Domingo de Ramos. Camino entre los cerros de San Pedro, esos que un día contendrán mis cenizas entre la memoria de los átomos intentando volar hacía las estrellas. Nada queda de aquella Semana Santa que, entre palmeras, me traía la luz y el olor tan cargado que hacía que mi pecho se llenara de ansias extrañas, de un dulce dolor de recuerdos no vividos, de lugares no visitados. Queda el pasado donde la infancia te hacía esperar, soñar, con un futuro que al final no llegó.

Qué extraño “futuro-pasado”, pensaba mientras iba entre caminos imposibles buscando el pilar que un día, hace mucho, me llevó a escuchar voces lejanas que guiaban el ganado del amo. No consigo pensar mi pasado sin mi futuro a pesar de que éste queda lejos mientras el pasado es lo que poco a poco me va quedando. Este domingo, cuando salga la Borriquita, cuando la música y el olor de la primavera me haga sonreír, olvidando el adoctrinamiento que viene ocurriendo desde hace un tiempo, y el dolor del mundo me preguntará una vez más: ¿Y el año que viene? Mejor no pensar en un futuro que cada vez es más pasado.

El año que viene volveré a los cerros de San Pedro para respirar junto a los que no conocí, a los que fueron, a los que serán, en perfecta comunión con los que en estos momentos sufren y en el futuro sufrirán las injusticias, las guerras, el hambre y la sed, como el Cristo que pronto veré por las calles de mi pueblo. Estas procesiones que un día fueron la expresión sencilla de una fe a la vez sencilla se han convertido en la imagen de un mundo que da la espalda a los que viven en los márgenes. Un mundo que vive mirando su imagen en el espejo del tener, en el sin sentido de una carrera absurda que no se plantea hacía donde nos lleva.

Me pregunto cuánto de verdad hay en mis sentimientos, cuánto de aprendido y cuánto de verdad existe en mi interior al escribir esto. El sentimiento de culpa en estos momentos me hace estar segura de mi educación y cultura católica. Así sea.