa de la Pradera”, ñoña, paleta, ultra conservadora, patriotera, blanca y temerosa de Dios. Cada generación manda un hijo a una guerra, otra más, muchos los han perdido por defender la patria, o sea, los intereses de Wall Street. Siempre pagan el pato de acción de gracias, pero son americanos blancos, se sienten superiores a los negros, los hispanos, los orientales, los “pieles rojas”… ¡Que Dios bendiga a América!
Pero también hay otra América más allá de los pantalones vaqueros, las hamburguesas, la chispa de la vida, el militarismo, el racismo y McCloud fumando Marlboro. Hay otro país, inteligente, un líder cultural y científico para el que el mundo no se reduce al orbe anglosajón y la Torre Eiffel. Una América solidaria, exigente con las libertades, un ejemplo de democracia. Todavía resuenan las canciones de la Brigada Lincoln en el Jarama. Admiro la América de: “haz el amor y no la guerra”, Hemingway, el Rock & Roll, el Jazz, el Pop Art, Billie Holiday, los hermanos Marx, Vivian Maier, Woody Allen y John Ford.
Le conté que aquí conocemos todos los estados de la unión y sus capitales, aunque ellos creen que España está en el Caribe y Antonio Banderas es de color, aunque no aclaran de qué color. En su imperio no se pone el Sol, pero se les están acabando las luces. La prueba de la decadencia es que muchos repiten “Make America great again”. El imperio muerto de miedo ante China agoniza por sus excesos culpando a todos de sus desmanes. Se han quedado solos, no le pueden pedir ayuda a Gary Cooper ni a Superman para salvarlos de ellos mismos. Henchidos de estupidez, no han aprendido que el miedo ya no sustenta imperios, los hunde. La mediocridad se impone, la vieja Europa se arrastra dispuesta a besarle a Trump lo que él desee. Aún no sabe lo que quiere ser de mayor.
Este hombre de Minnesota, que hablaba bien español, me daba la razón. Me confesó que le da vergüenza que su país construido por inmigrantes (sus antepasados eran alemanes) esté encarcelando a trabajadores por hacer lo mismo que ellos hicieron. Ahora la sociedad está anestesiada, ya no existe la tierra de las oportunidades, América ha muerto. Mi amigo americano quiere mudarse a España.