Me pregunto si la juventud de hoy, con tanto internet, y con tantas universidades, sabe lo que es eso. Cuando yo nací, allá por 1944, no se sabía lo que era una borrasca, ni un anticiclón, ni una dana, ni una manga marina, ni una alerta roja, ni protección civil, ni nada de todo lo relacionado, y en lo que ahora, gracias a Internet y a la TV, todos somos doctores. En los años 60, cuando la tele se coló en los bares (en mi casa tardó un poco más en llegar), Mariano Medina, con su varita mágica, nos fue enseñando lo que era una borrasca en el Golfo de Cádiz, cómo se movía en el sentido contrario a las agujas de un reloj, y la probabilidad de lluvia para aquel mismo día, nada más. Lo que pudiera pasar al día siguiente, dónde, y cuantos litros de agua, solo Dios lo sabía, para los humanos era mucho suponer.
Hasta esa fecha, lo que sí sabíamos todos, sin internet ni universidad, porque nos lo habían enseñado nuestros mayores, es que, después del relámpago venía el trueno, y que aquello era una tormenta como Dios manda. En la escuela nos dijeron que la velocidad del sonido es de 343 metros por segundos, lo que equivale a que cada tres segundos recorre algo más de un kilómetro. Entonces, sin necesidad de calculadora, cuando veíamos un relámpago, comenzábamos a contar los segundos que tardaba en llegar el trueno. Los segundos resultantes los dividíamos por 3 y sabíamos a la distancia que se encontraba la tormenta (Ejemplo: Si había tardado 9 segundos, lógicamente la tormenta estaba a tres kilómetros).
Como los relámpagos y los truenos se repetían constantemente, algunos incluso interrumpiendo nuestro cronómetro “dedital” , si en el siguiente cuenteo las segundos disminuían, era señal evidente de que la tormenta se estaba aproximando, y al revés, si los segundos aumentaban, la tormenta se distanciaba. Obviamente, cuando el relámpago y el trueno coincidían, es porque la teníamos sobre nuestra cabeza. Como gran parte de aquellos años los pasé en el entorno del Lejío, empapándome de las enseñanzas de mi abuelo, mi padre y mis tías, y la frecuencia tan habitual de que aquellos fenómenos se repitieran, llegué a perder el miedo a tan espectaculares fenómenos meteorológicos, considerándolos como naturales, incluso disfrutando de ver de noche la inmensidad del campo completamente iluminado, y esperando de valorar si el trueno correspondiente era más “gordo” que el anterior.

Cada persona es un mundo, y cada uno reaccionaba a su manera, yo me desvelaba por disfrutar del espectáculo (no por presumir de valiente, a lo mejor por irresponsable), mientras que otros se tapaban la cabeza, se ponían las manos en las orejas, etc. A mi suegro, don Francisco Gallardo, no lo conocí, pero cuenta Esperanza que era muy valiente y lo corroboro porque crió a ocho hijos y los dejó a todos magníficamente colocados en puestos fijos, que no es poco en “los años de la jambre”. Era funcionario del cuerpo técnico de Correos, jefe del servicio Postal en el vagón del tren diario entre Sevilla y Madrid, y en sus horas libres y días de descanso ejercía de procurador de los tribunales.
Me cuenta que, en su casa de la calle Pascual de Gayangos, en el barrio de San Lorenzo, tenían una enorme mesa (lógico con tantas bocas a la hora de comer) en el comedor, en la que el jefe de la casa tenía su exclusividad en los momentos en los que él declaraba la emergencia familiar. Si aparecía un ratón, se subía en la mesa de un salto olímpico a una mano y no se bajaba hasta que el personal de servicio se lo enseñaba muerto. Si había tormenta, se metía debajo del refugio con un cajín para sentarse en el suelo y una manta para taparse la cabeza y esperaba allí hasta que viera entrar el sol por la ventana. Reitero su valentía por lo de los ocho hijos en aquella época, ¡que no es moco de pavo!
Al grano, que se me va el oremus. Cuando empecé a estudiar Física y Química en el bachiller, al contemplar la potencia que sería necesaria para iluminar todo el campo en un momento y amedrentar a todos los animales y a la mayoría de las personas en muchos kilómetros a la redonda, siempre pensaba que cuando fuera mayor, si llegara a conseguir controlar esa enorme energía, podría ser el más poderoso y rico del mundo. Ha sido mi obsesión y nunca he dejado de pensar en lo mismo.
A mis 81 años, reconozco públicamente que no he sido capaz de conseguir mi objetivo de controlar la energía atmosférica porque últimamente ¡HA DESAPARECIDO!. Los temporales vienen como antes, el agua sigue cayendo hacia abajo o inclinada por el viento, racheada, las borrascas encadenadas, con desbordamientos de ríos, con inundaciones, sin caer a gusto de todos, dando vida… Todo, todo igual. Pero ¿dónde están aquellos relámpagos y aquellos truenos? Hace años que no veo ni oigo uno solo. ¡Me los han robado! No puede ser que Dios esté interesado en ellos. Tengo que pensar en los que han conseguido llegar a ser los más poderosos y ricos del mundo (como yo quise ser) Elon Musk o los políticos para vender las baterías eléctricas de los coches, o algo parecido, que no alcanzo a imaginar.
Bajo los efectos de la sigilosa borrasca Leonardo, no me queda otro remedio que desechar mi proyecto y consolarme escuchando aquella magnífica composición musical de los años 60/70, Noche de Relámpagos (Nit Llampecs), del conjunto Los Relámpagos.

