Las cosas son eso, cosas inertes, de las que nos servimos para realizar nuestras necesidades o deseos. Esas cosas nunca han existido, pero el hombre las ha inventado componiendo formas y estructuras a base de los elementos que encontraba en la naturaleza, obteniendo artilugios que le ayuden a tener una vida más productiva y cómoda, después las fue perfeccionando para conseguir mayor rendimiento con menor esfuerzo. Seguramente, una de las primeras maquinarias (perdón por lo de maquinaria, herramientas), fueron el “el pico y la pala”, eran muy útiles para cubrir las primeras necesidades de cobijo y protección, y además muy sanas para la salud porque abrían mucho el apetito, mantenían las arterias limpísimas, y el abdomen lo convertían en unas tabletas de músculos que ya quisiera Cristiano Ronaldo.

Fabricaron la cuchara de palo para comerse una versa (berza) calentita, y el jarrillo de lata para beber agüita fresca de los ríos. Después inventaron el arado de palo para cultivar la tierra, pero como ya era demasiado el apetito que despertaba, domesticaron a un par de mulos y les traspasaron la tarea, consiguieron mayor producción con menor esfuerzo. Después, en el siglo XI o XII (Edad Media), los romanos, que eran muy listos y sabían mucho de leyes, acabaron de perfeccionar el arado añadiéndole una reja de hierro y una vertedera para voltear la tierra, disparando exponencialmente la producción agrícola (paradójicamente, ahora, los sesudos dirigentes mundiales han “ordenado” que, obligatoriamente, bajo amenaza de durísimas multas, se deje un porcentaje de tierra sin cultivar, para salvar al mundo, a la tierra, o yo qué sé a quién), y, al haber más comida, los nuevos comensales se multiplicaron y poblaron la faz de la tierra. Continuaron los inventos con cosas, como la bicicleta en el siglo 19, y la radio de galena en el XX, que tenía mi abuelo y funcionaba con la electricidad estática de la atmósfera, etc., etc. Y así (no quiero cansar más con historias que todos sabemos), hemos llegado a la IA, que veremos a ver a dónde nos lleva.

El autor de este artículo, que quiso ser ciclista

Hablando de bicicletas. Tengo seis; tres en Sevilla, dos en Écija, y una en Fuengirola. Y la verdad es que tengo un problema familiar por culpa del espacio que ocupan tantas maquinarias. Hoy, la Madre Superiora me ha llamado la atención por tener dos bicis dentro del despacho. No he tenido más remedio que coger la bicicleta de carreras y llevarla al trastero.

Al entrar en la fría oscuridad del sótano donde tengo el trastero, no pude evitar acordarme de la Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Becquer “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”, con música de Manuel de Falla. Yo solo, iba hacia el panteón de mi juguete preferido, para dejar para siempre, la maquinaria que me había sido fiel durante 60 años, la que me había dado músculo, compañía y felicidad. Compañera de viajes con miles de kilómetros. La miraba y estaba flamante, como el primer día que la estrené, más guapa que nunca, me sonreía pidiendo clemencia. Reflejaba el mutuo cariño que siempre nos tuvimos, y no era justo que se consumiera por el óxido en el húmedo, frío y solitario trastero. No se merecía ese pago. La conciencia me golpeaba en las sienes delatándome del crimen, sí, crimen, porque ella está tan viva como siempre, y sigue dispuesta a continuar prestándome sus servicios. Soy yo el único culpable de no permitirle seguir viviendo y rodando por calles y carreteras.

Abro el trastero, enciendo la luz, y sin querer leo en su cuadro “Orbea”, “Raimond Delisle”, (el famoso ciclista francés que ganó la Vuelta a España de 1974 y cientos de premios más). Me quedé paralizado, en un momento pasaron por mi mente millones de imágenes que había disfrutado desde sus pedales en tan diversos lugares. ¡Qué injusticia más grande, con todo lo que me había dado! Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. ¡No es justo, no es justo! Repetía, mientras veía su imagen desfigurada por las lágrimas. ¡No es justo lo que voy a hacer! Intenté meterla en el trastero, pero no cabía por la cantidad de chismes que ocupaban amontonados todo el espacio. Me puse a estudiar soluciones alternativas, pero no había más remedio que dejarla allí, porque no era caso de desprenderme de ella, regalándola, o vendiéndola. Le quité las ruedas, giré un poco el manillar, y entró. Quise abreviar porque me estaban abrumando los sentimientos, empecé a sentirme mareado y me dio miedo. Apagué la luz, cerré la puerta, y hui.

Avivé los pasos y subí la escalera. Cuando salí a la superficie no quise mirar la luz de la calle, no me la merecía habiendo dejado en las tinieblas a un buen trozo de mis sentimientos. Cerré los ojos y agaché la cabeza de rabia y dolor. Con la misma rapidez que salí, volví sobre mis pasos, abrí la puerta, encendí la luz, y me abracé al cuadro. Mantuvimos una conversación de agradecimientos, de gemidos y respuestas de silencios elocuentes estremecedores. Me harté de llorar, y de besarla.

Moraleja: Las cosas son cosas, y solo cosas, pero, cuando compartimos nuestra vida con ellas, o es que adquieren alma, o es que se llevan parte de la nuestra.