Cuenta una anécdota que nadaban muy de mañana dos peces jóvenes, se cruzaron con un pez anciano que les preguntó: ¿cómo está el agua esta mañana? Al seguir nadando le pregunta un pez joven al otro: ¿qué demonios es el agua? No sé si es exactamente así, pero el mensaje está claro: a veces no vemos la realidad que nos rodea. Estamos inmersos en nuestro mundo, en nuestras preocupaciones,  en nuestros algoritmos, en nuestra subjetividad, influenciada por los anteriores. Vivimos ajenos a lo que nos rodea. Suele pasar que confundimos nuestros deseos con la realidad, ésta no existe, la negamos. Pero existir, sí que existe y a veces nos pasa por encima, dejándonos desnudos, sin otra opción que hundirnos más en nuestra realidad paralela.

Lo peor es cuando queremos demostrar, convencer a los demás de que esa realidad paralela, esa subjetividad, existe realmente. Nos perdemos en ensoñaciones que presentamos como reales, perdiendo así la oportunidad de reflexionar, de analizar esa realidad que nos ha pasado por encima intentando darnos un baño de lucidez, de aceptación de que todo no es como creemos que es.

Llegado ese momento no acertamos la más mínima crítica. Todo es una alianza siniestra que intenta derribarnos y con nosotros, esa ilusión que confundimos con la realidad. No podemos cambiar lo que ocurre, los hechos, desde las redes. Hay que contrastar, salir al sol y al viento, ver, oír, hablar, pero no con aquellos que nos halagan, bien  porque esperan algo de nosotros o porque tienen algo que agradecer.

Todo tiene un tiempo y toda negación de la realidad termina por esfumarse, pero a veces esa negación puede ser sustituida por otra y por otra. Todo con tal de no bajar a tierra, ser humilde en el sentido de no creernos dioses del Olimpo a los cuales no se les  puede llevar lo más mínimo la contraria.