Una vieja foto apareció hibernando en un cajón. El tiempo sigue detenido al otro lado de la ventana de papel, unos hombres jóvenes posan contentos, corre el año 1958. Sonríen, en aquella época hacerse una foto era poco común, una celebración, algo para legar al futuro. Nacieron con una sangrienta guerra, sobrevivieron al hambre pertinaz, crecieron en un silencio perdido entre banderas al viento, himnos, yugos y flechas. Sonríen, saben ponerle buena cara a la adversidad que es lo único que conocen. Han heredado un país gris e inclemente, que no es suyo porque pertenece a los ganadores.
De momento tienen suerte, no han tenido que irse exportados como mano de obra rebajada de precio. En aquellos años los trenes iban atestados de manos diciendo adiós, brazos para trabajar y corazones que tarareaban “adiós mi España quería, dentro de mi alma te llevo metía”. Juanito Valderrama cantaba los anhelos que viajaban en la maleta de cartón de los expulsados. De todos los sures se deportaban desheredados en dirección al norte.
Las muchachas aspiraban a ser modistillas con “pena, penita, pena” de Lola Flores, estudiar magisterio no estaba a su alcance. Ya con más edad, encontrar un puesto de portera en una casa señorial de la Gran Vía habría sido un milagro, pero los milagros estaban prohibidos. Estaban obligadas, como ellos, a buscar pareja, fundar una familia y tener muchos hijos, como decía Elena Francis. Estudiar no era una opción para casi nadie, eran muy pobres, aunque supongo que eso no lo sabían porque todo el mundo, salvo cuatro, lo eran en aquel país cuartelario.
El “milagro español”, vendido hasta saciar la imaginación de los incautos, fue inevitable. Contra su voluntad, el caudillo aconsejado por tecnócratas de la “obra”, que querían evitar la bancarrota del estado, abrió la economía y las fronteras. Pero para los chavales de la foto, las fronteras de su mundo eran pequeñas, los días transcurrían en el obrador de pastelería de la calle Santa Lucía. Trabajaban amasando y horneando de luna a luna, como niños yunteros “masculinamente serios”. A la emigración se fueron muchos jóvenes y llegaron las suecas, que también eran trabajadoras, pero con un sueldo que les permitía irse de vacaciones. Pero estos asuntos se les escapaban, ellos se conformaban con pasear los domingos por “el banderín de enganche” en dirección contraria a las chicas y sonreírles.
Si había suerte irían al cine a ver una película en cinemascope. Esa era la única distracción en un mundo en el que sólo estaba permitido trabajar e ir a misa, el fútbol era muy caro y no era lugar para las mujeres. En el anonimato del cine, al amparo de la oscuridad, podrían arrimarse tímidamente a una muchacha decente, mientras se proyectaba “Horizontes de grandeza” o “Cantando bajo la lluvia”. Durante un rato vivían otras vidas, mucho mejores que las suyas. Después, tan formales como los amantes del poema de Benedetti, “sin rozarse un ojal”, irían a una bodega a tomar algo, un vermú para él, una gaseosa para ella. Qué cortas se hacían las tardes de los domingos.
Se vivía en la calle, no porque se estuviera bien, al contrario. El frío no se combatía con los abrigos de paño desgastado, reciclados una y mil veces. En verano el calor hacía estragos, pero nadie tenía ventilador. Las familias se hacinaban en habitaciones húmedas, frías en invierno, calurosas en verano, no se cabía a la “hora del parte”. Se dormía sobre colchones de borra en el suelo. Los cafés eran un refugio, pero había que tener el dinero para un café y un bollo suizo y luego marear la perdiz toda la tarde. Aquél no era un buen mundo, pero si se madrugaba, se trabajaba duramente y con honradez uno podría morirse sin ser más pobre aún.
En mi vieja foto se ve a unos chavales vitalistas, como tantos otros, expertos en salir adelante. Los hombres y mujeres de esa generación consiguieron, trabajando hasta la extenuación, que nuestro país siga apareciendo en los mapas. Los pocos que quedan mueren solos, o aparcados en residencias pensadas para que los piratas se lucren. Ahora, niñatos ignorantes culpan de su situación a las exiguas pensiones que cobran nuestros mayores, pagadas con sudor durante muchos inviernos y veranos.
Un muchacho de 23 años, el único que no miró a la cámara aquel día, quizá por timidez o por humildad, tal vez por despiste; también sonríe, pero un poco menos. Tenía un bigotito sin cerrar y la mirada ausente. Me pregunto en qué estaría pensando Pepe, mi padre, justo en ese instante, cómo se imaginaba el futuro. Detrás de él aparece su hermano menor, un preadolescente al que pillaron con las manos en la masa, se llamaba Juanillo, era mi tío. Llevo el olor a vainilla y azúcar quemada en la piel. Este país rico y orgulloso que hoy alza el cuello no recuerda que surgió de la pobreza.

