Hubo un lugar, un cruce de caminos, una plaza, un foro, un centro cultural alternativo imprescindible para toda Andalucía, una sala de conciertos, conferencias y exposiciones, una oficina nocturna, un refugio de la resistencia. Como todo, tuvo un principio, como todo, va a tener un final. La primera vez que fui a la que años más tarde sería mi parroquia, me pareció diferente, un bar para adultos, tenía dieciséis años, corría el año 1982. Yo miraba, pero sobre todo escuchaba, menuda escuela. La música no era estridente, ni tenía nada que ver con la movida que por aquel entonces hacía furor en todo el país y en Granada mucho más.

Pedro Antonio de Alarcón era posiblemente la calle con más marcha de España. En ella se alternaban los pubs, los bares de tapas, las bocadillerías y las tiendas de frutos secos. Tuvo tanto éxito, que la zona desbordó sus contornos y todas las calles paralelas y perpendiculares se llenaron de vida nocturna. Allí reinaban todas las tribus urbanas mezclándose pero sin revolverse; se cruzaban entre calles atestadas de tráfico y coches aparcados en doble fila.

En un lugar más alejado y menos ruidoso, en la calle Pintor López Mezquita, estaba La Tertulia, no era un bar lujoso, al contrario tenía un aire clandestino. Sus propietarios, un exiliado argentino, Horacio Rébora “Tato” y su mujer Cele, atendían el único establecimiento impermeable a “la movida”. Sus feligreses no estábamos adscritos a ninguna tribu, era un lugar tolerante con la clientela, pero orgullosamente progre, quizá por eso se hablaba tanto, quizá por eso era nuestro cuarto de estar. La mayoría de los clientes, pocos años antes, le habían plantado cara a la dictadura y habían ganado. Los lugares los hacen las personas, lo demás es decorado.

Tras abrir la puerta a la que le chirriaban las bisagras, el tango y la milonga sonaban, nunca Gardel ha cantado mejor. A la izquierda estaba la mesa uno a la que estaban abonadas mis queridas Concha, María José, Pilar (pura honradez, pura empatía) y otras muchas amigas y amigos. Yo iba saltando de mesa en mesa, de coloquio en charla, de discusión en debate, de conversación sesuda en parrafada intranscendente. Apoyado en la barra, “Kuni”, un japonés, buen tío y un tanto solitario, dejaba entrever sus ojos rasgados a través de unas Ray-Ban verdes. Enrique Vázquez, María José (la cito de nuevo, por algo será), Esteban Valdivieso, Pilar, Julia y tantas otras y otros, aunque desaparecieron hace años, siguen formando parte de mis afectos.

La Tertulia era una caja de Pandora, estaba llena de poetas como Luís García Montero, Álvaro Salvador, Javier Egea; “la otra sentimentalidad” tenía allí su templo. Había poesía hasta escrita en las puertas en los baños, “para gozar tu luz he bajado al pozo de la oscura luna”... Acudían músicos como el gran Enrique Morente, “El Maestro”. Una vez estaba de copas con unos amigos en Cádiz y de repente -cosas de los flamencos- decidió ir a La Tertulia, varias horas más tarde y casi cuatrocientos kilómetros más hacia oriente, llegaron de madrugada a La Tertulia.

Uno podía encontrarse, además de con Cacho o Arturo “Picapiedra”, con grandes escritores, profesores, intelectuales como Mario Benedetti, José Saramago, Mario Vargas Llosa, Juan Gelman, Caballero Bonald, Rafael Alberti, Antonio Muñoz Molina, Miguel Ángel González, Juan Carlos Rodriguez, Mariano Maresca… músicos como Paco Ibáñez, Aute, Sabina, Pepe el Habichuela, Aurora Moreno, Alejandro Barletta, Pedro Soriano… También estábamos los demás, periodistas, fotógrafos y fotoperiodistas como yo, pintores, alfareros, escultores, ajedrecistas, gentes del teatro, como Juan Cruz o Fernando Cobos.

Como dice Concha tras dejar escapar su risa característica “a un panal de rica miel, dos mil moscas acudieron”; también afluían políticos en busca de pedigrí. Recuerdo que una noche en campaña electoral había allí hasta tres candidatos a presidir la Junta de Andalucía. A lo largo de los años conocí a muchos que hicieron de camareros, como mi gran amigo Santi Cogolludo, Eladio Fernadez-Nieto, “Paquillo” Serrano y otros de los que no recuerdo su nombre. Cuántas risas, cuántos abrazos, cuántos besos de amistad y cuántos de deseo. Cuántos amores florecieron en voz baja sobre las mesas de mármol con soporte de máquina de coser. Cuánta belleza disfrutamos sobre el pequeño escenario; “eche cinco centavos en la cestilla si quiere ver la vida color de rosa”. En los momentos de calma, uno podía escuchar todos los pensamientos, incluidos los propios. Con sorna, alguno bautizó el bar como “La Muermulia”.

Hoy nos dice la campana que La Tertulia cierra, que ya no es rentable la poesía, que se está muriendo la inteligencia, que pensar no está de moda, que “los inmorales nos han igualao”, que los jóvenes son de ultraderecha, que a nadie le gusta el tango, ni conoce a Joan Manuel Serrat, que ya no hay alternativa al mercado continuo. Con la muerte de La Tertulia se muere parte de mi vida y de la de miles de personas.