En las casas de Fuentes sonaba la voz de la radionovela Lucecita en la sintonía de Radio Sevilla, en los olivares cantaban los zorzales, bajo los pies crujía el agua helada de los charcos y el barro formaba una pesada pella en las botas que dificultaba el avance de los tareros y tareras. Corría la década de los años setenta cuando durante el invierno en los campos todavía reinaba el zorzal gracias a que a la gente aún no le había dado por arrancar los olivos diciendo que su aceite era veneno para el cuerpo. Entre noviembre y enero los campos eran el paraíso del zorzal.

La voz del narrador de Radio Sevilla decía que “por fin había llegado el día de la boda. Angelina (Ivonne Attas) se despertó alegre por la proximidad del triunfo de su plan”, que no era otro que frustrar el idilio de los enamorados Lucecita (Ada Riera) y Gustavo (Humberto García). Los zorzales en los olivos guardaron un respetuoso silencio mientras en los receptores a todo volumen sonó la intriga de Lucecita, la radionovela creada por la cubana Delia Fiallo, de gran éxito en la época.

Vista desde la distancia, la historia de Lucecita pasó por Fuentes sin pena ni gloria, cosa que no ocurre con el zorzal, el tordo, que ha ido siempre de la mano del olivar y de la afición de los fontaniegos por la caza. Con la vuelta de los olivos están volviendo los zorzales, aunque no regresa aquella pasión por la caza mediante costillas de alambre que quitaba el sueño a algunos como el Sojo, el Currito los Corrales y Valeriano Arropía. Entonces era un sinvivir sembrar los cortijos de trampas para llenar el saco de pájaros.

Cientos de costillas atesoraban muchos fontaniegos de la época para repartirlas por los aledaños, donde cada quien tenía atribuidos los cortijos según la ley no escrita, aunque respetada por todos, de la fuerza de la costumbre. Algún que otro malaje se dedicó a hacer saltar todas las costillas de los cazadores, gracia que sentaba como un tiro al afectado. Ese día regresaba a casa maldiciendo al gracioso y con las manos vacías después de recorrer el campo de su infortunio. El culebrón de Lucecita era una insignificancia.

Había que varear los olivos a mano y subir a los bancos, mientras en los bajos las mujeres arrodilladas recogían el fruto. El zorzal aguardaba su turno asomado a la tibieza del primer sol de la gélida mañana. El turno del fontaniego llegaría después cuando tuviera al zorzal frito o en salsa en el plato al lado de una cervecita en el bar de Benito. Los pajaritos fritos eran un manjar en aquellos tiempos de escasez. Trampas de alambre y de tabla había en las casas de Fuentes para parar un tren. Fuentes, humilde hasta para cazar, se contentaba con la magra carne que proporcionaban los tordos de chicha y nabo.

Había que tener arte para hacer una costilla alambriqueña y saber colocarle un gusano o una hormiga alúa, cuyo brillo hipnotizaba a los zorzales. Valeriano se dedicaba a la fabricación de costillas, de las que algún dinerillo ganaría gracias a la afición de los cazadores. Benjamín en la Carrera y Cecilio en la Encrucijá vendían costillas como rosquillas.  Aficionados eran el Potestad, su primo Francisco Caraballo, Diego el Chicapingo, Manuel el Ichi y su hermano Justo.

Era un tiempo de bonitos inviernos en Fuentes, cuando el cielo por la mañana se ponía de un azul intenso y limpio. Tiempo de que el zorzal cantara en los olivares antes del alba presumiendo de su plumaje, de su pico afilado para rastrear toda el haza de olivos y alimentarse de lo que daba la tierra y las aceitunas que dejaban atrás los tareros de Fuentes. Tiempo de los amoríos de Lucecita y Gustavo en aquellos artefactos Telefunken donde las jovencitas soñaban con encontrar el hombre de sus vidas, que no se llamaría Gustavo, sino Paco, Pepe o Antonio y que cazaría tordos con las costillas que hacía Valeriano.