Al otro lado de la ventana llueve sin descanso, el tamborileo cadencioso del agua resuena, es la música de la temperie.  Llueve sobre mis recuerdos infantiles, “monotonía de lluvia tras los cristales”. Hay soledades compartidas entre la lluvia y yo y una discusión sobre la pequeñez de la existencia, sobre lo rápido que transcurre la vida, sobre el milagro de vivir, sobre la incertidumbre ante la muerte. Estoy a salvo en casa, pero tengo la sensación de vivir en un arca como la de Noé, que va a la deriva durante una inundación bíblica y alberga una sola especie a la que hay que salvar de sí misma.  

Llueve y nunca es a gusto de todos, a unos les da la vida y otros se la quita. Maldita la tormenta que ahoga los días, maldita la sequía que los enjuga, “ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio”. Estamos hechos de agua y tiempo, somos descendientes de peces que sentían curiosidad por lo seco y abandonaron la sal y la espuma. Algún día volveremos como polvo de ceniza y microplásticos, la tierra es transitoria, la mar definitiva.

Pienso en voz alta y exhalo vaho, acaso nubes de mis tormentosos pensamientos. Mi arca flota al pairo en el océano, tropezando con otras que tampoco tienen timón. No soy dueño de mi suerte, qué más quisiera yo. Vivimos entre tormentas y diluvios más o menos universales ¡Qué poco brilla el sol en casa del pobre! Pienso entre nieblas, dándole vueltas a todo, pero el vapor me impide ver el devenir con claridad.

La tierra se calienta a fuego lento, también los océanos, habitamos en una enorme olla exprés que puede reventar de estupidez en cualquier momento. Tanta presión, tanto calor, nos hará estallar de egoísmo, ignorancia y odio. Al “Planeta Agua” ya no le queda tierra por conquistar. Los caudillos imperiales abofetean palabras inventando miedos y apocalipsis, hablando de lluvias salvadoras que lo limpiaran todo antes de convertirnos en estatuas de sal. Bajo la olla no deja de subir la temperatura.

Un ejército de videntes ciegos augura tempestades, el tenebrismo no se acabó en el siglo XVII. La moda es negarlo todo, disparar con plomo contra la ciencia hasta que la verdad se muera del todo y con ella la inteligencia, “viva la muerte”. Esta tormenta perfecta que nos acecha vendrá cargada de chuzos que caerán de punta, siempre a los mismos, siempre a la mayoría mayoritaria, indefensa ante los rayos y truenos de Zeus y los demás autoerigidos dioses del Olimpo.  

Como el fuego, como las olas del mar, la lluvia es hipnótica, me puedo pasar las horas muertas mirándola sin cansarme. Cuando se hace oscuro, las calles mojadas brillan. Escondidos bajo paraguas circulan las almas en pena, transitan por la cáscara húmeda de la gran colmena, pequeñas ante la lluvia. La gente corre a esconderse como si cayeran dardos. Llueve sorpresivamente como si no fuese lógico que lo hiciera.

Yo creía que Pablo Guerrero se refería a otra cosa cuando cantaba que tenía que “llover a cántaros”. Las cosas ya no son como eran, pero algunos no han oído la lluvia y creen que todavía dura la pertinaz sequía. Por eso cada mañana se ponen cara al sol, como los lagartos, templando su sangre fría, añorando a un constructor de pantanos y pescador de cetáceos. Nadie nos previno ante esta catástrofe, ante esta plaga bíblica.

Vivir implica mojarse, no se puede ver la vida desde la barrera. Vivir es una sucesión de accidentes, algunos letales, otros vitales. Pero bajo la lluvia hay belleza, bien lo sabía Gene Kelly. Es excitante mojarse la cabeza, sentirse pequeño pero libre, mortal pero vivo, cantar y bailar bajo un chaparrón, “los dioses nos envidian porque somos mortales”. Nunca nos parece bueno lo que no cuesta dinero, pero lo mejor siempre es gratis. Deberíamos vivir el momento con pasión de adolescente porque siempre es irrepetible; dejar que la vida nos sorprenda.

Miro por la ventana en una noche sin estrellas, ojalá mañana salga el sol y brille en un aire limpio, lavado con agua de lluvia. Pero la mujer del tiempo lo ha prohibido, así que la nostalgia se apoderará de mí. Soy andaluz, necesito al astro amarillo para que me saque de esta grisura. Por mucho que dure el nublo, como nada es eterno, sé que algún día volverá la luz.

Pero mañana seguirá lloviendo y aunque diluvie, saldré a la calle, sólo para demostrarme que no soy impermeable, que yo si me mojo. Le pondré buena cara al mal tiempo porque sé que los momentos tristes, como todos los demás, “se perderán como lágrimas en la lluvia”. Comprobaré que mis tribulaciones son demasiado pequeñas para importarle a nadie, tanto que no deberían importarme ni siquiera a mí.

Aunque casi siempre brilla el sol, la vida es el tiempo que transcurre entre tormentas, luego queda el barro.