Antonia Crespillo, conocida en Fuentes como Antonia la Potra, reñía con su marido Manuel Fernández, conocido como Manolillo Arropía, a cuenta de la Semana Santa. No es que discreparan por diferencias de credo o de hermandad porque los dos eran tremendamente creyentes y compartían la fe por el Santo Entierro. La discusión era porque Antonia no aprobaba la gestión económica que Manuel y sus amigos habían hecho de la hermandad y que había provocado la ausencia de los titulares de las calles de Fuentes durante los años sesenta y setenta.
“Anda, Manuel, que la culpa de que no salga a la calle el Santo Entierro y la Soledad la tenéis tú, Vázquez que es el hermano mayor, y todo el resto de hermanos, por las juergas y comilonas que os habéis pegado todos los sábados santos después de encerrar los pasos del Viernes Santo”. Manuel no decía nada porque la mujer tenía razón. Ella insistía. “La hermandad os ha servido para jartaros de vino. Dejabais la hermandad sin un real y al siguiente año, a la hora de preparar la procesión, no había fondos para pagar los costaleros, las flores, la música, los carpinteros…”.
Por eso, al llegar la Semana Santa de 1963 la hermandad del Santo Entierro tuvo que quedar encerrada. Manuela arremetía de nuevo: “Además, lo que tenéis que hacer, si no hay para pagar costaleros, es meteros debajo los hermanos, que sois muy cómodos”. La hermandad de Manuel y Antonia estuvo 20 años sin procesionar por culpa de aquellos hermanos que les gustaba más una juerga que a un tonto un lápiz. Veinte años más tarde, en 1983, con una nueva junta de hermandad, como queriendo hacerle caso a Antonia, los hermanos se metieron debajo del paso para sacar a la calle otra vez al Santo Entierro y la Soledad.
Acabó así un largo vacío en el Viernes Santo de Fuentes, con las calles huérfanas de Semana Santa. Se había echado de menos el Santo Entierro, sobre todo con la calle Mayor llena de gente haciendo cola para comprar en el carrillo amarillo y paseando desde la puerta del cine Avenida hasta la Alameda con el único entretenimiento de comer pipas. Por la noche no había función en el cine Avenida por respeto al Señor muerto. Sin cine y sin procesión, la calle Mayor era el Viernes Santo un camino de desasosiego para los capillitas, cuyo único alivio era la película sobre la vida del Señor que emitía TVE.

Algunos, al ver que en Fuentes no había Viernes Santo, tomaban carretera y manta rumbo a Marchena, donde era muy otra la historia. El pueblo de Marchena se volcaba con su Semana Santa y la gente de Fuentes iba a ver el Mandato de Jesús Nazareno en la plaza Arriba, junto a la iglesia de Santa María. Allí estaban también los vecinos de La Puebla de Cazalla y Paradas. La hermandad de Jesús en Marchena tenía tierras en propiedad y una economía muy saneada, con medios para pagar 2.000 pesetas a cada costalero. En Fuentes pagar 650 pesetas era inviable para un Santo entierro y Soledad. Por eso, la tarde del Viernes Santo salía de la iglesia de Santo Domingo en Marchena el Cristo de San Pedro, otra de sus hermandades ricas, para envidia de Fuentes. Esplendor y solvencia. O solvencia y esplendor, que uno no sabe qué es antes y qué después.
En Fuentes, Jesús Nazareno también sufrió otra crisis que lo tuvo 6 años recluido en la iglesia, desde 1970 hasta 1976. La gente pedía que el Martes Santo saliera la Humildad y el miércoles la Veracruz para irse a Sevilla el Jueves a ver la Macarena y el viernes a Marchena. La Veracruz entró en crisis y estuvo a punto de no procesionar. La única hermandad que nunca tuvo problemas fue la Humildad, que se caracterizaba y se caracteriza por el orden.
Había gente en Fuentes reacia a que salieran los santos a la calle y decía el que quisiera ver santos que fuese a la iglesia, que no hacían falta santos por las calles. El trabajo de los costaleros era una brutalidad, decían, y que era mucho peso para los trabajadores, que les iba a costar la salud. Otros proponían que se instalaran los pasos en el interior de las iglesias que quien quisiera, fuese a admirarlos como si fuesen piezas de museo. Argumentaban que si muchos de los que lucen delante del paso bien chaqueteados tuvieran que ir bajo las trabajaderas, a lo pensaban dos veces. “Hay mucha falsedad en esto de la devoción de Fuentes, que a muchos les gusta mucho el ir diciendo aquí estoy yo”. Sin embargo, siempre hubo a quien le gustaba ir a la iglesia como a un museo y a las procesiones como obras de arte en la calle. Fuentes ha sido siempre proclive al hipnotismo que ejerce la Semana Santa por medio de sus artistas.
Llegó un punto de que Jesús Nazareno trajo costaleros de El Viso del Alcor, que cobraban menos que los de Fuentes, pero aquello fue solo un año. Veracruz no podía costear costaleros y allá por el año 1980, los hermanos costaleros se hicieron cargo de sacar a sus titulares. La hermandad vio así la viabilidad de salir. Al principio los hermanos costaleros no podían y Lorenzo, hijo de Lorenzo Benítez, secretario en el ayuntamiento, acababa reventado. Poco a poco, con el entrenamiento todos los años, los hermanos fueron haciéndose costaleros. Veracruz abrió la puerta de los hermanos costaleros y, a continuación, siguieron sus pasos las otras hermandades. Así se resolvió la crisis de la Semana Santa en Fuentes. Y así fue posible que a finales de los años noventa, en la casa de Sebastián el Alcalde, en el barrio la Rana, hubiera dos únicas fotos: la del Señor de la Humildad y la del Betis. Eran los más populares que había en Fuentes.

El año 1999, el sábado víspera de Domingo de Ramos, la plaza María la Fresca era un tarro de perfume de azahar. La plaza antigua de abastos estaba en obras para convertirla en el actual centro comercial, mientras los puestos habían sido instalados en la antigua posada de la calle Mayor, frente a la plaza de María la Fresca. Allí vendía la carne Ángel de la Mare y aquel día, Sábado Santo, quería saber quién se casaba en el salón del cine Avenida. El salón de lo que en tiempos fue el cine Avenida se había puesto de moda para celebraciones de bodas. Era el 27 de marzo aquella boda unía a Trini Mari, la niña de Adelina, con un tal Juanma, de La Campana. La iglesia estaba repleta de gente, lo mismo que el salón de celebraciones, donde estaban Currito Atienza con su novia, Ismael y Manolo, entre otros muchos. La boda estuvo espléndida y en ella bailaron hasta el amanecer la Magdalena la Turuta, el Paco de Maudilio y su mujer Rosarito.
Como ahora, era costumbre dedicar la víspera de Domingo de Ramos a recorrer las iglesias para ver cómo montaban las procesiones. En las monjas, Juan Corzo trabajaba para el Señor de la Veracruz y su Virgen. Juan Corzo era hermano mayor de la hermandad y, a la vez, camarero del paso del Señor. En el Convento, montaba el paso Pepito, que era conocido en Fuentes por haber hecho en la película Tierra de rastrojos el papel de falangista a caballo por la calle Mayor. Pepito era el mejor camarero en la decoración del paso de la Soledad, con la asistencia de Fernando el Espulgagato.
El martes siguiente, Pepe Ricardo protestaba porque, a la altura del ayuntamiento, el Señor de la Humildad andaba algo escorado. “Va caído de un lado, decía, eso es porque algunos costaleros están haciendo la cuca mona”, y acto seguido cambiaba la conversación para ensalzar a El Pompo como el mejor pocero de Fuentes. En la taberna de los Catalinos, Pérez Toro hablaba de que al Betis le hacía falta cambiar de presidente porque con Lopera, el equipo iba camino de Segunda. Unos años antes, en los tiempos de la efervescencia política, cuando un paso se detenía ante la taberna, a veces alguno levantaba el faldón y gritaba ¡viva Comisiones Obreras! A cuya voz respondían los costaleros a coro ¡Viva!.

