Mi casa está llena de ventanas, miro y veo paisajes que anuncian la primavera, los colores brillan cristalinos en mis ojos oscuros, como cuando era un crío. Entonces se me apacigua el pesimismo al que llevo años suscrito y pienso que no todo está tan mal, que la esperanza, aunque herida, no ha muerto aún. Sería bonito que todos los días pudiese contemplar ese cuadro impresionista que me lleva a soñar en plena vigilia, emular la candidez de miss universo y creer en la paz mundial. Nadie se engaña mejor que uno mismo. Mi situación no me da para pagar un psicólogo que me atornille la cabeza al cuerpo para no perderla definitivamente. Creo que todos llevamos un embudo virtual en la cabeza, alguno además se cree Napoleón.
Veo cómo la realidad se retuerce de manera surrealista, como en “La tentación de San Antonio”, de Dalí. A veces creo ver al “Temerario en su último viaje”, Turner huele a sal y crepúsculo. Estos y otros muchos cuadros podría mirarlos durante horas, son la deformación fantasmagórica y el absurdo onírico, pero están llenos de inquietante belleza. Ojalá todo lo que entrara por una ventana fuesen sueños. La realidad también entra por las ventanas, es sólo una, pero la vemos relatada, a menudo por corsarios al servicio de quien paga.
Miro y no me creo lo que veo. “A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos”, decía Chico Marx en la inolvidable “Sopa de ganso”. La mitad de las veces ya no me fio ni de mi vista, y eso que llevo gafas. Sentado en mi sillón orejero caigo en la trampa, no dejo de mirar ventanas, ser fotógrafo me obliga, en cuanto veo un rectángulo quiero desentrañar sus secretos. Pero últimamente no hago sino destramar trampantojos. A no ser que me crea que la estafa es una nueva disciplina artística, no le veo la gracia por ninguna parte, de la estética no hablemos.
Pescar certezas en océanos de embustes generados por artificios inteligentes, por tipos descerebrados, o por una mezcla de ambos, se vuelve casi imposible. Aunque prefiero la mentira artesanal a la inteligencia artificial, al menos sé a qué atenerme. Buscando respuestas, acabo como un zombi deslizando el dedo índice pantalla arriba, pantalla abajo, haciendo scroll sobre los reels en mi smartphone, o pulsando sin descanso el botón del mando a distancia, haciendo zapping en mi smart tv, (cómo me cansa tanto inglés).
Veo productos maravillosos que solucionan problemas que no existen. Veo a políticos sonrientes en situaciones ridículas y vídeos de recetas de comida tan rápida como repugnante. Veo a tipos limpiando alfombras percudidas e ilustres muertos resucitados, con alitas blancas. Veo a imbéciles buscando la admiración general, saltando entre edificios y trepando por rascacielos. Veo listas categorizadas de cosas estúpidas, los países con más calvos, con más tontos, los que más consultan el horóscopo, con más adictos al disolvente, los que más sonajeros consumen… Veo hasta el ranking de los ránquines más estúpidos.
También veo algo a lo que llaman cínicamente “información veraz”; prestigiosísimos medios digitales de padre desconocido y financiación oscura, fabrican trolas que no se creen ni los alumnos de una guardería. Sin embargo están ahí, colgados previo pago, con la intención de viciar un aire ya irrespirable, aun así la gente pica. Tan poca luz, tan poco aire limpio ha llevado al desarme ante la percepción de la realidad. La población se ha instalado en un estado acrítico en el que todo es creíble si hay buenos efectos especiales. El mundo no tiene criterio, se ha vuelto adolescente, la realidad es una película de superhéroes con sus santos y sus villanos. Lo importante no es lo que se dice, sino quién lo dice. Cuando se impone la fe, dan igual los argumentos. No se inyectan chips con las vacunas, pero a través de las pantallas se inocula el virus de la frivolidad estúpida e ignorante. A eso nadie le llama adoctrinamiento, pero lo es.
Tristemente, hemos pasado de la caja tonta a las pantallas imbéciles en las que reinan los expertos en lo que ignoran. El egoísmo y el simplismo ganan terreno en un mundo virtual, parecido a los videojuegos en los que se dispone de muchas vidas, en el que el dolor y el sufrimiento no existen, como no existe la solidaridad, la generosidad ni la empatía. A muchos, demasiados, no les gusta la realidad, tampoco quieren cambiarla, huyendo clavan la mirada en la pantalla que les habla compulsiva y exclusivamente de lo que les gusta.
Esta sociedad es más cretina que nunca, sólo hay que ver quiénes mandan, quienes les votan y por qué. No puedo hacer que pare el mundo y bajarme. Pero no quiero perder la esperanza de que al otro lado de la ventana haya colores brillantes esperándome. En las ventanas azuladas de cristal líquido todo se ve gris. Echo de menos el papel impreso.

