El periodismo camina hoy entre la precariedad laboral y económica más extrema, que nos hace débiles y vulnerables, y el negocio monetario e ideológico populista de la desinformación, las mentiras y los bulos, que da mucho dinero y que socava y desestabiliza el sistema democrático. Ello nos ha llevado a que la ciudadanía ni crea ni confíe en nosotros. Y la confianza de la gente es fundamental para nuestra existencia, la confianza de la ciudadanía es el corazón del periodismo.
El periodismo es la profesión universitaria que, con diferencia, tiene más abandonos y más arrepentimientos en España. Más de la mitad de los graduados no ejercen jamás este oficio. Y, un año más, sigue siendo la profesión que, porcentualmente, tiene más parados y más falsos autónomos que malviven. Al margen de la alarmante pérdida de vocaciones, el motivo principal es la precariedad laboral. No hay ofertas de empleo, los salarios son bajos, las jornadas de trabajo son interminables y no hay estabilidad. Vivir del periodismo es casi una heroicidad.
Ante la drástica caída de los ingresos publicitarios tradicionales y la incapacidad de monetizar el producto digital, buena parte de las empresas de comunicación han optado por reducir costes y empleos, y no por valorar el trabajo y la importancia de sus periodistas. Esas empresas han invertido en tecnología, en plataformas, en sistemas de gestión de contenidos y en diseño web, pero han desinvertido sistemáticamente en el talento que produce la información: en los periodistas. Incluso, algunas, sin pudor, han preferido entregarse a la propaganda institucional o partidaria y vivir de ella esparciendo la desinformación que penamos. Qué envidia, envidia sana, del New York Times, que ha subido su plantilla hasta los 2.300 periodistas y que tiene casi 13 millones de suscriptores. Porque tiene esos periodistas, que hacen buen periodismo, tiene esos suscriptores, y no al revés.
Y luego, en el periodismo, están la desinformación, las mentiras y los bulos, que son la epidemia, la plaga o las danas de hoy en día, que inundan, manipulan y destrozan nuestro pensamiento y que nos anulan como personas. Acontecimientos como las malditas guerras, la de Estados Unidos e Israel contra Irán o en Ucrania o en Gaza, Adamuz, la Dana de Valencia, los cribados de cáncer de mama o los casos de corrupción, son un perfecto caldo de cultivo para los activistas mercenarios e inmorales de la desinformación que, sin que la Justicia les meta mano, se manejan a su antojo en la coctelera comunicativa de los medios de comunicación, las plataformas digitales, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, y generan dudas, miedo, caos, odio y erosionan la confianza en los medios de comunicación y en la democracia. Y lo increíble e indecente es que, en la mayoría de los casos, están pagados, financiados y mantenidos con dinero público. Y tan increíble e indecente es que medios públicos, televisiones y radios públicas, se conviertan en el paradigma de la desinformación, de la manipulación y de la propaganda. Esto nada tiene que ver con la libertad de expresión, ni con el verdadero periodismo. Esto es otra cosa.

Por este cúmulo de realidades, lo cierto es que, en el mundo en general y en España en particular, la confianza en el periodismo se ha desplomado. Sobre todo, entre los más jóvenes, los de 35 años para abajo, que dicen creer más en la información que les llega por las redes sociales. La mentira es mucho más rápida y atractiva que la verdad. La verdad aburre. Ante la inmensa información y desinformación que recibe, la gente duda de la veracidad de lo que hacemos y contamos, y a veces con nuestra cooperación, la gente ha entrado en una depresión colectiva y cree que no pasa nada bueno, que todo va mal y que la vida es un desastre. Se ha instalado en el grave error de que las buenas noticias no son noticias y de que lo veraz no es noticiable.
Si la gente no confía y no cree en nosotros, no somos nada. Nuestro principal activo es la credibilidad. Sin confianza y sin credibilidad, el periodismo pierde su valor, su función social y su utilidad. La sostenibilidad del sector, incluso el modelo de negocio, está indisolublemente ligada a la recuperación de la confianza. El periodismo tiene que servir para mejorar la vida de las personas. La mejor defensa contra la mentira viral es una ciudadanía bien informada, con un conocimiento y un pensamiento crítico en libertad… El mayor enemigo de esa mentira viral y de la desinformación es el buen periodista, la buena periodista… La revolucionaria Inteligencia Artificial no conoce la ética ni la moralidad, no tiene sentimientos ni alma, el periodista sí tiene esos valores.
Por eso no podemos quedarnos en el corta y pega de una redacción, sujetos a la tiranía de los clics que dan dinero o sujetos a la sumisión de intereses espurios. Hay que salir a la calle, mirar a los ojos a la gente, hablar con la gente, preguntar, investigar, contrastar, contextualizar y luego contar honesta y verazmente una realidad que hemos vivido en primera persona, no la realidad que otros idean y que es la que quieren que contemos. En esta línea, alguien nada sospechoso como es el Papa León XIV, ha dicho lo siguiente a periodistas y ha escrito luego en sus redes sociales personales: “En las dramáticas circunstancias de la guerra, la información debe evitar el riesgo de transformarse en propaganda. Es deber de los periodistas verificar las noticias, para no convertirse en altavoces del poder; y mostrar los sufrimientos que la guerra acarrea siempre a las poblaciones: presentar el rostro de la guerra y contarla a través de los ojos de las víctimas”.
Quizá peco de optimista y de pesado, pero lo repetiré hasta la saciedad: los buenos periodistas son infinitamente más que los malos periodistas, que esas malas personas y malos medios que dicen hacer periodismo, y a los que la gente desgraciadamente cree. A esos malos les tenemos que ganar. Hay que romper el miedo, romper el silencio cómplice, denunciarlos en todos los ámbitos, como este en el que estamos, y enfrentarnos a ellos con un periodismo honesto, decente, riguroso, transparente, cercano, útil y veraz. Así recuperaremos la imprescindible confianza y credibilidad de la gente, y el orgullo y la dignidad de ser periodista.

