En los años ochenta pretendíamos suscribirnos a la modernidad. Como todo estaba obsoleto, queríamos cambiarlo, íbamos tan deprisa que la tecnología no daba abasto para tanto sueño. Las carreteras, los bares y las líneas de teléfono se saturaban. Tuvimos que armarnos de una paciencia bíblica. Sólo una generación nos separaba de la escasez. Por eso, tener acceso a cosas que estuviesen fuera de lo habitual era digno de ser festejado. En aquella época festejábamos casi todo porque casi todo era nuevo, o al menos lo parecía.

En pocos años pasamos de ser cola de ratón a melena de león, había llegado el bienestar. Con un IBEX 35 rampante, la sociedad de consumo ganó la partida. Después de una cruel dictadura, en lugar de transformarnos en ciudadanos libres, nos convertimos en consumidores esclavizados en cómodos plazos. Claro que los excluidos siguen existiendo, aunque muchos de ellos no saben que lo son. Al contrario, creen pertenecer a lo que la inteligencia artificial llama clase media; la propaganda funciona.

Millones de personas sacian su vacío existencial con mercadería. El individuo cree ser libre, aunque se arrastre por el calendario para llegar a fin de mes ante los alquileres e hipotecas, las facturas, el jefe… Los habladores automáticos, expertos en el apocalipsis, dicen que estamos peor que nunca. Claro que sólo hay que darse un paseo por los alrededores de nuestro ombligo, salir de nuestra zona de confort, para descubrir qué es eso del confort, para entender que vivimos en el primer mundo. Entre que la mayoría de la gente no tiene memoria y que no les interesa cómo va el mundo, la percepción de la realidad se distorsiona. La riqueza no es como la pedrea del sorteo de navidad, no está bien repartida, pero eso al ciudadano se le olvida.

Estamos sobre informados por tierra, mar y “X”,  pero nadamos en la ignorancia. Estamos sobrados de brilli y brilli, de “fúbol” y de “fúrbooo”. De políticos faltones con una sola idea, “quítate tú pa ponerme yo”, incapaces de construir nada, deseosos de cambiar lo que funciona para que funcione en su favor. Saturados de basura ética y de comida basura baja en alquitrán y sin gluten, con muchos antioxidantes y antiespumantes. Saturados de pantallas y de plantillas, de anuncios y proclamas, de soluciones milagreras, dietas milagro y de milagros en general.

Estamos sobrados de cocineros que deconstruyen “Chirifús de Palandrines” con espuma de cuerno de unicornio. Saturados de guerras asesinas y de asesinos que las provocan. Saturados de pueblos elegidos por Dios, de diablos y santos que salen en procesión. Saturados de creyentes bañados en oro y adoradores de becerros de cartón piedra. Saturados de tontos y también de capirotes, de guiris que beben sangría caliente y ruidos sórdidos que no dejan ver.

Estamos saturados de peso y fabricantes de básculas que adelgazan y espejos que engordan. Saturados de lágrimas de empresarios que siempre pierden dinero. Saturados de oír me temo que, siento informarle que, vuelva a intentarlo más tarde. Mientras “todas las líneas están ocupadas”, los alquileres sobrevuelan las nubes y el Euribor roza las estrellas, eso sí que satura. Estamos saturados de comerciales que quieren vendernos una fibra óptica mucho más barata a la hora de la siesta. Estamos saturados de oír que el futuro es de los jóvenes, mientras les contamos que antes se vivía mejor. Ellos están hartos de que los culpemos de todo, sin que reconozcamos que están hechos a nuestra imagen y semejanza.

Estamos sobrados de fantasmas y triunfadores, de hombres hechos a sí mismos y mujeres florero que hacen bonito, a las que no les dejan ni pinchar ni cortar nada. Sobrados de perfumes en inglés y modelos con talla de preadolescente. Sobrados de pijerío, del chocolate de Dubái y de sus rascacielos horteras. Sobrados de vendedores de humo a cien euros el frasco y del Sol de Andalucía embotellado, de mindfulness, pilates, cruceros por el Mediterráneo y psicólogos para perros. Estamos empachados del más allá y del más acá, de profetas y pitonisas que adivinan el pasado, de bolas de cristal y patas de conejo. Estamos hartos de comulgar con ruedas de molino para evitar piedras en el riñón.

Esta sociedad obesa, depredadora e irreflexiva, circense y gregaria, no piensa por una mezcla de pereza y miedo a salirse de la fila. A esta sociedad le sobra comida, bebida y mucha, mucha estupidez. Le falta humanidad a espuertas y empatía a raudales. Le falta corazón y dignidad y le sobra arrogancia e ignorancia. Como dijo Groucho Marx: “Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”. Yo no sabía que la felicidad residiese en la compulsión de consumir naderías y comer sin ganas, en el ansia insaciable de tener más, mucho más y cuanto se tiene de todo, seguir deseando más, para acabar no queriendo nada ni a nadie.