Soñé que habían aparecido en África perros que andaban erguidos apoyados sobre las patas traseras. Un grupo de seres humanos, reunidos en lo que iba a ser una comida festiva, en la  que yo participaba, se transformó en un congreso, cosas de los sueños, para organizarnos. Nuestro futuro, el de la humanidad, estaría en los márgenes allí, pensamos, lo más necesario sería el agua. Tendríamos que negociar con los perros para poder acceder a ella.

En esas estábamos cuando desperté y pensé que no iba a ser otra especie de homínidos la que nos sustituyera. Iban a ser los perros, esos mamíferos que durante milenios habían sido nuestras más fieles mascotas a pesar del maltrato que a veces les infringimos. Claro, nos conocen muy bien, saben de nuestras debilidades y miserias, pero también de nuestra capacidad de resiliencia, lo tendrían duro. Somos como esos insectos que a pesar de intentar exterminarlos vuelven una y otra vez.

Ya basta, dije, soy lenta en el despertar y aún tenía la sensación de vivir en el sueño. No fue suficiente despertar. Durante todo el día fui rumiando el significado del sueño, lo soñado. Realmente, iba pensando, estamos trabajando muy bien para nuestra extinción en aras de un progreso infinito que nos lleva hacía el precipicio. No soy pesimista, si lo fuera me quedaría sin hacer nada porque nada se podría hacer. Al contrario, cada día me pregunto “qué podemos hacer” “qué debemos hacer”. Siempre hay una respuesta, siempre hay algo que hacer, por lo que luchar y trabajar. Nadie nos salvará, sino todas y todos nosotros.

Cuando llegue el momento de irnos, que llegará, un día muy lejano espero, el Universo seguirá impasible, ni se enterará de que en un planeta como hay millones, que gira alrededor de una estrella como hay millones, ha dejado de existir una especie como millones antes habían desaparecido en millones de planetas. Planetas que nunca conoceremos, fuera de nuestro alcance por mucho que Elon Musk se empeñe en colonizar. La idea de colonizar, persistente como única posibilidad de seguir progresando a costa de la otredad, sin pensar en otras posibilidades para sobrevivir, para vivir mejor en el sentido clásico la buena vida. Para ello, cada vez más convencida de que el decrecimiento es el camino. Si no entendemos esto vamos camino del precipicio, aunque lo veamos muy, muy lejano.

La sensación de soledad, de tristeza, de desasosiego diría, acaso no es producto de esta clase de vida que nos han impuesto, que aceptamos en la creencia de que es buena, que nos dará la felicidad, la que nos produce miedo a estar perdiéndonos algo, FOMO lo llaman por sus siglas en inglés. Corremos para alcanzar algo que nos dará sosiego, felicidad, pero que cada vez que avanzamos está más lejos. Al fin, pensé, sería bueno empezar a tratar con los perros de tú a tú, ir preparando los márgenes, sobre todo que haya agua. ¡Ah y piñas, muchas piñas! Esto último no sé muy bien para qué, pero en mi sueño era importante. Por algo será.