En una noche muy parecida a la de anoche y a la de anteanoche, una noche como todas y cada una de las noches, la estación de autobuses se llena de gatos pardos. Tarde, a deshoras, la liturgia cotidiana empieza a acabarse, sólo queda llegar a casa en pleno centro de la periferia. Aún no había amanecido cuando los peatones ya caminaban apresurados, con la mirada ausente. Qué largos se hacen los días cuando se trabaja de luna a luna. Ahora ya de vuelta, la gente se sienta a esperar en los fríos bancos, un silencio cansado reina en la estación. Qué lejos está el hogar cuando el sueldo es pequeño.
El tiempo parece detenerse en las dársenas, nunca llega el autobús deseado pese a que las descoloridas pantallas anuncian su llegada inminente. A esas horas los pies pesan el doble de lo que deberían, cuesta no arrastrarlos. Un “segureta” con gesto severo le indica a un pasajero que está prohibido fumar, el cigarro aún encendido, cae al suelo para ser apagado con la suela del zapato. La gente mira mucho, habla poco, se oyen muchos idiomas, también castellano, pero con acento Iberoamericano. Una luz fría, casi azul, ilumina todo el espacio. En lo más alto, entre la bruma de dióxido y monóxido, un reloj enorme preside la estación. Van a dar las doce.
Justo antes de las horas en punto, las carreras se suceden por la rampa de acceso, nadie se puede permitir perder el penúltimo transporte. Una cola bien formada augura la inminente llegada del deseado 166. Hay muchas personas solas, son como células de un mismo organismo que guardan silencio pensando en sus cosas, reinando en sus mundos. Algunos se aíslan mediante auriculares, hay realidades reincidentes que no merece la pena ser revividas cada noche. Otros están tan cansados que ni siquiera consultan el móvil, como es habitual en ellos. Si pasásemos por allí todas las noches veríamos las mismas caras, los mismos gestos, las mismas personas esperando lo mismo.
Aquí siempre es lunes, siempre falta mucho para el ansiado descanso. Atacados de impaciencia, muchos miran el reloj compulsivamente. Cuando no se está haciendo nada más que descontar minutos, el tiempo se ralentiza insufriblemente. A veces es justo en esos tiempos asesinados cuando mejor se discurre, cuando se toman las decisiones trascendentes. Al pie de un autocar, un conductor de uniforme dice en voz alta ¡Badajoz!, un grupo de migrantes africanos, billete en mano, se arremolina alrededor y comienza a cargar sus desportilladas maletas en la bodega de equipajes. El motor está al ralentí, el viaje será largo.
Los que esperan en soledad volver a casa dividen su espacio mental entre el balance diario de los acontecimientos, los anhelos y los recuerdos. Siempre hubo días mejores, siempre hay nostalgia disponible, una persona a la que recordar, una tierra a la que añorar y unos planes que hacer, ilusionarse es inevitable; soñar es de las pocas cosas gratuitas. Aunque también es posible que lleguen días peores, pero es mejor no invocar fatalidades. Apoyado en una columna, un oriental cierra los ojos como para ganarle descanso al tiempo. Tiene pinta de estudiante universitario, pero quién sabe, igual es camarero.
Un chaval con rasgos magrebíes le da un beso a una chica rubia, ella sonríe y se lo devuelve. El amor estalla en cualquier sitio, no todo es odio. Las estaciones son lugares ideales para besarse anónimamente, para decir te quiero sin que suene inapropiado, aunque cuando se tienen veinte años cualquier lugar es el apropiado. También para abrazarse, alguna lágrima se ve brillar cerca del autobús que está a punto de salir con destino a Rumanía. Cuando llega el momento de la partida, se lentifican las manos diciendo adiós y las sonrisas se quedan congeladas, como si estuviesen posando para una foto.
A las doce en punto, formando parte de una coreografía ensayada, salen vehículos en todas direcciones. Una estación de autobuses es un corazón, con sístoles y diástoles, que expulsa y absorbe sangre urbana. Los transeúntes parecen pequeños, ajetreados con sus pequeñas vidas, yendo y viniendo de sus pequeños trabajos. Las hormigas obreras no se pueden permitir pernoctar. El hormiguero expulsa a la mano de obra, por eso cada noche huyen a las afueras, volverán dentro de unas horas.
Si se para el flujo de trabajadores, el corazón se para, la ciudad se quiebra, pero no creo que sean conscientes de su importancia. Tampoco se lo parece a mucha otra gente, esa que nunca se monta en autobús, esa que no se estruja en el metro, esa a la que no se le va la vida esperando autobuses. Los autobuses son para los “pringaos”, los demás viajan en coche, en tren, en avión… Quizá por eso, estos lugares tienen un aspecto tan descuidado. Quizá por eso, el letrero del quiosco de la lotería, es el lugar más iluminado de todo el edificio.

